Robert Crumb, padre del cómic underground y del cómic autobiográfico, tiene ahora 82 años y, como buen octogenario, tiene cosas de viejo. Sin embargo, hacerse mayor y supuestamente más sabio muchas veces no es más que darse cuenta de que todo aquello que llamábamos «cosas de viejo» eran verdad, siempre tuvieron razón y no supimos verlo. Que conste que no pretendo posicionarme a favor de las opiniones antivacunas que vierte Crumb en Relatos de la paranoia, pero lo que sí resulta admirable es el modo en que las vierte, sin tratar de convencer a nadie, porque ya a estas alturas le da absolutamente igual y, sobre todo, caminando, como siempre ha hecho, entre la vehemencia, la autocrítica y la ironía.
En su edición original en los USA, Fantagraphics publicitaba Relatos de la paranoia como su primer comic book en 23 años. Salvando la ambigüedad que puede dejar en castellano la traducción de «comic book», la verdad es que resulta bastante extraño, dado que su Génesis es de 2009. En cualquier caso, podemos decir que Crumb llevaba unos años disfrutando de algo parecido a una jubilación, que ha roto muy puntualmente para proyectos especiales y nunca más de un puñado de páginas. De hecho, varias de las historietas de Relatos de la paranoia proceden de estas excepciones.
En cualquier caso, este volumen es un recopilatorio de historias de entre una y 8 páginas, donde la temática común podrían venir a ser esas cosas de viejos que mencionábamos, con la particularidad de que, desde la pandemia de 2020, es como si todo el mundo se hubiera hecho viejo. Crumb reflexiona sobre la posibilidad de su propia paranoia. En un mundo donde es difícil no ver tras el telón los intereses de las grandes compañías y los estamentos profundos de la política, sospechar de todo y poner en cuestión las versiones oficiales resulta de lo más apetecible y puede que hasta lógico, en cierto modo.
De igual forma que ha venido haciendo durante la mayor parte de su carrera, Crumb se dirige directamente al lector y se pregunta hasta dónde es todo una neurosis — particular suya y de todo el mundo— y hasta qué punto existen ciertas conspiranoias. Cierto que Relatos de la paranoia también contiene la historia que realizó junto a Aline Kominsky y que se publicó de manera póstuma o un relato sobre una experiencia con LSD de su juventud, pero el clima general gira en torno a la perspectiva de un hombre anciano, que ve próxima la muerte y vive en un mundo de complots que resulta aterrador. Fijaos si no en la portada, homenaje a los viejos tebeos de la EC, para que nos queden claras sus intenciones.
Insistimos en que, citando Los Simpson, Relatos de la paranoia es un poco «anciano gritando a una nube», pero no se trata de cualquier anciano, sino del mismísimo Robert Crumb. De acuerdo o no con los postulados que nos deja, no hay duda de que tiene la franqueza de quien ya no tiene nada que demostrar, la inteligencia de quien se cuestiona hasta su propias cuestiones y la fina ironía que camina en esa línea entre el convencimiento y la autoparodia, a cuyos lados nunca terminamos de saber dónde ubicar. En ese ambigüo terreno, Crumb también implanta la duda razonables mezclada con barbaridades de lo más delirante, sin discriminar unas de otras. En cualquier caso, también es cierto que este autor nunca fue el colmo de la estabilidad y la mesura ni en tiempos de juventud, pero la perspectiva de la edad lo sitúan en ese extremo al que te empuja el miedo a un mundo terrible y maquinador.
Y es que hay cosas que no cambian y, si lo hacen, no es sino siguiendo la línea ascendente. Es el caso del dibujo de Crumb. Tal vez no parezca demasiado halagüeño decir que no ha perdido mano, pero es que sus estampas de abigarradísimo hatching y un aspecto un tanto turbador que lo han caracterizado son ya para él como respirar. Da la sensación de que no ha habido apenas esfuerzo intelectual consciente a la hora de dibujar Relatos de la paranoia. Parece como si el lápiz y la plumilla fuesen para él un lenguaje tan normal como hablar, que ejerce con exactamente la misma naturalidad y ejercicio de consciencia, a fuerza de llevar toda una vida con las viñetas en la sangre.
Tal vez sea esto lo único que no se cuestiona Crumb en este tomo, lo único que no arroja dudas en un paranoico que pone en tela de juicio su propia paranoia y su propia cordura. Porque, estemos de acuerdo o no con los planteamientos que despliega en Relatos de la paranoia todo forma parte del mismo juego y a buen seguro el artero Crumb quiere que lo cuestionemos a él. ¿O quizá está todo en vuestra cabeza?


