Con la publicación de la entrega número diecisiete de la fastuosa Biblioteca Marvel de Spiderman, la colección primigenia del arácnido llega por fin a la década de los setenta. Lo hace siendo una de las series más sólidas de cuanto publicaba la Casa de las Ideas por aquel entonces.
El título se encontraba en tal punto de madurez que el hecho de que Stan Lee se dedicase a contar historias sencillas, netamente superheroicas, tras la finalización de la mítica saga de la tablilla no le restó ni un ápice de calidad al Asombroso Spiderman. Todo lo contrario, demostró el enorme potencial de un personaje que lo mismo servía para salvar al mundo que para evitar que una ancianita fuera atropellada por un conductor temerario.

Sin llegar a caer en un punto excesivamente naif, el costumbrismo pop que envolvía tanto a Peter como a su alter ego se convirtió en la clave del éxito de la cabecera. Ya sea con la presencia de nuevas amenazas (luego hablaremos de ellas) o por el regreso de enemigos ya conocidos. Al final lo que importaba no eran las peleas de tipos con poderes (que todos sabemos cómo terminan en nueve de cada diez ocasiones). Lo que reunía a miles de lectores cada mes era el drama, la angustia vital de un protagonista que no llegaba a final de mes, que tenía a una tía al borde de la muerte cada quince días y que siempre se las apañaba para fallarle a la chica de sus sueños.
Este lado más personal, más de a “pie de calle” es el punto fuerte de Spidey. Una faceta humana de los personajes que está especialmente bien explotada en los capítulos contenidos en este tomo. La forma en que se reflejan los celos infundados de Peter con respecto a Gwen me parece natural y realista, máxime si tenemos en cuenta quién es el tercer elemento del improvisado triángulo que se monta en estas páginas.

También me ha gustado mucho la manera en que el trepamuros demuestra empatía y madurez cuando se topa con el Merodeador. El pobre Hobbie Brown tan solo es un adolescente que no encuentra su lugar en un mundo que le discrimina (no solo por el color de su piel). Y hablando de prejuicios raciales, me ha parecido bestial como J.J. Jameson demuestra que bajo su amarillista piel hay un tipo con principios al que no le guste que se machaque al eslabón más débil de la cadena.
Una vez enunciadas las alabanzas oportunas, pasemos a los aspectos más ligeros y lúdicos de esta entrega. Un volumen que abre con una pelea a tres bandas entre Spider-Man, el Lagarto y la Antorcha Humana. También habrá escaramuzas con los debutantes Canguro y el mencionado Merodeador y el regreso del Camaleón y Electro. La mayoría de estos enfrentamientos tienen un denominador común que los eleva por encima de la media de casi cualquier tebeo de superhéroes que se estuviera publicando en Estados Unidos en aquel momento. Me estoy refiriendo, como no, al explosivo dibujo de John Buscema, que se encarga de ilustrar todos los números menos uno.

Big John Buscema, como le llamaban, estaba en un momento dulce de su carrera (aunque casi toda su trayectoria ha sido así realmente). El dibujante se marca unas páginas que quitan el aliento con grandes viñetas y una narrativa superlativa. Supone todo un placer para los sentidos apreciar la naturalidad y gracilidad con la que se mueve el lanzarredes, así como las coreografías perfectamente planificadas, tanto, que parece un ballet de tollinas.
Dicho esto, creo que mi postura ha quedado bastante clara: no son necesarios fuegos de artificio para alcanzar la grandeza. Basta con tener un personaje con un gran potencial y un nutrido grupo de secundarios en los que apoyarse. De verdad, que ganas de seguir leyendo estas aventuras clásicas de uno de mis personajes preferidos.
Como siempre, el apartado de extras va muy bien nutrido con los correos de los lectores originales (que me leo de cabo a rabo), reproducción de los lápices de algunas páginas interiores y portadas o la sección “La Era Marvel”, escrita por Lidia Castillo.


