El buen terror, como la buena ciencia ficción o incluso los buenos superhéroes casi siempre hablan de algo más de lo que nos cuentan en primer plano. Normalmente hablan de temas mucho más mundanos y cercanos, pero también complejos, motivo por el cual es más sencillo y efectivo abordarlos a través del componente fantástico y la metáfora. Un ejemplo perfecto de todo esto lo tenemos en Una invitada en casa, de E.M. Carrol.
Conocemos ya a E.M. Carrol desde que en 2015 nos llegara Cruzando el bosque, su debut como creadora integral en obras largas, que le valdría un premio Eisner. Antes de esto se había dejado ver aquí y allá en antologías y obras compartidas puntuales, pero desde entonces, a excepción de Cuéntalo, parece haberse centrado en su carrera en solitario y en el género de terror en particular.
Una invitada en casa es una historia de horror gótico con todos sus ingredientes característicos, una historia de fantasmas que toma algunos de los aspectos esenciales de los espectros para hacerlos trabajar en su metáfora. De todos modos, es imposible no pensar en Rebeca, la novela de de Daphne du Maurier que inmortalizara Hitchcock en el cine, al hablar del argumento de Una invitada en casa. Nuestra protagonista, Abby, se ha mudado hace poco a una casa a la orilla de un lago junto a su reciente marido y la hija que este tuvo de un matrimonio anterior. Abby es una mujer gris, con una autoestima ínfima que trata de verse realizada a través de complacer a David como buena ama de casa y de ganarse a Crystal. Pero algo habita en la casa que puede cambiarlo todo o tal vez no.
Habrá fantasmas, montones de escenas nocturnas y un siniestro lago, pero lo verdaderamente terrorífico está en el interior de los personajes. Abby ha elegido una vida profundamente insatisfactoria como refugio desesperado ante sus propios miedos, inseguridades, falta de autoestima y tal vez alguna cosa más que se nos irá mostrando poco a poco. Pese a las similitudes argumentales, el punto donde más se distancian Rebeca y Una invitada en casa es el origen de la tensión y es que no procede tanto que quienes la rodean como del interior de la protagonista y eso el motor que Carroll utiliza para convertir una historia de suspense en una historia de terror.
Desde el primer momento se nos hace partícipes de su angustia y nos meten dentro de su cabeza. La vida en general es muchas veces terrorífica de un modo u otro para todos, más que cualquier monstruo y quien más quien menos tiene sus fantasmas. Carroll se las ingenia para ponernos en la piel de una mujer con la que probablemente muchos no tengamos nada que ver y sabe jugar con eso para lograr nuestra implicación y, con ella, generar esa anticipación, que es la madre del horror en los tebeos.
Además, los diálogos y narración en off siempre parecen tener tras de sí un enigma más allá de lo que nos dicen y nos dejan rumiando cada frase, haciendo el misterio más grande en nuestras cabezas y acrecentando, por anticipación, la incertidumbre y la angustia que transpira este tebeo.
Uno de los mayores talentos de Carroll es ser muy consciente del medio en el que está trabajando y de las posibilidades únicas que ofrece. Hay quien dice que, por la falta del control del tiempo, los sustos o la música, el terror en el cómic es un género más pobre que en el cine, pero de vez en cuando llega alguien como Carroll a demostrar lo equivocada que está esa afirmación. Precisamente el cómic permite mezclar realidad, ensoñación, metáfora y elemento sobrenatural sin que sepamos nunca del todo cuándo es cada cosa o incluso permitiendo que sea todas ellas a la vez. Probablemente se puede llegar a este tipo de recursos en otros medios, pero sin la orgánica naturalidad y simpleza con la que surge en viñetas.
Los fantasmas de Una invitada en casa son un símbolo, una proyección, pero a la vez tan reales como cualquier otro personaje dentro de la historia. No se trata de saber si existen o están solo en la cabeza de Abby porque Carroll ha encontrado la manera de que no haya que elegir, de que significante y significado resulten igualmente terroríficos.
Carroll hace gala de un dominio del lenguaje y un atrevimiento poco habitual en alguien que apenas llevaba diez años dibujando tebeos. No duda en romper la página hasta que las rejillas habituales casi se convierten en la excepción y, cuando las hace parecer resultan casi perturbadoras, agobiantes, mientras que el resto de la narración queda en esa fina línea entre la realidad y la ensoñación, que alimenta la incertidumbre y, con ella, el suspense y la anticipación de la que hablábamos.
Una invitada en casa alterna, además, blanco y negro y color, dejando un registro más sobrio en la parte más realista y pegada a la tierra y explotando en el registro onírico y sobrenatural, que nos brinda imágenes de una belleza cautivadora y profundamente inquietante, una especie de hermoso body horror de cuyo significado simbólico se nos van dejando pistas.
Una invitada en casa habla de la identidad, de la represión y los constructos de mentiras que creamos para vivir, del temor a nostros mismos, de cuestión de género… pero sobre todo, y más allá de subtextos e ideas de fondo, Una invitada en casa es un historia del todo inquietante, que no pierde tiempo en hacer aparecer el suspense y sabe mantenerlo creciente durante todo el tebeo en tensión constante. Ya lo hizo con Cruzando el bosque y La noche que llegué al castillo y aquí vuelve hacerlo y se consolida así definitivamente entre los grandes de los maestros del terror moderno en viñetas.



