Parece que fue ayer cuando daba la impresión de que la plataforma de newsletters Substack se iba a comer el mundo en plena pandemia. Muchísimos autores de renombre como Donny Cates, Jonathan Hickman o Jeff Lemire aterrizaron (a golpe de talonario) en su vasto imperio digital. Hoy, un lustro más tarde, casi nadie se acuerda de aquel movimiento que prometía revolucionar la industria. Es más, todos los proyectos de renombre han terminado saliendo en papel, formato que se resiste a morir. De esta forma, ahora nos llega Espectadores, una novela gráfica de más de 300 páginas en la que el equipo de Los leones de Bagdad vuelve a unir sus fuerzas.

El guionista de Saga o Paper Girls ha parido para la ocasión un proyecto muy especial. Absurdo para algunos, imprescindible para otros. Lo que es seguro es que Espectadores es un tebeo que no va a dejar indiferente a nadie por su particular mezcla de ciencia ficción, reflexión humanista y costumbrismo. La premisa es muy sencilla. Un buen día, Val, la protagonista, está esperando a su cita en el cine. Su ligue la deja tirada y ella, un tanto asqueada, procede a sacar el móvil para ver porno (mostrado de forma explícita y sin ningún tipo de censura). Con esto, Vaughan ya consigue llamar nuestra atención (el sexo siempre vende). Sin embargo, este no es el mayor golpe de efecto, porque dos páginas más tarde un psicópata entra en la sala disparando a bocajarro con un arna automática con la que asesina a todos los presentes.
De esta forma se establece una curiosa conexión entre la vida (que se engendra gracias al sexo) y la muerte. Lejos de conformarse con eso, el título de la obra hace referencia a que algunas personas quedan atrapadas en nuestro plano de existencia tras su muerte, convirtiéndose así en espectadores de la vida de los demás. A partir de este momento, como si de una versión retorcida de Ghost se tratase, Val deambulará por el mundo durante décadas buscando la siguiente vida que espiar como si fuera una serie de televisión.

Este pretexto le sirve a Vaughan para disertar sobre la violencia y el sexo, dos temas que causan tapujos, fascinación y morbosidad en casi todo el mundo. Para explicar mejor este punto, me gustaría hacer referencia a Tesis, la ópera prima de Alejandro Amenábar.
En esta gran película, que acaba de cumplir 30 años, hay una escena en la que un noticiario avisa del contenido cruento de las imágenes que van a emitir y que estas podrían herir la sensibilidad del, ejem, espectador. Pues bien, todos los actores en escena estaban embobados mirando a la tele, deseando ver las prometidas imágenes escabrosas. Esto define a la perfección la intencionalidad del autor para con su obra, con la que pretende transgredir o provocar. No voy a revelar cuál es el McGuffin que sirve al creador de Runaways de catalizador para que Val emprenda su particular road movie. Baste decir que es consecuente con la necesidad humana de satisfacer su picaresca curiosidad.
Esta travesía se verá salpicada de fantasmas de todo tipo y condición, de todas las épocas imaginables, que pasan las eras como mejor pueden. A título personal, me posiciono entre los defensores acérrimos de Espectadores. Estamos ante una obra amena, interesante e intrigante por momentos, salpicada con las habituales referencias a la cultura pop que tanto le gustan al autor (de hecho, hay una popular película de robots de los ochenta que ve trasladadas muchas de sus escenas al papel de manera casi literal) y el tono culebronesco marca de la casa.
Dicho esto, no creo que estemos ante el delirio del pajillero adolescente que todos llevamos dentro como he leído por ahí. Creo que la disertación con respecto a estos temas está hecha con cabeza, corazón y sentido. Por momentos puede ser exagerada, caótica, o absurda, pero decidme, ¿acaso la vida de cualquiera de nosotros no pasa por esas fases alguna vez? Si alguien se libra, que tire la primera piedra.

Vaughan también reflexiona sobre la futilidad de la vida haciendo hincapié en que lo verdaderamente importante es aquello que decide cada uno. Un deseo irrefenable por esto o aquello que perfectamente puede escapar a las convenciones sociales o a lo políticamente correcto.
Para colmo, el dibujo de NiKo Henrichon es bonito a rabiar. El artista se encarga también de dar color manual a la obra, lo que resulta palpable en la calidad de los tonos. También es un narrador consumado, capaz de hacer dinámicas las escenas en las que los protas de Espectadores simplemente se dedican a andar (o flotar) y hablar.
Brian K. Vaughan es uno de esos autores que siempre cumplen con nota. Espectadores no es menos y lo recomieno a todos aquellos que quiera ver una faceta diferente de este gran escritor.


