Se que me repito cada vez que hablo de Mark Millar, pero es que no puedo evitarlo. Qué listo es el cabrón. Que en Image no le dan todo lo que quiere, no pasa nada. Se lleva su lucrativo Millarworld a Dark Horse. Que en Netflix las adaptaciones de sus obras no llegan a buen puerto o son canceladas a las primeras de cambio, pues da igual, él sigue creando potenciales IPs (como ese Night Club, cuyo desarrollo audiovisual comenzó antes que la publicación de la primera historia). Que ahora están de moda los universos compartidos, pues me saco de la manga Big Game y así todos sus personajes conviven bajo el mismo techo a partir de ahora.

Ahora bien, no temáis. Aunque en Night Club 2 hay referencias a otras obras como The Ambassadors, Kick Ass o Chrononauts, la pandilla de justicieros vampiros seguirá viviendo sus aventuras al margen de todo, por lo que solo será necesario haber leído la miniserie original para disfrutar como es debido de esta nueva aventura de los chupasangres adolescentes youtubers.
Como viene siendo habitual en la obra del escritor de Civil War o El viejo Logan, en Night Club 2 la máxima es alcanzar la molonidad al precio que sea. Que los protas sean poochies a más no poder no es solo una necesidad. Aquí se torna una obligación con el objetivo de mostrar al incrédulo lector la escena más jodidamente imposible que se le pase por la cabeza.
Estamos ante una versión de Stranger Things pasada por metanfetamina y speed. Night Club nos regala una adrenalínica aventura en la que la historia está al servicio del espectáculo y no al revés. Eso sí, eso no quita para que Millar se haga trampas al solitario mostrando alguna que otra escena emotiva que te dará un buen golpe a la patata, para terminar arreglando él solo lo que ha estropeado y que todo cambie pero a la vez siga igual.

En Night Club 2 el drama está presente desde la primera página. Algo ha pasado entre Danny y Sam para que los, antiguamente mejores amigos, no se hablen en este momento. Amy, que está en medio de todo, acabará siendo el personaje capital sobre el que gira el eje de la historia. Aquí es de agradecer que Millar se tome más en serio a sus creaciones femeninas, empoderando a la vampira para dejar de lado su papel de mera excusa romántica o companion. Sin embargo, parece que todas las ganas de escribir bien a una mujer las gastó con la mencionada Amy, porque la otra fémina que aparece en escena es un estereotipo machista tras otro, en fin.
La premisa, que llevará al Night Club, a vérselas con un grupo de vampiros bullys se desarrolla a golpe de tópico. Un guion de A,B,C que no está exento de ninguno de los malos vicios de Mark Millar con frases lapidarias, escenas metidas con calzador porque son guays y en definitiva hacer gala de una libertad creativa mal conducida. Y es que casi todas sus historias del último lustro son poco más que plots para potenciales series de televisión.
Y aquí, aunque me joda, es donde me toca meterme la lengua en el culo y quitarme el sombrero ante Millar. El muy cabrito sabe cómo entretener. El chute de diversión, pura y sin cortar, que son la mayoría de sus miniseries deja un buen sabor de boca al cumplir a la perfección con el cometido de servir como vehículo de evasión. Además, se trata de un tipo sincero. En Night Club 2, no tiene ningún problema en reconocer, por boca de sus personajes, que todas sus influencias e inspiraciones con el tema vampírico viene de las pelis que ha visto, que si algo ya funciona para qué molestarse en crear algo nuevo.

Para rematar, contamos con el pedazo de dibujo de Juanan Ramírez. Autor español que ya se encargó de la mini predecesora y que lo está petando cosa mala de la mano del creador de The Ultimates. No entiendo cómo Marvel lo dejó escapar. Aquí se sale en cada página. No sé cómo serán los guiones que le entrega Millar, pero imagino que las escenas de acción deben ser como un lienzo en blanco donde el artista realiza un trabajo de narrativa sencillamente espectacular. Qué cosa más dinámica, por Dio.
Dicho todo esto, si Mark Millar se saca de la manga una nueva entrega, ahí estaré.


