Si los dos primeros tomos de Jaadugar: una bruja en Mongolia nos han enseñado algo, es que en el Imperio mongol el conocimiento puede ser tan peligroso como cualquier arma.
Y Fátima lo sabe mejor que nadie.
Jaadugar llega a su tercer volumen dispuesto a recordarnos que una cosa es aprender a sobrevivir entre intrigas y otra muy distinta empezar a tomar partido en ellas.
Una muerte que lo cambia todo
En este tercer volumen, el Imperio mongol sigue conquistando territorios. Y la casa Tolui no para de obtener poder militar y conocimiento, en detrimento de la casa del Gran Kagan Ogodéi.
No obstante, un día, la repentina muerte de Tolui hace saltar por los aires el delicado equilibrio de poder dentro del Imperio mongol.
En medio de este nuevo escenario, la primera emperatriz, Boraqchin, hace una propuesta a Fátima que resulta difícil de rechazar. Le ofrece utilizar su sabiduría para trabajar juntas y contribuir a construir el futuro del imperio.
Pero claro, esto es Jaadugar.
Fátima no tarda demasiado en sospechar que algo no encaja y se apresura a rescatar a Toregene, que ha sido arrestada bajo sospecha de envenenar al Gran Kagan Ogodéi.
Y aquí seguimos con esta mezcla de historia, política, intrigas y personajes que parecen jugar una partida de ajedrez en la que Fátima empieza a descubrir que quizá ella también puede mover alguna pieza.
Parece que el Imperio mongol no sabe estar tranquilo…

Aprendiendo a jugar con fuego
Si en los primeros tomos acompañábamos a Fátima mientras intentaba adaptarse a una situación completamente nueva, en este tercer volumen se nota especialmente cuánto ha cambiado.
Ahora conoce (o cree conocer) mejor las reglas del juego.
Y, sobre todo, empieza a comprender que su conocimiento puede convertirla en alguien mucho más importante de lo que podría parecer a simple vista.
La propuesta de Boraqchin resulta especialmente interesante por eso: Fátima tiene ante ella la posibilidad de utilizar su sabiduría para influir directamente en el futuro del imperio.
¿Quién no querría pasar de ser una pieza del tablero a tener la oportunidad de decidir dónde se colocan las demás?
Lo que más me gusta de la evolución de Fátima es que no se vuelve de repente una especie de estratega infalible que tiene controlada hasta la última variable. Sigue teniendo dudas, sigue estando en una posición complicada y sigue necesitando aprender.
Quién mueve los hilos
Boraqchin, que cada vez me da más la sensación de que es la verdadera jaadugar de la historia.
No porque tenga poderes mágicos, sino porque tiene algo que puede resultar bastante más peligroso: capacidad para manipular a quienes la rodean.
La primera emperatriz tiene una presencia que impone y, cuanto más conocemos al personaje, más cuesta creer que sus movimientos sean casuales. Parece una mujer que siempre tiene varios movimientos pensados de antemano y que sabe perfectamente qué quiere conseguir.
Puede que asociáramos a Fátima con esa “bruja” capaz de utilizar sus conocimientos para desenvolverse en un mundo que no conoce. Pero ¿y si tal vez se refiere a Boraqchin?
Por otro lado, tenemos a Möge. Uno de los mejores contrapuntos para Boraqchin.
Porque si ella analiza, observa y piensa antes de mover ficha, Möge parece haber decidido que eso de pensar demasiado está sobrevalorado.
Es una cabeza hueca.
Möge no tiene la capacidad de cálculo político de otros personajes que lo rodean, ni parece ser especialmente consciente de las consecuencias que pueden tener sus acciones. Sin embargo, su bondad hace que termine interviniendo en la trama y provocando cambios importantes casi sin darse cuenta.
Puede que no sea el personaje más listo de la sala, pero tampoco necesita serlo para tener importancia en la historia.

Entre líneas y sombras
Uno de los puntos fuertes de Jaadugar sigue siendo el dibujo de Tomato Soup, que mantiene ese estilo tan particular que combina personajes de rasgos muy expresivos con una ambientación repleta de detalles.
Y en un tomo como este, donde las intrigas políticas tienen tanto peso, las expresiones vuelven a ser especialmente importantes. Aquí muchas veces no hace falta que un personaje diga demasiado para que sepamos que algo está pasando. Una mirada, un gesto o una expresión pueden decir bastante más que un párrafo entero de explicaciones.
Y sí, seguimos teniendo esos rostros de Tomato Soup que pueden pasar de la solemnidad absoluta a una expresión que parece decir “¿pero tú eres tonto o qué?” en cuestión de segundos.
Y sinceramente, que una obra histórica pueda hacer eso sin cargarse su ambientación tiene bastante mérito.

Seguimos cabalgando
Panini Manga continúa publicando Jaadugar: Una bruja en Mongolia en un formato que permite disfrutar bastante bien del dibujo de Tomato Soup.
La edición mantiene la línea de los tomos anteriores, con una presentación cuidada y una buena reproducción del dibujo.
Y después de tres volúmenes ya podemos decir que la colección empieza a tener ese aspecto de serie que da gusto ver junta en la estantería. O eso me gustaría decir.
¿Os acordáis de que os dije que el segundo tomo quedaba unos milímetros más alto que el primero al ponerlos juntos y eso hacía que el lomo quedara desnivelado? Bien, pues el tercer tomo mide lo mismo que el segundo, pero esta vez el lomo queda alineado con el del primero…
Porque, aparentemente, en Panini también se juega al Tetris con los lomos.

El tercer tomo de Jaadugar: una bruja en Mongolia demuestra, una vez más, que aquí no hacen falta grandes batallas: una conversación, una sospecha o una mala decisión pueden ser mucho más peligrosas.
Así que sí: después de tres tomos, sigo dentro.
Y viendo cómo está quedando el tablero, me temo que aquí todavía queda mucha partida.


