A lo largo de su dilatada carrera, ha cambiado tanto de registro, pivotado y vuelto a cambiar, que uno nunca sabe muy bien qué esperar a la hora de acercarse a una obra de Max. Es muy probable que esto mismo le puede a pasar incluso a su autor, ya que dudo que, cuando comenzó a publicar las primeras tiras de Bardín el superrealista tuviera en mente un libro como este, donde los extras abultan tanto como el material original.
Es más, es posible incluso que Max no sospechara ya siquiera el libro recopilatorio original, que en 2007 ganó el Premio Nacional, en aquel momento cuando comenzaba con esas pequeñas historietas en la revista Nosotros Somos Los Muertos y otras publicaciones. Pero aquí estamos, 30 años después, con más de 80 páginas de material extra, tantas como tenía el volumen original. Y cierto que algo hay de material gráfico suelto, esquemas y otros complementos, pero la inmensa mayoría es justo lo que nos gusta: nuevas historietas.
En breve nos volcamos con el material original, que para eso es que el que ha hecho posible todo lo demás, pero para aquellos que ya conocían esta obra de ediciones anteriores, no está de más añadir que para estas nuevas piezas, Max ha contado con la ayuda de autores amigos como Alex Fito o Paco Roca. En cualquier caso, aunque hay material hecho ex profeso para el libro, la mayor parte del material de este tomo de Bardín el superrealista sigue siendo una colección de piezas dispersa de aquí y allá, de la que también encontraremos un detallado índice.
Ahora sí, Bardín el superrealista, el de hace ya treinta añazos. No parece casualidad que fuese coetánea a El prolongado sueño del sr. T y, si bien el surrealismo ha sido algo ligado a la obra de Max de un modo u otro, tal vez en esta etapa es donde estás inquietudes se encuentran más a flor de piel. Y es que tal vez lo bonito del surrealismo es que lo traga todo. Da igual cuáles sean las cuestiones, zozobras u obsesiones que ronden nuestras meninges porque tenemos a nuestra disposición todas las herramientas de la realidad, la lógica de los sueños, la imaginación espontánea, el inconsciente y lo que sea que nos inventemos por el camino. Así que, si ya el surrealismo nos sitúa por encima de la aburrida realidad, ¡imaginaos el superrealismo!
Ya desde el título Max nos deja una pequeña declaración de intenciones porque ya es en sí mismo un manifiesto y un chiste que le quita hierro al asunto. Nos sitúa en un santiamén en el surrealismo y además ya nos anuncia el estoicismo mundano con el que el bueno de Bardín se va a tomar estas cosas. Bardín es un señor que pasea, que sueña, que conversa y que se toma un coñac en una terraza mientras se enfrenta al sentido de la vida, la muerte, Dios, el arte, el sexo o cualquiera de las grandes cuestiones filosóficas como si tal cosa, de manera no muy distinta a si empeza a llover descubres un padrastro en un dedo.
De algún modo, el surrealismo siempre ha estado presente en la obra de Max, pero especialmente en esta época concreta de su carrera artística. De modo más o menos explícito encontramos en estas páginas referencias a Buñuel, Dalí o Magritte, pero ni los formatos ni la manera de afrontar los códigos del surrealismo son los mismos para el sr. T y para Bardín.
Y así en tiras de diversas extensiones y formatos, sin excesivo orden ni concierto, continúa su paseo y le van saliendo al camino las preguntas que han obsesionado durante siglos a filósofos y poetas y que Max nos predispone a encajar con humor, ya que no hay frontera entre lo cotidiano y lo metafísico. El padrastro y Dios vienen a ser lo mismo.
Dado que se trata de una obra conmemorativa, se entiende el formato tomo pero la tira dispersa es el formato connatural a Bardín. No solo porque fuera el modo en que se iba publicando aquí y allá originalmente, sino porque cada historieta suelta parece pedir un tiempo al terminar para poder rumiarla. Incluso con todo el hierro que se le quita con uso del humor que pone la nota dominante, cada historia de Bardín nos deja con una sonrisa, pero también con un semilla que no puede evitar germinar en nuestras cabezas. Muchas veces no son más que pensamientos sueltos y deliberadamente ambiguos, tan sugestivos o anecdóticamente absurdos como quiera el lector, pero se resisten a irse.
Quizá entonces leerlo de un tirón impida a cada tira el espacio de esparcimiento que merece en nuestras cavidades craneales, pero favorece a cambio la visión de conjunto, el montaje de los running gags, la creación de un lenguaje y universo propio con personajes, estructuras y temas recurrentes , así como los juegos con el cambio de sentido de construcciones que ya se nos han presentado antes. La lectura en tomo nos deja ver Bardín el superrealista como ese cajón de arena con más herramientas para que Max juegue de las que brinda la sobria realidad.
Y es que para cuando Max llega a Bardín ya tiene un cuarto de siglo de historietas a sus espaldas y parece querer abrir nuevos caminos. Permanecen de algún modo los referentes clásicos de Crumb o Chaland, pero aparecen otros de dentro y fuera de las viñetas. A algunos de ellos hay incluso guiños directos en estas páginas como son el caso de George Herriman, Moebius o los citados Buñuel o Magritte. Hay otros muchos, sin embargo, y costaría vislumbrar cuales son influencias y cuales fruto de caminos comunes, como podría ser el caso de Woody Allen o Berlanga.
Max decide sintetizar líneas, formas, rejillas y colores más allá incluso de esa síntesis de línea clara de la que ya provenía para que cada trazo concentre más significado, para que cada escena o secuencia se complete y madure en la mente del lector. Se trata de generar sensaciones y mensajes con el mínimo aprovechando esa magia colaborativa con el lector que el cómic maneja por encima de cualquier otra de las otras artes visuales.
El surrealismo, las pequeñas píldoras de poema o ensayo gráfico o esas historias de cobertura minimalista son las herramientas perfectas para este fin, ya que se dejan resonar tanto entre viñeta y viñeta como al finalizar. Pero no olvidemos que esto sigue siendo un juego. El propio descubrimiento de sí mismo como artista al que Max nos deja acompañarlo tiene que ser divertido, como si quisiera que veamos que lo está disfrutando, que no es un gran conflicto, sino un juego y que tiene un cajón lleno de juguetes: la lógica del sueño, la tradición de la tira de prensa, el chiste visual o incluso los diagramas, todo vale. El cómic es precisamente esa herramienta tan superrealista como Bardín, que cuenta con todos los elementos de la realidad y otro buen puñado por encima de ella.
Tal vez por eso Bardín no está sujeto a limitaciones y, por más que Max cuente ya 70 años, este libro no tiene por qué ser su final. No lo fue el libro de 2007 y Bardín siguió creciendo en otras publicaciones y carteles aquí y allá, que se recogen en la segunda y tercera parte de esta edición. Incluso hay piezas hechas exprofeso para esta edición de trigésimo aniversario. Bardín no murió entonces y no tiene por qué hacerlo ahora. ¿Quién sabe? Ojalá dentro de 20 años nos sorprenda con una edición de 50 aniversario con otras tantas nuevas historias.





