A la hora de hablar del tomo inaugural de esta serie, comentábamos la extraña contradicción que supone. Decíamos que es, por un lado, una serie completamente fuera de su tiempo, pero, por otro, profundamente enraizada en el mismo. Trataremos de no repetirnos, pero Sandman Mystery Theatre 2 nos brinda la oportunidad de ahondar en nuevos rincones de esta afirmación, que nos quedaban por explorar.
Por eso no no pararemos a incidir en cómo se adelanta en sus modos a cómics que estaban por llegar, pero sí vamos a volver en torno a los temas que trata y cómo lo hace. Si bien con su primera entrega nos centrábamos más en ese caminar entre dos aguas de su presente y el futuro, este segundo tomo nos brinda una mejor ocasión para hablar de cómo relaciona su tiempo, en los años 90, con esa transición entre las décadas de los 30 y los 40. No hay mejor momento para una historia noir, y no solo porque sea su contexto original de creación, sino porque la epoca de la depresión nos dejaba un escenario donde lo más negro del alma y la sociedad humana quedaban al descubierto. Sin embargo, aunque se ilustre con ejemplos y problemas de los años 30, Sandman Mystery Theatre 2 nos habla de problemas e ideas de los 90.
Tal vez no había entonces una gran depresión en, pero sí una serie de crisis económicas, que se sucedían unas a otras con una velocidad casi violenta y dolían especialmente ante la caída de aquellos grandes ideales, que ahora parecían solo una artimaña, fruto de la recién terminada Guerra Fría. Los noventa vivieron una ola de pesimismo estructural y existencial, que, como con los años 30 y el noir, tuvieron su reflejo en varias formas de arte. Este reflejo se dio especialmente en la música con el grunge, pero también en literatura, con Generación X o El club de la lucha; en cine, con Reality Bytes o Trainspotting, o en cómic con los Daniel Clowes, Peter Bagge, Adrian Tomine y toda la ola del cómic alternativo y, en una onda tal vez algo más mainstream, toda la línea Vertigo.
Al hilo de esto, podríamos fijarnos también en otros títulos, como American Psycho, El silencio de los corderos, Twin Peaks o Seven, con los que tal vez podamos seguir indagando en otras aristas de esta idea. Con la caída del bloque soviético, se busca el enemigo en el interior de una sociedad que se percibe degenerada y comienza un auge de la figura del asesino en serie en ficción. No es de extrañar entonces que en una serie de temática criminal como esta, gran parte de las historias de Sandman Mystery Theatre 2 giren en torno a este fenómeno.
Pretendo con todo esto llegar a esta suerte de neo-neo-noir con el que Matt Wagner, Steven T. Seagle, Guy Davis y los demás ponen al descubierto una serie de vasos comunicantes entre las sociedades y sensibilidades de los años 30 y los 90 y los convierten en su caballo de batalla para desarrollar esta serie. La pobreza, la discriminacion social y sexual o la xenofobia son desgraciadamente universales y atemporales, pero en cada época tienen una forma de manifestarse y unos matices propios. En este caso la visión en perspectiva y la comparativa brindan nuevas ópticas, nuevos ángulos sobre las que abarcar estas fatídicas constantes. Los códigos de la ficción permiten también explorar, con ejemplos más sencillos, problemas que se han ido haciendo más complejos con el tiempo. Con todos estos ingredientes, caminar en esa línea límite entre de las lindes prefijadas de las historias pulp mientras se evocan bocados de realidad parece ser la especialidad de los implicados en Sandman Mystery Theatre 2.
Pero los códigos de los cómics de la edad de oro y jugar con su reglas sigue siendo importante en este tomo. El drama del romance entre Wesley y Dian sigue siendo el hilo conductor que une los distintos arcos argumentales autónomos. Cada caso empieza y acaba, pero Wesley y Dian permanecen… y cambian… y crecen. Hay amores y desamores, alteraciones de sus roles, aprendizajes… distintos estados vitales que hacen de pegamento entre las diferentes historias individuales. Wagner y Seagle tienen que ser lo suficientemente hábiles y precisos para equilibrar la hipérbole melodramática con el umbral de la credibilidad y el naturalismo. Saber cuándo tienen que jugar con las normas de los 90 y cuándo con las de los 30, sin que apreciemos la frontera, es la ola que cabalgan con elegancia los autores. La realidad de los 90, la autoconsciencia posmoderna con respecto a los códigos del pulp, el contexto social de los años 30… todo eso entra en el mismo saco y tiene que parecer una sola cosa.
Pero Dian y Wesley no son lo único que liga todas estas historias entre sí, incluso con los altos, bajos, idas y venidas de los roles de ambos. Ni siquiera otros personajes de largo recorrido como el forense Hubert Klein o el detective Burke. Cada historia deja asomar sus propias ideas, pero hay otras comunes y transversales a todas ellas. La corrupción, las desigualdades, la discriminación en todas sus múltiples formas, los traumas, la decadencia moral… son todas ellas, al fin y al cabo, el caldo de cultivo para la temática criminal sobre la que se articula Sandman Mystery Theatre 2.
