Se me hace complicado elegir por dónde empezar con El gran libro de magia de la luna y la serpiente. Hay tantas cosas que decir y tantos lados por dónde abordarlo que no resulta fácil, pero Alan Moore casi nunca lo es por más que su intención sea, no pocas veces, manifiestamente didáctica, como también en este caso.
Comencemos diciendo que El gran libro de magia de la luna y la serpiente es una obra póstuma en más de un sentido. El más literal, comenzando por los nombres de la portada, viene porque hace ya doce años que nos dejó Steve Moore, escritor de títulos como Las aventuras de Tom Strong, Dan Dare, creador del formato Future Shocks en 2000 A.D. y mentor de Alan Moore en las sendas del ocultismo. Se publica este volumen también cuatro años después del fallecimiento del inconfundible Kevin O’Neill, cocreador de Nemesis the Warlock, Marshal Law o The League of Extraordinary Gentlemen, entre otros hitos, y dibujante en este libro de las tiras sobre Alejandro de Abonutico.
Decíamos, no obstante, que es póstuma en más de un sentido porque también se publica varios años después de la salida de The League of Extraordinary Gentlemen: La Tempestad, la obra con la que Alan Moore daba por expirada su carrera como escritor de cómics, el medio en el que, para muchos —entre los que me temo que me incluyo—, fue el mejor guionista de todos los tiempos
En cualquier caso, no parece que Alan Moore haya faltado a su promesa, ya que El gran libro de magia de la luna y la serpiente no es exactamente un cómic. Contiene cómics, sí, al igual que contiene relatos en prosa, textos divulgativos, diagramas y hasta pasatiempos. El gran libro de magia de la luna y la serpiente es un resumen en un tono tan pedagógico como irónico de todo el mundo mágico de los dos Moore, «sin parentesco», como solían bromear ellos. Sería, como se ha podido leer, un grimorio, pero no tanto un recetario de hechizos sino algo más ajustado al sentido etimológico de la palabra y en mayor consonancia con la visión de la magia que nos han brindado en obras como Promethea, From Hell o Providence. Hay cierto debate en torno a la etimología de la palabra grimorio, pero lo curioso es que las dos principales posturas antagónicas nos pueden servir para dilucidar de un modo más completo qué nos encontramos en este libro.
Una de las teorías sostiene que «grimorio» viene del francés «grimoire», que procede de «grammaire», es decir, «gramática». El gran libro de magia de la luna y la serpiente desmenuza la historia, teoría y metodología de todo el universo de la magia que Alan Moore lleva estudiando y difundiendo en sus diferentes obras desde hace más de treinta años. No se trata esta vez de un viaje en forma de relato, como ya desarrollaría en Promethea, sino de un libro casi con aspecto de texto escolar que desglosa todas estas partes para comprender un todo, tal como dicen: «en términos que cualquiera con una educación media pueda entender».
El gran libro de magia de la luna y la serpiente desgrana todos los datos, estructuras e ideas necesarios para entender este huidizo concepto de lo mágico y para ello acude a herramientas que podríamos encontrar en un cuaderno de actividades con una mezcla intencionada de pedagogía e ironía. Pese a su tono divulgativo desde el más básico de los puntos de partida, los dos Moore presuponen cierta inteligencia en el lector y una actitud más allá de la deglución literal de datos, porque tal es, al fin y al cabo, la posición que el espectador debe adoptar ante el arte.
En este volumen encontramos pequeños cómics con arte de Ben Wickey sobre casi medio centenar de las figuras más importantes de la magia a lo largo de la historia, desde Circe, Salomón, Pitágoras o Zoroastro hasta William Blake o Crowley, organizaciones como los rosacruces o el Alba Dorada y otros probablemente más desconocidos o incluso insospechados. Apartado especial merece una serie de tiras con dibujos de Kevin O’Neill sobre la vida de Alejandro de Abonutico, uno de los primeros magos registrados en la historia a la par que disparatado embaucador y creador del dios Glicón, al que los Moore profesan devoción.
