No hace mucho comentaba por aquí la devoción que siento por Víctor Santos desde los comienzos de su carrera. Pues bien, con Enrique Vegas me pasa prácticamente lo mismo. Llevo siguiendo al autor cántabro desde que publicó Arbillos y Cambotero con Dude Editorial en 1999. Estas delirantes parodias de Alien y Depredador fueron el pistoletazo de salida de una fructífera carrera que le ha llevado a ser uno de los autores más queridos por los aficionados.

Cierto es que el grueso de su carrera ha estado centrado en parodiar las series y películas de éxito del momento (el mercado manda, amigos). También es verdad que, con el tiempo, y la mirada puesta en terrenos más internacionales, los chistes en sus obras se han suavizado y blanqueado, perdiendo por el camino buena parte de la mala leche y humor negro que las caracterizaba.
Sin embargo, de vez en cuando (mucho menos de lo que me gustaría), el bueno de Enrique se desmarca de ese tono para ofrecernos historias propias como Leinad, Diarios de guerra o Kobe. Obras de creación propia en las que demuestra que tiene mucho que contar y ofrecer al mundo. Ahora nos llega El bárbaro. Un cómic que ha podido ver la luz por la liberalización de los derechos de Conan en Europa hace unos años. Gracias a esta circunstancia, hemos podido ver otras aproximaciones al personaje de Howard como Sangre bárbara o los diferentes álbumes para el mercado francés que en España están siendo editados por Planeta.
Una vez ofrecido el contexto, vamos a hablar de El Bárbaro. Si tuviera que definir esta historia con una sola palabra, esa sería, sin duda alguna, pasión. Pasión por un medio, por un tipo de historias y, sobre todo, por un personaje. Se nota mucho que Enrique quedó impactado por aquellos tebeos de Conan, editados por Forum, que inundaban los quioscos en el primer lustro de los años ochenta y que alucinó con el primer filme del cinmerio de John Milius.

El personaje dejó tal poso en Vegas que, años más tarde, la flipadura del niño interior que todos llevamos, se aunó con el talento que ha desarrollado durante tres décadas de carrera para ofrecernos esta oda al género de la espada y brujería. Este regalo llamado El bárbaro. Un cómic que he devorado de una sola sentada con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde el comienzo El Bárbaro es puro Conan. La intro en off, que es imposible leer sin escuchar la banda sonora de Basil Poledouris en nuestra cabeza, esos guiños visuales al Conan iniciático de Marvel Comics dibujado por Barry Windsor Smith e incluso detalles más propios de la literatura de H.P. Lovecraft (el otro gran autor de Pulp de la época).
Como en las mejores historias de Conan, El Bárbaro ofrece todo lo que uno espera de él: aventuras, desiertos, ciudades exóticas, broncas en burdeles, misiones suicidas, acción, malos malísimos, inocentes en peligro, monstruos… Todo ello con el inconfundible estilo gráfico de Enrique. Seguimos teniendo cabezones. Pero sus expresiones y su lenguaje corporal van en una dirección mucho más seria, solemne. Y qué manera de expresar la violencia sin necesidad de tener que hacer un uso explícito de la misma. Este Conan es tan letal como puede serlo del de Buscema, aunque no lo parezca a simple vista. Esa capacidad para contar algo sin caer en recursos baratos y efectistas es sencillamente para quitarse el sombrero. Que se haya publicado en blanco y negro (como los magazines de La espada salvaje) es otro gran acierto, no me cabe la menor duda. Favorece a la ambientación, al tono, al género, en esencia… A todo.

En resumidas cuentas, si queréis leer un tebeo de Conan diferente, aunque cien por cien reconocible, no podéis perderos El Bárbaro. Estoy convencido de que lo vais a disfrutar muchísimo. Además, la edición de Dolmen es magnífica. Ofrecida en cartoné, con algunos bocetos y una estupenda entrevista al autor realizada por Jorge Iván Arguiz, organizador de las Jornadas del Cómic de Avilés y editor de la línea Siurell.


