El próximo mes de agosto se cumplirán nueve años desde que Mark Millar firmó un acuerdo con Netflix para que el gigante del streaming desarrollase películas y series de televisión basadas en sus creaciones. Pues bien, no puedo pensar otra cosa. El creador de los Ultimates es uno de los tipos más listos del mundo, o al menos con mejor olfato para los negocios. Porque dicho trato con la gran N finalizó sin resultados destacables, apenas un par de series basadas en Supercrooks y Jupiter’s Legacy, que fueron canceladas tras sus primeras temporadas. Sin embargo, ahí estuvo sacándose una buena pasta sin hacer casi nada.

Ahora bien, se ve que el gusanillo de lanzar cómics como si de meras propiedades intelectuales audiovisuales se tratase le gustó mucho. Y es que, desde hace bastante tiempo, casi todas sus obras dejan esa sensación de historia a medio cocer. Hay excepciones como El rey de los espías o Night Club, que están muy bien rematadas (y dibujadas), pero ya os digo que Vatican City no es una de ellas.
Posiblemente estemos ante la miniserie más floja de todas las publicadas por el guionista en su Millarworld, ya sea en su etapa de Top Cow, de Image o ahora en Dark Horse. Pero pese a todo, no puedo negar que me he bebido el tomo de una sentada, sintiendo como una fuerza que tiraba de mí y que me obligaba a no apartar la vista del papel.
La premisa es sencilla. De buenas a primeras, los vampiros se alzan y conquistan todo el hemisferio occidental. América cae en un pedo y Europa no opone resistencia. Solo quedan unos centenares de personas atrapadas en el Vaticano. Liderados por un tipo que es una mezcla entre Rambo y Jack Bauer, son la última esperanza de la humanidad para que los chupasangres despierten a su reina, que yace bajo la basílica de San Pedro, que fue construida con la finalidad de servir de prisión eterna para la mencionada bicha del averno.

Mark Millar. El maestro del disparate efectivo
El guionista de pelotazos como Civil War o El viejo Logan tarda exactamente cinco páginas en contar lo que os he comentado más arriba. De esta forma, pasa absolutamente de hacer worldbuilding o de ofrecer algo más de contexto sobre cómo los vampiros han conquistado el mundo en menos tiempo del que tú puedas tardar en soltar un zurullo. Millar no se esconde, va a tumba abierta, haciendo patapum pa’ arriba que diría Javier Clemente, sin ningún tipo de pudor. Él tiene muy clara la historia que quiere contar y cómo contarla, que para ello use elipsis narrativas que dejarían llorando a George R. Martín, eso ya es otro cantar.
Eso sí, si os queda la sensación de que el guion cabe en la cara de una servilleta de bar, el dibujo no es que sea mucho mejor. La parte artística corre de la mano de un tal Per Berg (del que solo he encontrado esta miniserie en su haber), que realiza un trabajo muy muy justito. Pese a que es buen narrador, sus viñetas tienen todas un aspecto inacabado con rostros y figuras muy poco definidas. El propio Berg se encarga de aplicar una paleta de colores fríos y planos que no mejora demasiado el resultado final.

Al final lo que nos queda es una adrenalínica historia de supervivencia que mezcla los filmes Asalto al Distrito 13 y Abierto hasta el amanecer de manera clara y descarada. Pero repito, a Millar todo se la trae al pairo. Exponiendo todo esto, este servidor de ustedes debería estar enfadado con este enfant terrible del cómic americano. Ojalá fuera así, pero en Vatican City no veo la egolatría que se aprecia en otras miniseries como Prodigy (donde directamente se retrata a sí mismo como si fuera el puto amo del universo). Aquí muestra una cara más socarrona que busca un divertimento de fácil y rápido consumo. Cometido que consigue claramente. La pena es que toda la conspiración vampírica daba para mucho más, incluso para una secuela que contase cómo los strigois se hicieron con el poder. Ups, que no lea esto, que igual le acabo de dar una idea.


