Es la hora de las tortas!!!

Es la hora de las tortas!!!

Precious Metal

Precious Metal
Guion
Darcy Van Poelgeest
Dibujo
Ian Bertram
Color
Matt Hollingsworth
Traducción
El Torres
Formato
Cartoné. 19 x 27 cm. 320 páginas. Color
Precio
40€
Editorial
Nuevo Nueve . Junio 2025
Edición original
Precious Metal #1-6 (Image)

Cuando en 2019 salió a la venta en USA Little Bird, poca gente en el fandom comiquero había oído hablar de Ian Bertram y aún menos de Darcy Van Poelgeest, pero con esa historia con el sabor de la ciencia ficción ochentera europea y japonesa, los focos se movian para apuntar ahora hacia ellos. Aquello fue un pequeño fenómeno inesperado y su serie sería nominada a los Harveys y hasta se llevarían un Eisner para casa por su personal propuesta. Unos años después y como menos ruido, llega Precious Metal, lo que hasta cierto punto podría ser su precuela en lo argumental, pero que a nivel creativo es sin duda un paso adelante.

Y a medio camino entre el preámbulo y meternos en harina con Precious Metal, me gustaría matizar dos cosas de la frase anterior. La primera es ese «hasta cierto punto», ya que, aunque esta nueva historia comparte mundo con Little Bird y suceda 35 años antes, apenas tocamos sus personajes y entornos concretos. De hecho, nuestro protagonista aquí, Max Weaver, es del todo lateral en Little Bird y no se toca casi al resto de su reparto.

Precious Metal

El segundo asunto a matizar es lo del «paso adelante» y es que, por hacernos una idea, en la propia Little Bird, el final ya era un salto de calidad considerable en lo gráfico con respecto al principio y, en Precious Metal, la progresión sigue acelerando. Con esto y con todos mis respetos al trabajo de Darcy Van Poelgeest, ya en la reseña de la obra anterior mencionamos que Ian Bertram era bastante más del 50% del tebeo y con Precious Metal la cosa pasa a mayores.

Dicho esto, habria que dejar claro que, si alguien no ha leído Little Bird y quiere arrancar por aquí, podría hacerlo perfectamente, por más que se estuviera perdiendo un tebeo espectacular. Como decíamos, Precious Metal sigue a Max Weaver, cazador de mods — humanos modificados genéticamente, nada que ver con los fans de los Small Faces— que en un encargo se encontrará con un niño modificado en cuyo poder están interesadas varias facciones. Max, que ya tiene bastante con los fantasmas de su pasado y sus agujeros de memoria, tendrá que intentar salir como pueda de esta batalla en varios frentes, con este niño que podría ser la clave para desbloquear sus recuerdos.

La historia comienza casi con la estructura de un noir de detectives, con un macguffin muy básico para el primer tirón de trama y luego se va complicando. Lo que podría ser un hecho casual desemboca en una oleada de acontecimientos y partes implicadas con cultos religiosos fanáticos, mercenarios, conspiraciones políticas… y en medio de todo esto nuestro Max completamente superado.

Precious Metal

Comentábamos los tintes de Jodorowsky y Moebius que podíamos ver en Little Bird, pero en el caso de Precious Metal es aún más acusado, ya que Max Weaver es por completo el John Difool de El Incal, en todo momento desubicado y sobrepasado por cuanto sucede a su alrededor.

La existencia de algo llamado espacio sueño, será también fundamental, tanto en el desarrollo de la historia como en la creación de mundos —sea el que rodea a Weaver o bien su propio universo interior— que introduce el recurso de la ensoñación en no pocas ocasiones y, que, en cierto modo, construye a la vez que genera cierta desubicación en los lectores, que tenemos que ser un poco Max.

En realidad, Precious Metal tiene una trama que va de un punto A a un punto B, pero casi diría que es lo de menos. Se trata de generar todo un mundo complejo, repleto de matices y articulaciones alambicadas que tienen que ser entendidas sin necesidad de ser explicadas y sin exposición, únicamente a través de información visual.

Si nos paramos a mirar cada detalle de worldbuilding de Precious Metal, podría resultar abrumador y, tanto Van Poelgeest como Bertram son conscientes de que no es esa la manera de leer el tebeo. Este cómic funciona por generación de atmósfera y la información no se procesa, sino que se asimila intuida durante la lectura. Estamos desubicados porque hay que mantener ese gancho, pero seguimos atrapados en la lectura porque a nivel atmosférico es completamente hipnótico.

Precious Metal

Y es que Ian Bertram está desencadenado y se supera con creces con respecto a su trabajo anterior. A las influencias de Moebius o Miyazaki, que ya podian vérsele en Little Bird, le afloran Enki Bilal, Katsuhiro Otomo y no pocas similitudes con Tradd Moore — no tengo claro si por influencia directa o por referentes comunes —, pero incluso el tipo de rejillas de viñetas elegidas recuerdan al dibujante de Doctor Extraño: Amanecer de otoño.

Bertram se desprende de cualquier tipo de corsé y se desata, mucho más exagerado, deforme y abigarrado, pero también fluido, con atención en que, por más detalle que pueda tener una viñeta, nos detengamos el tiempo justo que requiere la lectura y asimilemos el resto como de reojo. Sorprende además, con lo barroco de la propuesta de Bertram, que el colorista Matt Hollingsworth opte por un acabado repleto de textura, que a priori tendría que ser echar más leña al fuego de un dibujo ya cargado. No obstante, de algún modo se acoplan en la misma frecuencia como una sola cosa. Se trata de una decisión que Hollingsworth no tomaba en Little Bird y que tal vez no habría funcionado con el Bertram de aquel entonces, pero que resulta en un verdadero cañón visual con el de Precious Metal.

Con todo este complejo mundo y sus complicados mecanismos políticos, religiosos, culturales o económicos; con toda esta suerte de historia de mesianismo involuntario; con todo este delirio estético y narrativo y todo este juego de ensoñaciones insertadas en la realidad y realidad insertada en la ensoñación, a Van Poelgeest y Bertram aún les sobra tiempo para dejar algún que otro recadito a la realidad actual ante la inmigarción de los USA y otro millón de ideas, pero lo mejor es que no es para nada necesario quedarse con todas. Solo hay que dejarse llevar y sumergirse en el hipnótico mundo que nos proponen y eso sí que nos lo ponen bien fácil.