Por fin tenemos de vuelta nuestro Juego de Tronos mongol, nuestra telenovela de las estepas.
Porque si algo tiene Jaadugar: Una bruja en Mongolia es que aquí hay de todo: alianzas, traiciones, matrimonios de conveniencia, muertes sospechosas y luchas por el poder. Vamos, que no tiene nada que envidiar a cualquier culebrón palaciego. Solo cambian los castillos por las yurtas y los dragones por las hordas mongolas.
Tomato Soup y Panini Manga nos traen el cuarto volumen de esta historia, en el que las intrigas políticas vuelven a estar a la orden del día. Y, por supuesto, Fátima sigue metida en todos los fregados.
A caballo entre las estepas
Mientras Fátima continúa su búsqueda de Töregene, termina conociendo a su primogénito, Guyuk. Y, como en esta historia parece que nadie puede mantener una conversación sin que haya algún interés político de por medio, pronto aparece una propuesta matrimonial: quieren que Guyuk se case con Sorqagtani.
Será la propia Fátima quien le que comunicarle la noticia a Sorqagtani, pero lo que encuentra al llegar no es precisamente a la mujer que esperaba.
Tras la muerte de Tolui, la orgullosa e inteligente Soqagtani parece haberse quedado sin fuerzas, consumida por la tristeza y por la pérdida de quien fue su marido.
Y a Fátima no le hace ninguna gracia.
Así que, en lugar de limitarse a transmitir el mensaje y marcharse, consigue que su rabia termine alentando a Sorqagtani.

Mientras tanto, Fátima y Töregene vuelven a encontrarse. Pero su reencuentro no pasa desapercibido.
Ogodéi las descubre y, lejos de limitarse a intervenir para separarlas, le plantea a Fátima una apuesta: construirá un lugar en el que ambas puedan ser felices.
Con Töregene de nuevo en escena, Fátima no parece dispuesta a quedarse de brazos cruzados. Porque si algo hemos aprendido a estas alturas es que cuando estas mujeres empiezan a pensar juntas, lo más prudente es apartarse un poco y observar qué ocurre.

Moviendo los hilos
Uno de los aspectos más interesantes de Jaadugar: Una bruja en Mongolia es la forma en la que construye a sus personajes femeninos.
En un mundo en el que el poder parece estar reservado a los hombres, ellas encuentran sus propias maneras de influir en lo que ocurre.
Sorqagtani es una mujer inteligente, ambiciosa y con una enorme capacidad para comprender el mundo que la rodea. Sin embargo, la pérdida de su marido la enfrenta a una situación en la que la tristeza amenaza con apagar toda esa determinación.
Y es precisamente ahí donde Fátima vuelve a desempeñar un papel fundamental.
Su reencuentro resulta especialmente significativo porque Fátima reconoce en ella una desesperación que conoce demasiado bien. Y, en lugar de limitarse a observar cómo se hunde, consigue darle un motivo para volver a levantarse.
Por otro lado, tenemos a Ogodéi.
A diferencia de lo que podríamos esperar de un gobernante que ha heredado uno de los mayores imperios de la historia, no responde exactamente al arquetipo de conquistador implacable. Tiene una personalidad bastante más cercana y despreocupada de lo que cabría imaginar.
Pero no conviene confundir esa apariencia con debilidad. Ogodéi sabe perfectamente qué posición ocupa, conoce los intereses de quienes le rodean y parece tener bastante más información de la que deja entrever.
Y eso es precisamente lo que hace que su encuentro con Fátima resulte tan interesante.
No estamos ante un gobernante al que nuestra protagonista pueda engañar fácilmente, sino ante alguien que también está jugando su propia partida.

Entre yurtas y expresiones
Si hay algo que sigue destacando en el apartado artístico es la personalidad del dibujo de Tomato Soup.
Su estilo puede parecer sencillo a primera vista, pero tiene una capacidad expresiva enorme. Los personajes cuentan con unos rasgos muy particulares, capaces de transmitir emociones y matices con apenas un cambio en la mirada.
Otro detalle que llama la atención es la forma en la que la autora representa los recuerdos y los saltos al pasado. Nada de las típicas páginas negras para indicarnos que estamos ante un flashback: Tomato Soup recurre a viñetas con líneas discontinuas, un recurso visual sencillo y bastante distintivo que permite diferenciar esos momentos del presente sin romper el ritmo de lectura.
Y qué decir de los escenarios, los ropajes y la arquitectura. Todo está pensado para que nos sintamos en plena estepa mongola, aunque estemos leyendo cómodamente en el sofá.
Por último, merece la pena detenerse en la composición de las páginas. Tomato Soup sabe sacar partido a las conversaciones y a los pequeños gestos, alternando planos y expresiones para que las escenas no se conviertan en una sucesión de personajes hablando.
Panini también conquista las estepas
Panini Manga mantiene para este cuarto volumen el formato de los anteriores. Una edición de buen tamaño que permite disfrutar de la composición de las páginas y de los detalles del dibujo de Tomato Soup.
En cuanto a la presentación, habrá que seguir vigilando esa particular relación de los lomos de la colección con las leyes de la geometría.
Después de los pequeños desniveles que encontramos en los primeros volúmenes, estaría bien que los cuatro tomos consiguieran alinearse de una vez.
A este paso vamos a necesitar una escuadra y un cartabón para colocar la colección.

Y ahora que el anime ha llegado a su fin, si os habéis quedado con ganas de más, no os preocupéis: la historia continúa en el manga. ¡Todavía queda mucha estepa por recorrer!


