En solo dos tomos, Panini Cómics ha recopilado los veintiséis números de la serie de Animal Man realizada por Grant Morrison en los ochenta. Un trabajo que sirvió para situar su nombre entre los grandes del género. De hecho, mientras realizaba este encargo (de un personaje elegido por él mismo) también comenzó a escribir a la Doom Patrol. A partir de ahí, el resto es bien sabido: Los Invisibles y un montón de proyectos pequeños al amparo de un sello Vértigo que le debe mucho.

Aunque Animal Man pueda ser el trabajo más accesible de Morrison, no significa que sea una obra sencilla, ni mucho menos. El creador de El Asco nos hace partícipes de una aventura para nada lineal y completamente rupturista con cualquier estructura preconcebida del noveno arte. Sin tregua ni miramiento alguno, seremos sometidos a la destrucción de la cuarta pared y a juegos metalingüísticos de todo tipo y condición. Se nos exigirá ser cómplices de viajes psicotrópicos inducidos por sustancias consumidas por los protagonistas de la obra (y no solo por ellos, claro está) con la finalidad de adentrarnos en un camino de iluminación y descubrimiento.
Este segundo volumen comienza con un arco sencillo, en el que Animal Man debe hacer honor a su idiosincrasia, combatiendo las injusticias contra el mundo animal, defendiendo a aquellos más débiles que no tienen ni la posibilidad ni el poder para hacerlo. En este punto, Morrison establece, a voz en grito, una profunda crítica contra el sistema, contra un mundo embrutecido e insensibilizado al que no le importa nada más allá de egoístas intereses individualistas. La ausencia de una brújula moral es uno de los aspectos que más parecen mosquear al autor, que no duda en posicionarse en favor del mundo animal, tal y como hace el protagonista de la obra que nos ocupa.
Ahora bien, Animal Man es una obra que se vuelve más fascinante a medida que se va volviendo más rara. Cuando parece que Morrison ha empezado a seguir una senda más lineal o convencional, procede a sacarnos de nuestro ensimismamiento propinando una bofetada y mostrando una brutal tragedia de la que muy pocas personas podrían llegar a recuperarse. No diré más porque no quiero entrar en terreno de spoilers.

Digamos que esto sucede a mitad del tomo aproximadamente (este segundo volumen incluye catorce números americanos). Por ello, a partir de ese momento, comienza la recta final con una historia que es toda una montaña rusa emocional. Leyendo con detenimiento, uno consigue atisbar los engranajes que hacen funcionar una historia que es perfecta como metáfora sobre las diversas fases del dolor que puede atravesar una persona que lo ha perdido todo y que siente que la muerte es su único final posible y aceptable.
Esta inclasificable travesía se ve adornada por el arte de Tom Grummett, Chaz Truog o Paris Cullins. Dibujantes solventes que realizan un trabajo eficaz sin demasiados alardes técnicos ni deficiencias destacables. Eso sí, para embellecer tenemos las portadas de Brian Bolland, espectaculares como siempre.

Lo mejor de todo es que, al terminar de leer el volumen, uno se siente cuasi iluminado. Todo termina encajando al echar la vista atrás y comprender que Morrison nos abandonó en mitad de un laberinto en el que, como a Teseo, nos dejó un débil hilo que seguir para no sentirnos completamente perdidos. Lo dicho, satisfactorio no, lo siguiente.
Por último, comentar que la edición de Panini incluye unos extras de lo más interesantes sacados de las grapas originales USA y que no habían vuelto a ser reeditados hasta ahora.


