Pensadlo bien. Ya son más de cuarenta años desde que Kevin Eastman y Peter Laird crearon a las Tortugas Ninja y han pasado por tantas manos, tantos medios y tantas versiones, que hemos normalizado lo que son. Tal vez por eso la historia de Teenage Mutant Ninja Turtles 2: Nueva York vs. las Tortugas Ninja nos parezca así una más, pero volvamos un poco a lo que eran en origen y quizás podamos entender un poco mejor lo que Jason Aaron y Juan Ferreyra han hecho aquí.
Recordemos que aquellas tortugas primigenias caminaban en una línea muy fina entre la parodia y la flipada épica. Las referencias desvergonzadas al Daredevil de Frank Miller la situaban a medio camino entre el homenaje continuista y la sátira y casi tenían más que ver con el Cerebus del principio que con la versión de dibujos animados que las popularizara para siempre. Tengamos en cuenta que, viéndolo desde cierta distancia y sin su contexto actual, estamos hablando de un puñado de caricaturas de animales antropomórficos que discuten entre ellos y se arrean de mamporros con ninjas. Por más que se ponga la excusa de los mutantes, esto no son tortugas humanoides sino caricaturas, que solo deberían poder funcionar en un tebeo o en los dibujos animados… pero funcionan, y mucho más allá de lo inicialmente esperado, gracias a la generación de su propia mitología, contexto y código.
Pues resulta que con toda esta parrafada es con lo que Teenage Mutant Ninja Turtles 2: Nueva York vs. la Tortugas Ninja camina en sintonía. Esta segunda y última parte de la andadura de Jason Aaron en nuestros quelonios enmascarados favoritos juega, como otras de sus obras, en una fina línea entre la épica y la hipérbole salida de madre, que comentábamos que está en el ADN de las tortugas desde sus inicios. Pero el gran descubrimiento ha sido el trabajo de Juan Ferreyra, no porque no supiéramos ya de sobra de su calidad sino por lo bien que funciona su trabajo en este registro.
Pongámonos en situación, de todos modos. En el tomo anterior, Las tortugas estaban separadas y desperdigadas por el mundo, cada una con su propia circunstancia, sin la tutela ya de su maestro Splinter, y un tanto perdidas a nivel vital. Cada historia corría a cargo de un dibujante distinto y, al final, con su encuentro, se ponía Ferreyra a los mandos.
Pero la reunión no conlleva paz y armonía porque una nueva figura, el fiscal Hale, asociado con el clan del Pie, pone a toda la ciudad Nueva York en contra de las tortugas mientras invade las calles con su nueva policía ninja paramilitar. Las alcantarillas que en otro momento fueron su hogar, ahora son un incómodo y sucio escondrijo forzoso. Y no es solo que la ciudad se haya vuelto en su contra, sino que, por más que estén juntos, ya no son aquella familia que fueron. Nueva York vs. las Tortugas Ninja será la historia que les enseñe qué significa ser quiénes son.
Hasta cierto punto Teenage Mutant Ninja Turtles 2: Nueva York vs. las Tortugas Ninja guarda cierta semejanza estructural con el tomo anterior. Cada uno de los cuatro primeros capítulos está narrado por una de nuestras tortugas en un ejercicio donde de nuevo Aaron pone toda la carne en el asador de encontrar la voz propia de cada uno, pero de algún modo ahora es todo distinto y el hecho de tener a Ferreyra como único dibujante es clave. Más allá del gancho comercial de los nombres de Burnham, Jones, Albuquerque, Chiang o Robertson, se trataba de presentar a los protagonistas separados, alejados. En este tomo, pese al enfoque en la voz individual, hay una clara intención de historia única, de reunión, de redención y regeneración de vínculos.
Es una historia de sanar sus muchas heridas y resurgir, pero eso no significa que las tortugas dejen de ser esa familia disfuncional hasta el absurdo, que no saben parar de discutir y en más de una ocasión se decide por la comunicación a mamporros. Quien tenga hermanos, es posible que ya sepa lo que es eso, pero esto son las Tortugas Ninja de Aaron y Ferreyra y todo es una constante hipérbole, así que aún más a lo bestia.
Insistía en la figura clave del dibujante argentino porque ya es sabido cómo se las suele gastar Jason Aaron en estos terrenos, pero descubrir cómo el estilo de Ferreyra se adapta a este registro ha resultado particularmente grato. Ferreyra consigue moverse en un complejo equilibrio entre lo realista, lo plástico y lo icónico, conceptos que casi pueden parecer antagónicos y que hace funcionar juntos. Densas texturas, juegos de luces y volúmenes se mezclan con estilización caricaturesca y rotunda e icónica línea negra de contorno.
El dibujante entra en sintonía con ese juego de Aaron en el mismo delicado equilibrio entre lo sucio y descarnado, la épica y la exageración dramática que coquetea con la línea de lo grotesco. Pero de nuevo insisto en que, más allá de todo aquello en lo que haya derivado, eso son las Tortugas Ninja: un puñado de animales antropomórficos caricaturescos metidos en movidas melodramáticas y absurdamente violentas. Eso hay que hacerlo funcionar y es complicado que no se vaya de las manos, pero Aaron y Ferreyra se las apañan para que cada salto mortal en la cuerda floja aterrice con los dos pies en el alambre. Incluso cuando parece que ya no puede colar y van a caer sin red, una splash page con efecto de Luca, un oneliner o incluso un kaiju final sostienen este ejercicio de funambulismo con la moción en todo lo alto.
Teenage Mutant Ninja Turtles 2: Nueva York vs. las Tortugas Ninja concluye así una etapa contenida y accesible a los nuevos lectores, que es también fiel al espíritu original de los personajes y deja la puerta abierta al futuro. Aaron y Ferreyra nos llenan de acción y épica hiperbólica una historia de refundación de las bases, con el telón de fondo de esa Nueva York, que también es presentada como una especie de gran familia disfuncional e incluso con algún pequeño guiño de actualidad. Estaremos a la espera de ver cómo toman el relevo Gene Luen Yang y Freddie E. Williams II y suponemos que el tono irá posiblemente en otro sentido, pero, en cualquier caso, el listón está alto.





