Las sensaciones que me dejan cada cómic nuevo que publica Lorenzo Montatore me retrotraen a mi infancia, en una época en la que el humor gráfico servía de campo de cultivo para la crítica social y la sátira más delicada. Eran tiempos en los que se presuponía la inteligencia del lector, en la que se sugería sin necesidad de explicitar, algo que servía para soltar dardos afiladísimos en unos tiempos en los que la libertad de expresión no era lo que es hoy. Gente como Gila, Chummy Chúmez o Mingote entre otros muchos utilizaban las viñetas para contar lo que no se podía. Algunos pensarán que estoy llamando rancio a Montatore con esta comparación, pero nada más lejos de mi intención, todo lo contrario: se trata de un autor que reconoce el legado de nuestros autores y toma lo necesario para expresar sus ideas y sus inquietudes. Que nadie piense con esto que No sé, pero… creo que moriré es una obra política, todo lo contrario, pero estas referencias son necesarias por la manera en que está desarrollada la obra, si algo tiene este cómic editado por Astiberri es que concilia con nuestro pasado, el de todos.

Y es que Montatore vuelve a los temas que más le tocan, y uno de ellos es la muerte. ¿Cómo se vive la muerte en nuestro país? ¿Ha cambiado la sociedad en cuanto a su concepto? ¿Cómo la vive él mismo? Para ello, el autor se disocia entre su forma infantil, a través de la cual nos muestra sus influencias y cómo llegó a ser lo que es hoy, y por otro su forma fantasmal, que arrastra el peso de ese miedo a la muerte, con la que mantiene una difícil relación. Se puede decir que es una mezcla de su futuro y su presente, una personificación de esa muerte que llegará algún día que siempre está presente en sus obras más personales.
Nada mejor para presentarnos a su yo infantil que volver a aquellas técnicas que usábamos hace décadas: los collage, el calcado en la ventana, la combinación de fotografías con dibujos… El autor tira de esas técnicas, a un dibujo casi esquemático, que ineludiblemente me ha retrotraído a esos autores que mencionaba al principio, y a los que seguro ha leído tanto como hice yo. Pero no son la única referencia: las tertulias cinematográficas de Garci, a películas como Fargo, esas cajas de puros que usábamos algunos como contenedores para figuritas o cartas, la autocrítica personificada en dos ancianos como los del palco de los Teleñecos, o los mismos cines antiguos con solo una sala enorme en los que vimos muchas de las películas que nos marcaron la infancia en aquellos tiempos en los que no había la saturación que tenemos en día con las plataformas de streaming.

Otro de los puntos fuertes es el de las tradiciones, y cómo han influido en nuestra sociedad y nuestra cultura, con costumbres para los entierros, folklore como el entierro de la sardina o la percepción que se ha tenido siempre de la muerte, que hacía que en ocasiones se actuara casi mecánicamente en cualquier velatorio, con frases hechas que un niño no era capaz de comprender. Montatore utiliza un lenguaje poético para esta obra, aportando más contexto a ese peso de la tradición en la concepción de la muerte, y añade a cada capítulo alguna pequeña poesía a modo de introducción, de su propia cosecha, como si le que cuenta a continuación fuese algo establecido por la cultura popular, que ya estaba escrito antes.
La obra está presentada en blanco y negro, a un tamaño reducido y encuadernación en cartoné, con la vuelta del autor a Astiberri tras La mentira por delante, y después de que sus siguientes obras fueran editadas por el extinto sello ECC (Obras incompletas, Aquí hay avería…). Esta obra ha conseguido también el I Premio de Novela Gráfica de la Diputación de Cáceres.

En definitiva, No sé, pero… creo que moriré es una obra que utiliza códigos narrativos que nos devolverán a nuestra infancia para hacer una reflexión sobre la muerte desde diferentes puntos de vista: el de la inocencia del niño, el del peso de la tradición e incluso me atrevería a decir que desde uno más teológico-cósmico. Montatore demuestra cómo, con pocos elementos y una narrativa muy sencilla, es capaz de hacer clic en nuestras cabezas y remover temas con mucha más profundidad de la que parece cuando abres de un vistazo el libro. Se está convirtiendo en un autor con un estilo y que aborda unos temas de manera única.
Lo mejor: El mero planteamiento de cómo hablar de estos temas.
Lo peor: Dejarse llevar por su aspecto sencillo y no ver la profundidad real.


