La industria del tebeo en España es lo que es e incluso todo un Premio Nacional como Paco Sordo se tiene que buscar las lentejas allende nuestras fronteras. El bosque de Oreka no es la primera obra de Sordo para el mercado francés ni tampoco su primera obra dedicada al público infantil- juvenil. Durante los últimos cinco años ha venido desarrollando Niko, para la editorial Bayard —publicada por KomiKids en España—, una serie bastante loca de humor, pero más orientada en la sucesión de historias cortas. Con El bosque de Oreka vuelve al formato de historia larga, aunque sin abandonar a la chavalería, y esta vez de la mano de Dupuis en Francia y Astiberri en España.
El bosque de Oreka nos presenta a Hannah una niña de ciudad, aparentemente de los más normal, que está apunto de vivir el verano más loco de su vida. Pasará las vacaciones con su abuelo, que vive en una casa en medio del bosque, pero no exactamente cualquier bosque sino uno donde todo lo mágico es lo más normal del mundo. Animales parlantes, gnomos, árboles ambulantes, cerdos vegetarianos, caracoles vampiro o hasta patos gymbros. No es que pueda pasar de todo en El bosque de Oreka, es que pasa y probablemente varias veces al día.
Pero al espiritu del bosque no parece hacerle demasiada gracia la intrusión de una niña del mundo de los humanos y decide poner la vida de Hannah y su abuelo patas arriba, así que decidirán ir a buscar a este espíritu para pedir explicaciones como una especie de versión disparatada del Mago de Oz.
Y más allá de similitudes, el mencionar un cuento clásico pretende servirme de apoyo para intentar explicar lo que parece tratar de hacer Paco Sordo con este cómic. El bosque de Oreka participa de todas las convenciones de los cuentos de toda la vida, de la fantasía que todos conocemos, incluso los más peques, y los utiliza como trampolín para coger impulso y darles una vuelta de tuerca. No se trata tanto de elaborar un ejercicio revisionista, autoconsciente o posmoderno, sino simplemente de jugar con los códigos por puro gozo, porque puede hacerlo y es divertido. Una gran ventaja de los cuentos es que lo admiten prácticamente todo, así que ¿por qué no pasárselo bien?
Se trata de tomar de partida un poco de lo de siempre, precisamente porque siempre ha funcionado con niños de todas las épocas. Es más, incluso es muy posible que para algunos lectores, El bosque de Oreka sea su primer contacto con todas estos lugares comunes. Pero también se trata de probar algo nuevo porque es fresco y divertido, porque podría funcionar y simplemente porque es posible.
Paco Sordo es además uno de esos autores que de verdad se ajusta a la calificación de «para todos los públicos» y leer El bosque de Oreka asegura un buen rato a grandes y pequeños. De algún modo, parecen estar representados los dos grandes tipos de lectores de esta obra en dos personajes. Por un lado está el abuelo de Hannah, curtido y acostumbrado a los fantástico como algo normal, como «lo de siempre», pero por otro lado está Hannah, que descubre todo esto por primera vez, un escenario que, por mucho que estuviera ahí desde siempre, se abre como un mundo nuevo, fascinante y hasta a veces aterradoramente abrumador. La pobre Hannah se pasa la mitad del tebeo gritando y corriendo como una loca, pero sigue adelante porque la curiosidad es más poderosa en los niños que cualquier otra cosa.
Hay una cosa que sí es muy distinta a la idea convencional de los cuentos clásicos y que sí podría ser que en este tenga una intención más allá del puro recreo. El bosque de Oreka es un cuento sin buenos y malos absolutos, sin maniqueísmo. Incluso cuando cuando asuman el papel antagonista, todos los personajes tienen una motivación comprensible, sin dulcificaciones ni victimizaciones, solo porque las cosas son así y, a veces, las cosas no son sencillas
Como no podía ser de otro modo, claro que El bosque de Oreka tiene algo parecido a una moraleja, aunque siempre sin caer en la condescendencia porque, recordemos, hemos venido a divertirnos. Respetar la naturaleza, esperar a juzgar más allá de la primera impresión, aceptar las diferencias… todo esto y mucho más está en estas páginas, pero también toneladas de humor, personajes carismáticos, aventura o hasta un puntito de videojuego de plataformas y todo esto gracias a que Paco Sordo es un comunicador extraordinario.
No se trata tanto de sus palabras como de sus dibujos, de la expresividad de sus personajes, del color y la composición. No es solo que su estilo sea bonito y amable, que lo es, sino de la cantidad de detalles que alberga dibujo en el que no parece haber detalles, el modo en que sintetiza para ir al grano y llegar directo con lo que cada escena tiene que comunicar. Hay toda una ciencia en su sencillez.
El bosque de Oreka reúne dos tomos franceses y casi podríamos decir que se queda en un falso fin. En realidad, no nos deja un «continuará», pero sabemos que esto seguirá adelante porque hay montones de cabos sueltos de los que tirar y piden a gritos que lo hagamos. Así que, con toda probabilidad, tendremos más en un tiempo de esta historia donde lo extraordinario es ordinario, esta historia con la que seguro que los peques se lo van a pasar como enanos… y yo también.