Y es que con el mismo humor hay que tomarse las actividades para los días de lluvia, donde se nos dan sencillas claves para practicar en casa la alteración de los estados de conciencia o la invocación de dioses y otros entes, por citar algunos ejemplos. Pese al humor implícito en todo el volumen, todo tiene perfecto sentido en este mundo donde un dios mitológico y un primigenio lovecraftiano no se llevan demasiada diferencia. Igualmente se nos brinda una introducción al tarot o la cábala, se nos sumerge en un inquietante relato por entregas o se nos brinda un recortable para construir nuestro propio templo.
Y es que la idea central para entender este libro nos llega, aunque tal vez de un modo más lateral, de ese segundo posible origen de la palabra grimorio. Hay otros que sostienen que procede del italiano «rimario», que significa «composición de versos», y es que la tesis central, a muy grandes rasgos, viene a ser que magia y arte son una misma cosa. Actualmente, dentro incluso de la física moderna, la visión subjetiva es un componente indisoluble de la propia realidad, con lo que casi podríamos decir que la visión subjetiva es un hecho objetivo. Por otro lado, también es importante tener en cuenta que el acto de la creación artística da forma a aquello que no existe.
Hace más de tres décadas, los dos Moore, junto con otros nombres como Melinda Gebbie o los músicos Tim Perkins y David J, crearon el Gran Teatro Egipcio de las Maravillas de la Luna y la Serpiente, una organización mística y artística que ha venido desarrollando diferentes performances y recitales de poesía que funcionaban como ceremonias rituales de magia. Algunos de ellos se han podido ver plasmados en cómic, como El amnios natal o Serpientes y escaleras, y frecuentemente tienen el trasfondo de la íntima relación entre el arte y la magia. Según Alan Moore, este Gran Teatro es «un ejemplo perfecto de una organización realmente mágica, ya que no existe realmente».
El gran libro de magia de la luna y la serpiente podría ser el legado en papel de esta suerte de cruce entre movimiento artístico y secta, donde la palabra «teatro» nos da alguna de las mayores pistas de sus intenciones y condición. Este volumen comienza desarrollando la idea de lo indisoluble del arte y la magia en el origen de ambos y desde ahí fundamenta el resto de su discurso, que explora componentes como la narrativa o la representación, así como las conexiones de ambos mundos a lo largo de la historia, desde la misma cuna de la civilización occidental o incluso antes. La magia y el arte trabajan con la conciencia, con la alteración de la misma y con la exploración de esos mundos donde las fronteras entre lo irreal, lo imaginario y lo sobrenatural no siempre están claras. Tal como afirma Alan Moore, «realizar un hechizo consiste precisamente en jugar con las letras, en manipular las palabras, para así alterar la conciencia de la gente, y por eso creo que un artista o un escritor es lo más parecido, en la actualidad, a un chamán».
Existe otro libro previo llamado El Libro de la Serpiente, donde se recogen los textos de las diversas performances del Gran Teatro Egipcio de las Maravillas de la Luna y la Serpiente, pero podríamos decir que este volumen que nos ocupa va más allá y es la sublimación en forma de objeto —objeto mágico, podríamos decir— de todas sus ideas.
Pese a que Alan Moore siempre ha sido un escritor denso, casi siempre ha guardado un hueco para llevar al lector de la mano, para ejercer de guía, profesor o descubridor de esos mundos que lo fascinaron y que quiere que ahora nos fascinen. El gran libro de magia de la luna y la serpiente es un completo manual de introducción a esos escenarios donde lo irreal y lo real, lo bufo y lo sacro, se dan la mano y nos invitan a participar. El lector debe ser parte de la experiencia y, si, mediante el arte, la conciencia y la visión subjetiva pueden transformar la realidad, entonces la conciencia, la visión subjetiva y la experiencia del espectador con respecto al arte deberían transformar el mismo arte. Eso sí, tomarse las cosas demasiado en serio puede ser perjudicial y nos dejan meridianamente claro que un guiño cómplice es el ingrediente que nunca debería faltar en cualquier hechizo.





