Por fortuna, cada vez se cae menos en el error de asimilar el cómic europeo al mercado francobelga. Y de acuerdo que podíamos considerar el tebeo español como un mundo aparte, pero hace tiempo ya que a nadie se le ocurre obviar al titánico fumetto italiano y cada vez son más las voces de otros países, no ya refiriéndonos sólo a la nacionalidad de sus autores sino al propio mercado editorial.
Alemania lleva ya unos años ganando potencia con la obra de autores como Mikael Ross, Josephine Mark, Reinhard Kleist o Barbara Yelin, amén del ya clásico Ralf König. Desde Países Bajos nos brinda sus obras Erik Kriek y desde República Checa nos llegaba más recientemente Calva. Es el turno de viajar a Suecia de la mano de Una ranita en otoño (y mucho más…) y su autora Linnea Sterte.
Una ranita en otoño llega a España de la mano de Errata Naturae, pero procedente de Peow Studio, una iniciativa artística y editorial sueca nacida en 2012, puesta en semiletargo en 2021 y resucitada recientemente como Peow2. Esta es la segunda obra de su autora en llegar por nuestros lares tras in-Hummus, que fue nominada a los premios Eisner de 2018. Una ranita en otoño también viene con galardones debajo del brazo y repite en las nominaciones a los Eisner, pero esta vez también nos vamos al este lado del charco con el Premio Revelación del Festival de Angoulême en 2023.
Un primer vistazo de refilón a Una ranita en otoño daría para enzarzarse en el viejo debate cómic-cuento ilustrado y tal vez podríamos sacar tantas razones en un sentido como en otro, pero dudo que dicha disyuntiva le interese lo más mínimo a la obra. Nadie duda —y menos en este web— del valor del cómic como medio autónomo, que se basta y se sobra para lo que le dé la gana, pero esto no implica que, si se quiere y con un buen planteamiento, el cómic no pueda ser parte de otra cosa en conjunción con más elementos.
Así, esta obra es en parte cómic, en parte cuento ilustrado, en parte haiku, en parte oriente y en parte occidente… de todo un poco con el único objetivo común de brindarnos una historia y una experiencia lectora determinadas.
Nos vamos así al final del primer otoño de una joven rana que no conoce otra cosa que la casa de la rana grande, donde recolecta calabazas para eso que llaman invierno. La historia comenzará cuando conozca a dos sapos vagabundos que buscan las tierras tropicales y decide hacer el petate en una travesía de aprendizaje con ellos.
Una ranita en otoño es en parte viaje del héroe y en parte coming of age, pero sobre todo es un viaje de descubrimiento del mundo; tanto el mundo exterior, como la propia realidad de su vida. Es el periplo de nuestra protagonista comunicándose con su propia realidad y con la que le rodea y anhela conocer, compartiendo distintas visiones del mundo mientras persigue un sueño imposible huyendo del invierno.
Como en todo buen relato de viaje, el paisaje y la experiences cambian al viajero y, hasta cierto punto, su propio punto de vista en maduración nos cambia el paisaje a nosotros, los lectores. Este es un relato donde desandar los pasos también es aprender y recorrer lo ya andado sigue lleno de descubrimientos.
El paisaje, los animales y plantas antropomorfizados que lo pueblan son el eje central de Una ranita en otoño y pone todo el empeño en que lo sepamos, en que nos tomemos nuestro tiempo para recrearnos en la belleza serena de cuanto nos rodea, en que dejemos flotar los elementos en su inmensos fondos blancos y nos dejemos impregnar de su poesía.
Es cierto que no hay viñetas en esta obra, pero precisamente es porque los dibujos necesitan de toda la página para prolongarse en alguna parte de nuestras consciencia más allá del propio tiempo de lectura. No hay viñetas, pero hay secuencias, hay diálogo directo en bocadillos y en narración en off, silencios, elipsis, historias anidadas y todo tipo de recursos usados con equilibrio y aplomo donde la experiencia de lectura es tanto o más importante que la propia trama de la historia.
Se trata de construir una atmósfera con Una ranita en otoño, un ambiente ideal donde esta historia es una fábula de subtexto universal. Y si para ello tienen que bailar un tema de Elvis Presley, en una historia de claros ecos y sensibilidad orientales, lo harán.
Sin moralinas ni reclamos baratos, Linnea Sterte nos deja una historia apta para grandes y pequeños de una belleza cautivadora y, al menos en mi caso, una inmensa paz mental.





