En serio, a Jonathan Hickman le deben estar pagando un pastón indecente en Marvel. De lo contrario, no tengo muy claros los motivos por los que ha seguido ligado a la editorial tras el desenlace de sus Secret Wars. Tan solo debe estar mínimamente satisfecho con la Línea Ultimate 2.0. Hagamos un recuento rápido del resto: en su Era de Krakoa acabó pintando más bien poco. Tampoco le fue muy bien con el relanzamiento del aspecto mágico de Marvel con D.I.O.S.E.S, y lo mismo se aplica a la línea cósmica que iba a despegar tras Imperial War, relanzamiento que ha quedado en agua de borrajas. De todas las series regulares anunciadas, algunas no han llegado a aparecer y las que sí lo han hecho, al final se han visto reducidas a meras miniseries, que es lo que le ha pasado a Nova: Centurión.
Los únicos seis números que forman parte de la última colección protagonizada por Richard Rider han sido recopilados por Panini en un tomito en rústica que, mucho me temo, va a pasar bastante desapercibido. Una pena porque la historia está muy bien. Ahora bien, no he podido evitar leer Nova: Centurión con una sensación agridulce. Dulce porque mejor es esto que nada. Agria, porque este es el tipo de comic en el que Jed MacKay suele brillar si le dejan espacio.

El actual guionista de X-Men (cuya etapa ha ido de menos a más) se crece cuando se encarga de personajes “menores” o no tan mediáticos. Sus etapas en Gata Negra, Caballero Luna (que todavía sigue) y Doctor Extraño son gloria bendita. Sus Vengadores sin embargo… no terminan de gustarme. El caso es que las nuevas andanzas de Nova tenían todos los números para brillar mucho más de lo que lo que han terminado haciendo.
MacKay es un tipo muy listo, sabe muy bien bajo qué árbol cobijarse y a qué referentes acudir. La historia de Nova: Centurión guarda muchos paralelismos con la penúltima serie regular del héroe cósmico, aquella escrita por Dan Abnett y Andy Lanning y lanzada justo después de la primera guerra de la Aniquilación. De hecho, muchos de los elementos utilizados por el guionista vienen de esa etapa. Por lo tanto, si os gusto la Marvel Cósmica de esos autores, seguro que disfrutaréis mucho con este volumen al volver a encontraros con viejos secundarios y villanos.
La premisa va de lo siguiente. La Guerra Imperial ha terminado, hay un nuevo orden en la Galaxia, viejos amigos que ya no lo son, o nuevos materiales preciosos que son la principal moneda de cambio. Luego tenemos a Richard Rider, único Nova en activo, en cuyo casco se archiva todo el conocimiento de Xandar gracias a su vínculo con la Mundo Mente. Un vínculo que cuesta muchísima energía mantener vivo. Una energía que debe pagarse con dinero, así que para ello tendrá que ofrecer sus servicios como héroe de alquiler.
Sobre estos cimientos, Jed MacKay construye una trama que va como un tiro con mucha acción, constantes cambios de escenario y unos diálogos, marca de la casa, que son fantásticos, llenos de chispa y un toque de mordacidad y mala leche que le sienta de miedo a este elenco de sinvergüenzas espaciales. El tono me ha recordado muchas veces a la mítica Firefly, miniserie de televisión creada por Joss Whedon con su mezcla de western de acción y comedia de situación protagonizado por personajes (tanto buenos como malos) que escapan de concepciones absolutas del bien o el mal para abrazar una escala de grises.

A nivel artístico, la serie es simplemente correcta. No es, ni mucho menos, el mejor trabajo de Álvaro López en Marvel. Pero con todo, el dibujante hace gala de su gran capacidad para mostrar personajes sumamente expresivos. Lo único que me escama es el diseño de Nova y de quién sería la idea de cascarle una chaqueta de cuero a lo Animal Man noventero.
En definitiva, La Casa de las Ideas va como un pollo sin cabeza desde hace años. Buena muestra de ello es esta serie, cancelada a las primeras de cambio sin que los autores hayan tenido la oportunidad de desarrollar una buena idea. Espero que la mano de Stephen Wacker se empiece a notar más pronto que tarde. Nos lo merecemos.


