Sin duda, Valentín Ramón es un caso raro en el mundillo del cómic español, un misterio, diría. Aunque Newtopia ya pueda formar parte de esa última deriva como autor donde parece estarse asentando, cuesta ubicarlo casi en cualquiera de las facetas de su vida y obra.
Para empezar, nace en Suiza, pero crece en Barcelona y termina viviendo a medio camino entre la ciudad condal y Londres. Comienza como guionista en los últimos coletazos de las revistas del boom del cómic para adultos en España. Desaparece durante quince años y reaparece como dibujante en la industria USA para hacer D4ve con Ryan Ferrier para IDW. Se reinventa de nuevo como autor completo para firmar Z, bajo el sello West Wind Cómics, que si bien no es técnicamente del todo autoedición, tampoco es que se lleve tanto. A partir de entonces, ha alternado trabajos de dibujante como la secuela de D4ve, El bosque de Dios o Dime tu nombre, con aquellos títulos donde procura guisárselo y comérselo él solito lo máximo posible. Newtopia comienza de hecho como una aventura de autoedición bajo demanda hace un par de años y lo recupera ahora Cartem en una nueva edición con tirada nacional.
Se trata de una obra tan complicada de definir como su autor. Vamos primero con lo más sencillo: Newtopia es una obra de ciencia ficción futurista. Hasta ahí no hay problema. Sin embargo, cuesta dar con una sinopsis, ya que no se trata de una historia al uso, sino de un mosaico de relatos interrelacionados y tal vez pueda llegar a haber un cierto desarrollo argumental común, pero ni siquiera es la intención hacer que las historias vayan desde el punto A al punto B. Se trata de generar un escenario, una atmósfera y sobre todo un conjunto de ideas.
Por tirar de muletas para tratar de ubicar al lector, podríamos decir que Newtopia está en la onda de Black Mirror, Love, Death & Robots o Mr. Robot, pero también V de Vendetta, Metal Hurlant, Hard Boiled, Semillas o incluso Dark Knight Returns. Newtopia habla de un futuro ultraprocesado donde todo es una pequeña conspiración. El cambio climático, la privación de libertad camuflada, la invasión de la privacidad, las desigualdades, la turbomercantilización de absolutamente todo, la tecnología al servicio del capital, la manipulación mediática, la ingeniería social, paranoia, negacionismos, manipulación mediática, corrupción política, adoctrinamientos y, por supuesto la IA serán temas que de uno u otro modo harán acto de presencia en estas páginas. La verdad es que se trata de ideas que a cualquier seguidor de la ciencia ficción le resultarán conocidas y tampoco es que Newtopia sea una obra original a este respecto, puede que ni siquiera en el tratamiento de las mismas. Sin embargo, funcionan porque, desgraciadamente, nunca pasan de moda y son temas que nunca dejan de estar vigentes, puede que cada día más.
Sin duda, Ramón conoce de cerca toda esta serie de lugares comunes de la ciencia ficción y, por más que nos suenen conocidos, sabe articularlos y crear ese clima de incómoda distopía, que no resulta excesivamente distante de nuestro presente. Es difícil, de hecho, tocarlos absolutamente todos y que no quede un batiburrillo ilegible y la solución de no optar por una historia lineal sino ramificada resulta un acierto a este respecto.
En cualquier caso, Newtopia es una obra incómoda. Incómoda por los temas que trata y por cómo los aborda e incluso el modo en que presenta y dosifica la información. No hay nadie concreto con quien identificarse o un protagonista al que engancharse. Si acaso lo hay seríamos nosotros mismos como espectadores pasivos ante una pantalla. Newtopia es además una obra profundamente pesimista, casi misántropa, en la que no se termina de ver un posicionamiento concreto, ya que tiene cera para todos. Esto es uno de sus puntos fuertes, pero también quizá uno de sus defectos. Pese a la ironía y el humor que impregna este cómic, no deja de ser un humor amargo. Como crítica cae en un escepticismo que roza lo cínico y todo queda teñido de un aire de «todo mal» que acaba poniendo cuestiones muy dispares al mismo nivel.
Sin embargo, no creo que sea la intención del autor hacer un estudio crítico, sino resultar deliberadamente incómodo. Tal como está contada, Newtopia nos sitúa en el papel del espectador pasivo al que trata de remover y crear cierta desazón sobre una realidad distópica que nos resulta perversamente cercana. De hecho, probablemente no estar de acuerdo con todo lo que el autor despliega podría considerarse un éxito por su parte, ya que de algún modo provoca la reacción y el pensamiento crítico del lector.
En cuanto al dibujo, he de decir que la portada no le hace justicia. Supongo que la elección de la portada a color responde a motivos comerciales, pero el tratamiento del render no tiene nada que ver con los grises duros de los interiores, que son un componente base de la identidad gráfica de Newtopia. Los grises actúan como distribuidores de los distintos planos, que delimitan esas líneas de aspecto manifiestamente orgánico, sin apenas mancha de negro o jerarquía de grosores, que nos dejan ecos de Geoff Darrow. Las masas de gris anuncian así, al llegar a cada página, una rápida dirección de lectura, un camino narrativo básico entre la madeja de detalles y cachivaches que pueblan los dibujos.
Hay un delicado — casi demasiado— equilibrio entre saturación de información y legibilidad. Parece haber una especie de musicalidad entre todo el ruido de arquitectura, pantallas, objetos, personajes, textos y pequeños detalles que pueblan cada viñeta. Pero es que esto detalles tampoco son arbitrarios y nos describen un mundo abigarrado, saturado de información, estímulos y discursos contradictorios, un mundo ruidoso donde los grises son nuestra guía, pero también el vehículo que nos sumerge en su atmósfera funesta, pesada y desesperanzadora y definen ese escenario donde el componente de humor y la ironía no alivian, sino que despiertan un regusto amargo.
Dibujo y discurso se dan así la mano. Valentín Ramón nos hace partícipes del ruido, de esa información de segundo plano que sabemos que está ahí, aunque nos pueda ocultar sus verdaderas intenciones. Nos invita a navegar en sucesiones de planos repetitivos, en una especie de bucle que nos pierde cada vez más dentro en el laberíntico mosaico de historias en que depende de nosotros encontrar el camino de salida.
Casi todos —o directamente todos— los males que presenta Newtopia estaban ya entre nosotros antes de comenzarse a dibujar y, desgraciadamente, muy probablemente seguirán estándolo incluso cuando el hipotético futuro al que se nos proyecta esté ya obsoleto. Su acierto no está tanto en en la proyección y el desarrollo de nuevos conceptos como en mostrarnos un reflejo no tan deformado de nuestros días hasta dejarlos palpablemente monstruosos
Newtopia es excesiva, dispersa y abrumadoramente descreída hasta lo paranoico, pero tal vez se trata de que nosotros, espectadores, vayamos un poco más allá de la lectura inerte; que caiga en cada uno de nosotros la labor de separar paja y grano y desperezar el pensamiento crítico. De acuerdo que hay una buena cantidad de bilis por parte del autor —que para eso es su obra— pero se trata no tanto de solucionar el futuro sino de espolearnos para que, si no tomamos parte activa para llevar esto a algún lado, cuanto menos le demos alguna vuelta.





