No voy a mentir, no soy un gran fan de las Tortugas. Para eso en esta nuestra web están nuestros amigos TX y R —que seguro que ya sabéis quiénes son— pero a mí me pilló la tortugamanía de principios de los 90 en esa edad en la que se es demasiado mayor para que te gusten los dibujitos y demasiado joven para que te vuelvan a gustar. Obviamente, estoy familiarizado con ciertos aspectos de esta mitología porque no vivo en una cueva, pero yo estoy aquí por Jason Aaron y por Chris Burnham, Joëlle Jones, Rafael Albuquerque, Cliff Chiang, Darick Robertson y Juan Ferreyra. Así, como es posible que más de uno pueda estar en mi situación, la idea central sobre la que va a girar esta reseña de Teenage Mutant Ninja Turtles 1: Regreso a Nueva York girará sobre si es este o no un buen punto de arranque para posibles conversos, así que vamos allá.
Nada más empezar parece quedar respondida la pregunta o, cómo mínimo, que parece el propósito de guionista y editores. Comenzamos con un pequeño salto en el tiempo —casi da igual desde donde, en cualquier punto de la historia de las tortugas podría ser— para encontrarno a Donatello, Raphael, Micheagelo y Leonardo cada uno por su lado, separados por algún motivo misterioso que terminaremos el tomo sin saber aún, pero que nos sirve de gancho. La mayoría de ellos se encuentran en un momento realmente bajo de sus vidas y tratando de cumplir penitencia o, al menos, de buscar algún tipo de redención.
Jason Aaron va a ir con calma, dedicando un episodio a cada uno de los cuatro por separado, mientras, de fondo, va construyendo la trama común y el reencuentro. Esta estructura le sirve para mantener el misterio de cómo han llegado hasta aquí, a la vez que, por más que para muchos sean de sobra conocidos, irnos definiendo a nuestros protagonistas. Cada uno de ellos está en una situación extrema, lejana de la habitual, con lo que debería mantener la atención de los que ya se saben el cuento, pero también y por contraste, por cómo se tienen que enfrentar a sus tesituras actuales, para los recién llegados perfilan los rasgos de caracterización fundamentales de cada uno de los quelonios.
Además, en IDW han aprovechado también que este sistema compartimentado les da la oportunidad de contar con un quién es quién de estrellas en el apartado artístico sin que la coherencia gráfica se vea afectada. Así, una vez pasado un capítulo corto de introducción que enganchará con el episodio cuarto, tenemos a Raph encerrado en medio de un drama carcelario de acción y dibujos de Joëlle Jones. Seguiremos con Michelangelo estrella de su propia serie de TV, con lápices de Rafael Albuquerque, cuando será interrumpido por el asedio de los ninjas del Clan del Pie. Nos vamos después a la India, siguiendo el retiro espiritual en busca de redención de Leonardo, con apartado gráfico de Cliff Chiang. Y finalizamos esta primer ronda con arte de Chris Burnham para llevarnos al sur profundo —con Aaron al timón no era de extrañar— y presentarnos a Donatello, tal vez el más adorable de los cuatro y cuyo nombre es más popular como tortuga que como artista del Renacimiento, en la situación más trágica y desoladora. Sobrevive herido, hambriento y con su cordura maltrecha, combatiendo para que otros mutantes encerrados como él no tengan que hacerlo.
Será después turno para una pausa, que dibujará Darick Robertson, para enfocarse en el villano de la saga, el fiscal Hale, antes de hacer lo que promete Teenage Mutant Ninja Turtles 1: Regreso a Nueva York y devolver al equipo completo a la Gran Manzana. Será el argentino Juan Ferreyra, quien se ocupe del apartado de esta reunión y también el encargado de todo el siguiente tomo que cierre la saga próximamente.
Cada uno de los artistas funciona dentro del registro de sus historias, que pese a ser muy diferentes entre sí, van generando el clima de base de la serie. De nuevo en la idea de si es un buen sitio para subirse a los quelonios del clan Hamato, Teenage Mutant Ninja Turtles 1: Regreso a Nueva York es todo el volumen en sí mismo una presentación, una acercamiento individual cada protagonista —y antagonista— fuera de su elemento para definir los rasgos esenciales de cada uno y, poco a poco, ir uniendo elementos para establecer sus dinámicas como grupos. Aaron quiere dejarnos bien claro la familia disfuncional que son. Son cuatro tipos verdes demasiado duros para decirse lo mucho que se quieren, cuyo modo de mostrarse afecto parece ser estar todo el día a la gresca —muy en la T del «teenage» de su nombre—, aunque realmente no puedan vivir separados. Hale será el encargado de ponerlos, ya como grupo, en ese barro en el que ya los hemos visto hundirse por separado, al poner contra ellos a la propia ciudad de Nueva York.
Para los que se pregunten qué Aaron vamos a encontrarnos aquí, podría decirse que un poco de todo. Tendremos ese Aaron dramático, intenso y sórdido capaz de removernos las tripas, pero también el flipao juguetón que no duda en meternos una escena contra policías motoristas ninja y regodearse en ello. Sorprendentemente, ambas facetas conviven como una sola en este universo, que, al fin y al cabo y como parece saber el guionista, tiene en admitir este tipo de mezclas uno de sus rasgos definitorios a la par que puntos fuertes.
Así que sí, Teenage Mutant Ninja Turtles 1: Regreso a Nueva York es un buen asidero para quienes no se hayan zambullido en el universo de las tortugas hasta ahora. Y, sin ser un gran experto, diría que probablemente tiene también todo lo que debería contentar al viejo fan. La única pega es que este nuevo inicio es una etapa cerrada que concluirá en el siguiente tomo y aún es pronto para ver cómo funcionan los sucesores, Gene Luen Yang y Freddy E. Williams III. Esperemos que quien llegue aquí sea para quedarse porque Moztros tiene tortugas para rato.





