Supongo que cuando Moztros anunció que iba a publicar algo llamado Copra, más de unos se preguntaría qué demonios era eso, picados, en gran parte, por el entusiasmo de unos pocos que sí parecían conocerla. Su autor, Michel Fiffe, lleva desarrollando esta serie desde finales de 2012 y muy recientemente le ha puesto punto final en USA con su número 50. En España hubo un intento anterior hace ya más de 10 años que tal vez pasó demasiado desapercibido y en un momento donde tal vez rara avis como estas aún se podían indigestar.
Y es que Copra es toda una contradicción en sí misma. Copra es un tebeo de superhéroes underground. Sí, como suena. Como diría el poeta, es muy superheroica y mucho superheroica y también es muy personal y experimental. Copra tiene un pie en la más pura tradición del género, sobre todo en los años ochenta, y otro pie en la vanguardia absoluta.
Y se tiende a usar el término underground con demasiada frecuencia, pero en sus inicios, Michel Fiffe no solo es que estuviera a cargo del guion dibujo, color y rotulación de la obra, sino que él mismo lo llevaba a imprenta y lo distribuía en una única librería física donde se podía conseguir originalmente, además de en su propia tienda de Etsy. Rápidamente las 400 copias que había impreso se agotaron y el resto es historia.
Copra es un comando de criminales con superpoderes reclutados para misiones encubiertas, que, en este primer tomo se verá acusado de un delito que no han cometido. Un pueblo completo ha sido aniquilado por culpa de un objeto traído de otra dimensión y se considerará responsables a los miembros del grupo. El motor de la trama de este primer tomo será aclarar todo este asunto mientras tratan de limpiar sus nombres como fugitivos de la justicia.
Habrá quien vea amplias similitudes con el Escuadrón Suicida y no solo no es algo que oculte, sino que parece enorgullecerse de la referencia. Curiosamente, Fiffe es de origen cubano y descubrió el Escuadrón Suicida de Ostrander, McDonnell y cia a través de los cómics de Ediciones Zinco. Pero Copra es el Escuadrón Suicida y también los X-Men de Claremont, el Daredevil de Miller, el de Nocenti y Romita, la Doom Patrol de Morrison y muchos, muchísimos más, todo lo que le apetezca con la referencia a flor de piel , pero con un contundente sello personal.
Están aquí todas esas cosas que nos encantaban a aquellos chavales lectores de tebeos de los ochenta: Presentaciones de personajes con texto en off en dos pinceladas con tres frases molonas, episodios de pausa tras un movidón gordo centrados en uno o dos personajes, resúmenes de lo acontecido en modo flashback ¡y hasta bocadillos de pensamiento!¡En 2012! La intención es claramente situarnos en los códigos de todos aquellos tebeos y jugar con lo que ya conocemos para hacer algo nuevo y fresco. No hay la más mínima intención de velar las referencias y se trata de que veamos sin el más mínimo esfuerzo quién inspira a qué personaje y qué truco de este o aquel autor está usando, pero mucho más allá del homenaje vacío. Fiffe tiene todos los juguetes a su disposición y se trata, por un lado, de jugar como solo se puede cuando los tienes todos, y por otro lado, aprovechar todo lo que otros jugaron antes que él; no partir de cero, subirse a hombros de gigantes para poder saltar más alto.
Se apoya en personajes y códigos que ya conocemos y en las expectativas que generan. Se permite aprovecharse de todo lo ya andado para poder ir un paso más allá, lograr mezclas y hallazgos a los que sería imposible haber llegado en tan poco espacio sin todo el trabajo previo que referencia. Puede armarse de la verborrea claremontiana, pero también darle una vuelta y usarlo en un momento dado casi como música de fondo de un montaje. Puede vomitar montones de texto, pero también sabe cuando callarse y dejarnos una de esas secuencias con montones de aire a lo Miller, donde el tiempo parece congelarse mientras la acción sucede de manera trepidante. Puede llevarse a sus personajes a Japón en un capítulo y a otra dimensión en el siguiente, porque no necesita explicar que las cosas funcionan así en los tebeos de superhéroes. Puede soltarnos al principio de su tebeo con montones de personajes nuevos porque sabe que tenemos a qué agarrarnos sin miedo a subir en marcha.
Sin duda, Copra es un tebeo profundamente posmoderno en el mejor de los sentidos, que se apoya en todo lo previo, juega con la referencia y la emplea para generar nuevas formas. No se trata de ser iconoclasta ni de deconstruir, sino de investigar a dónde se puede llegar aprovechando que no se parte de cero. Como aquellos tebeos ochenteros a los que mira, Copra construye a largo plazo por acumulación, solo que para cuando empezamos, Claremont, Miller, Kirby y todos los demás ya han acumulado toneladas desde las que construir.
Gráficamente seguimos en la misma sintonía, solo que aquí a Kirby y Miller, le podemos sumar otras referencias de lo más variopinto: desde Paul Gulacy a Matt Wagner o Ted Mckeever. Fiffe habla en estos números de algo llamado la «barrera Kirby». Muy a grandes rasgos, se trata de hacer de la limitación virtud y conseguir que los ajustados plazos que se marcó para poder sacar un tebeo mensual dicten las directrices de estilo y deriven en hallazgos que, de tener más tiempo, tal vez nunca habrían surgido. Se trata de no pulir en exceso, no relamer, y dejar que surja la vida casi por puro accidente y los dibujos conserven toda su energía original.
Todo esto resulta en unos acabados que a primera vista, con su pincelada tosca y rugosa y sus estilizaciones anatómicas, pueden descolocar al sector más academicista, pero el resultado es de una energía desbordante y se genera todo un universo gráfico propio donde no es preciso ceñirse al 100% a las reglas de la realidad porque sigue sus propias normas. Jack Kirby jamás dibujó una pistola realista, sino una que funcionaba en su universo gráfico. Del mismo modo, Fiffe nos sumerge en su propio reglamento, con un abanico de posibilidades que estaría completamente vetado en un estilo más realista.
Salvando las distancias con su propia y arrolladora personalidad, lo que planeta podría recordarnos en cierto modo a las propuestas de autores como Paul Grist, Jim Rugg o Alexis Ziritt, que han sabido llevar a historias de perfil más mainstream estéticas de corte más cercano al tradicionalmente llamado cómic alternativo.
Bajo estas condiciones, Fiffe explora en diseños loquísimos, juegos narrativos poco convencionales, experimentos con las formas geométricas y a cada número que pasa se pone un poco más curioso y juguetón. Asimismo, sorprende también que en plena era digital— y más en 2012, cuando salió originalmente Copra—, en el color se haga tan evidente la mano, la textura artesanal, así como una elección de paleta bastante desconcertante y alejada del canon de cómic de superhéroes convencional. Lo curioso es que, de algún modo, pronto queda integrado de manera natural en el resto de su propuesta y otorga a Copra de una personalidad única.
Dado que nos llega un poco fuera de su tiempo, que se trata de una obra muy desconocida en nuestro país y que apunta a tantísimos referentes, se echa en falta en la edición de Moztros un pelín más de contexto, pero, en cualquier caso, por fin parece hacerse justicia a una obra de culto largamente postergada y que verá ahora la luz en cuatro tomos .
Copra es a la vez la fantasía de un chavalín flipado con los superhéroes y la propuesta experimental de un artista, es una celebración del genero pijamero y una búsqueda estética y narrativa, es un cómic que une lo mejor de tradición y modernidad, con un pie en ambos mundos, que se parece a otro montón de tebeos y que, a la vez, es absolutamente inimitable.





