Que Predicador es una de las obras más personales de Garth Ennis (si no la que más) es algo que no se le escapa nadie. La particular road movie protagonizada por un reverendo, un vampiro y una asesina a sueldo es un torrente continúo de emociones. Una epopeya de proporciones bíblicas que, a medida que avanza, va tejiendo una compleja red vital en la que quedan enmarañados un buen número de personajes, a cada cual más estrambótico.

Debido a esto, no es de extrañar que llegase un momento en el que el guionista necesitase de más espacio para desarrollar a algunos de estos secundarios. Ya fuera en forma de miniseries o especiales en los que el foco se posicionase sobre un villano o hiciese brillar con luz propia a alguno de los compañeros de peripecias de Custer. Pues bien, dicho y hecho, el tercer volumen de la edición de Panini de Predicador nos permitirá conocer mejor al Santo de los asesinos y a Cassidy. Agárrense que vienen emociones fuertes.
Empezamos con la miniserie de cuatro números dedicada al Santo de los asesinos. El implacable cowboy que hace las veces de ángel de la muerte (sabremos cómo llegó a este punto) parece que se ha escapado de un filme de Clint Eastwood, se me vienen a la cabeza “El fuera de la ley” y “Cometieron dos errores”. A lo largo de cuatro números, Ennis cambia da un giro de 180º grados para ofrecernos un western sobrenatural que no da tregua al lector, no solo por la acción y violencia desmedida, sino por el torrente de sensaciones que desata y evoca. El protagonista no es otra cosa que un hombre llevado al extremo, un pobre diablo que perdió lo único bueno que había en su vida. Circunstancia que lo acabó sumiendo en una espiral de violencia y dolor.

Juez, jurado y ejecutor, como el Juez Dredd de 2000 AD. Precisamente, es el creador gráfico de este personaje, Carlos Ezquerra, quien se encarga de ilustrar la historia del Santo. Su estilo crudo y sucio le sienta de maravilla a la oscura trama y la ambientación mugrienta por la que discurre la historia. Historia que deja un poso de tristeza, bajo todas las capas de muerte se esconde un dolor inconmensurable y una oscuridad que engulle cualquier rayo de esperanza que pudiera albergar el alma del pistolero. Personalmente, una vez leída, soy incapaz de verlo con de la misma manera.
Seguimos con “Sangre y Whisky”, el especial de 48 páginas en el que Ennis y Dillon (que se ve que no quería perderse la fiesta) nos hacen viajar a Nueva Orleans de la mano de nuestro chupasangre favorito. Mentiría si os digo que me ha sorprendido lo leído. Más que nada porque, de manera paralela a Predicador, estoy leyendo también la etapa de este mismo tándem creativo en Hellblazer. John y Cass son muy parecidos. No solo comparten una naturaleza sobrenatural. También son borrachos, egoístas, vulgares y algo mezquinos. No se puede negar que son bienintencionados, eso de desde luego. Pero eso no basta para evitar que casi todo el mundo que se cruza en su camino acabe humillado, herido o, en el peor de los casos, muerto.

Igual pensáis que estoy exagerando. Pero las correrías de este deslenguado irlandés en la tierra del vudú y los pantanos traerán consecuencias fatales tanto para el Predicador como para su rubia amante en los números de la serie regular incluidos en este tomo (27 a 33). El creador de The Boys no levanta el píe del acelerador dando a entender que tiene claro el desenlace de está búsqueda del todopoderoso por parte del portador de “La palabra” para cantarle las cuarenta por abandonar sus obligaciones. Ahora bien, que la meta esté clara no quiere decir que el camino sea lineal.
La particular trinidad tendrá que lidiar con revelaciones varias, potenciales traiciones o perdidas de confianza. Precisamente, es en estas situaciones donde más brillan Ennis y Dillon. Cuando la tensión aumenta, cuando nadie se calla nada, cuando piensas que los cuchillos están a punto de echar a volar… van y nos cierran la boca a base de unos diálogos imposiblemente bien escritos. La pasión y el amor que se profesan Jesse y Tulip es verosímil y emotivo sin estar carente de las dudas propias de las relaciones largas. No menos fantástica es la camaradería entre los dos “machotes”. Aunque bueno, esto sorprende menos porque los “bromances” son marca de la casa.

Rematando tenemos a Steve Dillon, un artista muchísimo más expresivo de lo que podría parecer al primer vistazo. El dibujante inglés se me antoja como una pieza clave para entender a los personajes de Ennis, su complicidad física, como se fulminan con la mirada cuando se cabrean, en fin, todo. Solo hay que ver a Herr Starr o a Caraculo, dos antagonistas con unos rasgos físicos muy marcados y aparentemente inmutables. Sin embargo, no cuesta lo más mínimo saber lo que se les pasa por la cabeza con solo mirar la viñeta detenidamente.
En definitiva, siempre se ha dicho que Predicador es una de las grandes obras del sello Vértigo. Afirmación con la que no puedo estar más de acuerdo puesto que su equipo creativo no lo demostraba cada mes.
Que ganas de pillar la siguiente entrega.