Y es que es cierto que hay un par de arcos, el annual de apertura y Hourman, que se salen de la norma, pero Sandman Mystery Theatre 2 se enfoca en la figura del asesino en serie. Por aquellos años aún se arrastraba la estela del aumento de la inseguridad ciudadana de los 80, se había perdido en gran parte el enemigo exterior con el fin de la guerra fría y se tenía una noción desmoralizadora de una sociedad en decadencia. Si a esto le sumamos el auge de los estudios psicológicos en criminología y los pingües beneficios que parecía dar esa romantización del asesino en serie en cine, TV o literatura a mediados de la década de los 90, está claro que se había convertido en una moda, una que podían aprovechar y enmadejar en su juego de mezclas entre las dos décadas en liza.
Y es que todo este espíritu, toda esta serie de ideas y lugares comunes que hemos venido desarrollando hasta ahora están presentes, de un modo u otro, en todas las historias de Sandman Mystery Theatre 2, pero sigue siendo importante que cada una se mantenga autónoma, casi con esa estructura de miniseries, que se popularizara unos años después en franquicias como Hellboy.
Arrancamos, pues, Sandman Mystery Theatre 2 con el único annual de la serie, que fue nominado al Eisner, nada menos, y presenta una serie de historias cruzadas en torno al misterio de un atracador en Central Park. Cada historia tiene su propia trama, su propio protagonista y su propio dibujante, entre un quién es quién de luminarias y los lápices. Sin embargo, cada relato discurre, camina, se cruza y pisotea Central Park por su cuenta en una historia de historias que hace leyenda de lo cotidiano y juega con la subjetividad de la verdad.
Dr. Death nos mete ya de lleno en el mundo de los asesinos en serie. En este caso, se trata de una serie de crímenes donde varias viejas glorias de diversos ámbitos, actualmente en declive, aparecen envenenadas.
Como curiosidad, en este arco entra en juego Vince Locke para terminar los lápices de Guy Davis. Este Vince Locke aún no había dibujado Una historia de violencia, el título por el que tal vez es más conocido, pero sí se había dejado ver en Sandman y había colaborado antes con Davis en Baker Street, la obra que llegó a España como Honor entre Punks. Se trata de un artista de acabado bastante afín al de Davis, con lo que no se produce disrupción estilística alguna.
Volverá, sin embargo, Guy Davis al completo y cada vez más atrevido en lo plástico y lo narrativo con La noche del carnicero, que nos lleva a un terreno más cercano al slasher. Todo se pone más intenso y terrorífico, incluyendo la relación entre Wesley y Dian. Además de la exploración de la violencia, el tema de fondo de esta historia se enfoca en la precaria situación de los inmigrantes, en este caso los polacos en la década de los 30.
No deja de ser curioso que en este arco tengamos un guiño que menciona al Dr. McNider —alias Dr. Midnite en la continuidad DC tradicional— y el siguiente lleve por título nada menos que Hourman y sirva de presentación para la versión de este universo de Rex Tyler. De algún modo, este arco recupera elementos de la primera aparición de Hourman, en Adventure Comics #48 (1940) adaptados a este nuevo noir del Vertigo noventero. Tenemos en esta historia un tono algo más amable —de nuevo coincidiendo con una situación más feliz de la pareja protagonista— e incluso se las apañan para vestir a los protagonistas con pijamas supeheroicos sin salirse del tono.
Y concluimos con La Pitón, donde alguien está estrangulando a diversas personas con el único nexo común de ser obesos. Bajo esta premisa, Wagner, Seagle y en esta ocasión Warren Pleece mezclan bajo un mismo hilo conductor las viejas publicidades de Charles Atlas, la fiebre del culto al cuerpo de los 90, la eugenesia en el contexto previo a la Segunda Guerra Mundial o la perfección física como medio de exclusión. Es este el único arco que no tiene a Guy Davis en una u otra forma y le sustituye el británico Warren Pleece. Pleece captó la atención de los editores americanos tras la polémica True Faith, con Garth Ennis. Más tarde sería más conocido por Hellblazer o Deadenders, pero en este momento aún estaba dando sus primeros pasos en Vertigo, tras haber dibujado ya Skin Graft: The Adventures of a Tattooed Man y Mobfire, ambas inéditas en españa.
En todas estas historias, más allá de los mencionados ingenio y maestría que muestran los autores para maridar las décadas de los 30 y los 90, hay algo incómodo en la manera en la que usan en noir para decirnos que tal vez la cosas no habían mejorado. Una capa de pintura amable de aventura detectivesca, homenaje pulp y melodrama apenas oculta una miseria que pervive en el tiempo. Tal vez solo hace falta iluminar los rincones adecuados para caer en que probablemente todo eso sigue ahí. Dulces sueños.





