Con ésta edición de Planeta Cómic de Santuario, de Sho Fumimura y Ryoichi Ikegami, se rompe una maldición que llevaba prolongándose más de lo que nadie quisiera. No es, sin embargo, la primera vez que se publica en nuestro país, ni siquiera la segunda. Este manga que salió originalmente por entregas en Japón entre 1990 y 1995 fue uno de los primeros seinen en llegar a España, cuando nadie sabía qué demonios era eso, concretamente en aquel primer desembarco del manga, de la mano precisamente de Planeta Cómic. Sin embargo, ser pionero tiene sus inconvenientes y la serie quedaría incompleta, además de pagar la novatada del formato.
Se corregiría esto de la mano de Otakuland en 2004, pero, tras el cierre de la editorial, casi recién terminada la serie y durante casi dos décadas, conseguir este clásico en castellano era poco menos que imposible. Hablamos de una serie que fue un bombazo de ventas en su día, que tiene adaptación animada y de imagen real y que es una de las obras cumbre de dos auténticas vacas sagradas del manga, una obra que debería estar disponible siempre en librerías.
Como las mencionadas vacas sagradas que son, ninguno de los dos necesita presentación, pero por si hubiera algún despistado o recién llegado, Ryoichi Ikegami es un auténtico virtuoso que cuenta en su haber con obras como Oen, Adam y Eve o Trillion Game, que se han publicado más o menos recientemente en España, pero otras cuya recuperación sigue resistiéndose, como Crying Freeman, Mai, the Psychic Girl o Strain — también con Yoshiyuki Okamura—, amén de curiosidades que aún no ha visto la luz en castellano, como el Spiderman que hizo en los 70.
En cuanto a Sho Fumimura, como ya adelantaba, se trata de uno de los pseudónimos de Yoshiyuki Okamura, al igual que aquel por el que probablemente es más conocido: Buronson. Es principalmente recordado como guionista de El Puño de la Estrella del Norte, con Tetsuo Hara, pero también hemos podido ver en España su trabajo junto a Kentaro Miura en Oh-Roh, Oh-Roh-Den o Japan.
Con todo, Santuario es una obra muy hija de su época, tanto por la manera en la que está contada, como por su propio contexto histórico, con lo que es necesario ponerse un poco en situación antes de leerla, pero tampoco demasiado, ya que ella sola se vale para que en muy pocas páginas entres en su código y quedes pegado a la lectura.
Santuario nos cuenta la historia de dos jóvenes en su camino de ascenso dentro de dos mundos mucho más similares y relacionados de lo que tal vez pudiera parecer: la Yakuza y la política. Akira Hojo es un yakuza pujante y Chiaki Asami un joven aspirante en la jungla política japonesa. Sin embargo, en secreto, a ambos les une un pasado común y un mismo objetivo: convertir un Japón decadente y autocomplaciente en su Santuario.
Y es que más allá de otros modos, como el aberrante papel de las mujeres en esta serie, fruto de un Japón de la época aún mucho más machista que el actual, comentaba que el contexto es importante por otros muchos motivos. Cuando Santuario comienza a dibujarse, Japón acaba de tocar techo. Ha llegado al culmen de su desarrollo económico y está a punto de comenzar a sufrir una serie de crisis. De este modo, tenemos en Santuario un manga que es deudor de ese Japón de las elites adineradas donde todo es lujo y glamour, pero también de un estancamiento, así como de las ideas que venían de occidente aquellos años con la cultura yuppie.
Los más viejos del lugar, recordarán aquel popular anuncio de coches que a mediados de los 90 acuñaba en España en término JASP (joven aunque sobradamente preparado) y es que era lo que se respiraba en el aire en aquella época. Y tampoco es que Ikegami y Fumimura fuesen unos chavales cuando hicieron Santuario. Ambos pasaban la cuarentena, pero el status quo se veía como viejo y caduco y toda una generación de jóvenes venían a comerse el mundo y ponerlo patas arriba. Así, Hojo y Asami son los más guapos, los más listos, los más competentes, más fuertes y más fuckers. Como diría aquel famoso pensador, «son ricos, guapos y grandes jugadores».
En el pico del capitalismo japonés, se veía a la vieja guardia como dinosaurios aferrados a un poder inmovilista, frente a una juventud que venía a cambiar las cosas. El tiempo nos diría que nada de esto sería para tanto o al menos para mejor, pero era un sentimiento generalizado a inicios de los 90. Esta primera parte de la década, antes del grunge y el oscurecimiento de los valores, todo era luminoso, prometedor y turbomolón. El Japón de Santuario es la versión tokiota de Corrupción en Miami —serie que estuvo emitiéndose hasta 1989—. Todo por debajo está corrupto, pero por fuera rezuma glamour y hombreras.
Y es que en este sentido, la versión nipona es superior a la americana, ya que a la hora de darnos una visión irreal e idealizada, en Japón son capaces de fliparse hasta niveles que los yankis ni sospechan. Por hacernos una idea, y tirando del guionista, Fumimura es capaz de hacer que los juegos políticos y tramas mafiosas se pongan tan pasadas de vueltas como los combates de El Puño de la Estrella del Norte.
Por eso, es necesario entrar en su juego. Santuario es un manual de todo lo que está mal en el tratamiento de las mujeres. Cada personaje femenino que aparece es cosificado, sexualizado y hasta vejado, pero esta serie es testosterona pura… de la del Japón de los 90, para más señas. Habrá quien lo llame, con toda la razón, masculinidad tóxica. Pero entendida como parte de un código dentro de la ficción, es lo que permite a esta serie subir la intensidad hasta donde lo hace.
Y es que el fliparse está en el ADN de Santuario. Fumimura e Ikegami lo toman por bandera y quieren que se sepa. Ikegami hace que los protagonistas destaquen por encima del resto. Mientras el viejo orden o la muchedumbre urbana son feos o simplemente ordinarios, nuestros protagonistas son bellísimos y hasta en ocasiones los dibuja con un grafismo diferente al del resto para dejarlo claro. El dibujante nacido en Fukui es el perfecto, con sus formas armónicas y sus luces a base de un crosshatching cuidadosamente milimetrado. Hasta lo sucio es limpio y bello en el dibujo de Ikegami.
Por todo esto, pasar por alto en nombre de la ficción ciertos modos a los que les ha pasado mal el tiempo es un mal menor para disfrutar de una obra de una belleza y una intensidad sin complejos, que con solo un poquito de esfuerzo de contexto, sigue haciendo honor a su condición de clásico perenne.





