Parece que Miracleman es una serie maldita. Su historia creativa y editorial es un notable jaleo que incluye venta de derechos por parte de gente que no los tenía, quiebras empresariales, enfrentamientos judiciales entre estrellas del medio, cambios de editorial… y todo ello para llegar al punto donde estamos, la publicación de un total de veintinueve cómics a lo largo de los últimos cuarenta años. La idea es que Miracleman: La edad de plata era la penúltima entrega dentro de esta conflictiva serie, pero, a día de hoy, parece que se va a quedar inconclusa. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

Miracleman es una de esas series en las que el nuevo guionista lo tiene francamente complicado. Alan Moore concluyó su etapa con la creación de una utopía mundial, un mundo perfecto creado por un Miracleman que, tras pasar por una transformación personal nietzscheana, ha alcanzado prácticamente la divinidad. ¿Y qué puedes hacer con un personaje en esas condiciones? El sucesor del guionista original, Neil Gaiman, estaba avisado. El propio Moore le había dicho en una conversación «debería advertirte de que, tras el final de Miracleman nº 16, habré resuelto todos los crímenes, acabado con todas las guerras y creado un mundo absolutamente perfecto en el que no podrán ocurrir más historias. ¿Quieres echarte atrás? Siéntete libre». ¿Y qué puedes hacer con los personajes en esta situación? La respuesta es clara: nada. Por ello, Gaiman, en la primera de las tres partes en la que estaba estructurada su etapa, lleva la cámara a pie de tierra y nos cuenta pequeñas historias del día a día de los habitantes cotidianos en este nuevo mundo perfecto. Tranquilos, en esta segunda parte no se repite, pero tampoco recurre a poner el foco en el personaje que consideró inutilizable en la primera parte. Miracleman: La edad de plata se centra en Young Miracleman, Dickie Dauntless, que había muerto en la etapa de Alan Moore, pero que conquistada la muerte, ha sido devuelto a la vida.
Así como resultó muy interesante ver cómo los humanos normales veían la nueva utopía en La edad de oro, la aproximación a este mundo es diferente pero también inusual en el cómic superheroico. Han pasado casi dos décadas desde el despertar de Michael Moran como Miracleman, unos quince años desde la creación del Olimpo, y la sociedad ha evolucionado con unas nuevas reglas del juego. Dicky nunca ha conocido este mundo, y ha sido resucitado sin consultarle en un mundo que le resulta tan ajeno como incomprensible.

Así, Miracleman: La edad de plata nos plantea dos ideas, que giran ambas alrededor de Young Miracleman. Por un lado, la mencionada adaptación a este nuevo mundo perfecto, el choque brutal que supone encontrarse de golpe en el paraíso, o en la idea de paraíso que tiene otra persona. Y por otro, tenemos la historia de origen de Young Miracleman. En la serie original de Moore, tanto Miracleman como Kid Miracleman eran definidos en profundidad, y Young Miracleman es poco más que un recurso argumental, un personaje del pasado del protagonista que muere para dar drama. Gaiman aprovecha este lienzo en blanco para contarnos el pasado de Dickie, contarnos cómo llego a convertirse en un superhéroe, y narrarnos su trasfondo humano… en el que hay un turbio pasado con abusos sexuales por medio. Leyendo esto ahora y sabiendo cómo ha resultado ser el Neil Gaiman del mundo real, no el contador de historias, nos hace torcer el gesto fuertemente. Se dice que no todo autor que escribe sobre violaciones es un violador, pero que los violadores lo usan muy frecuentemente. Y Miracleman: La edad de plata viene a unirse a Calíope y Agosto en el currículum de este autor.
Pero si bien el guionista y su trabajo nos provocan un inevitable rechazo, la parte gráfica es de ponerse en pie y aplaudir. Mark Buckingham dio un paso adelante con esta obra, tanto en lo argumental como en lo artístico. La publicación original a principios de los noventa se detuvo por la quiebra de Eclipse Comics, y en los treinta años que han pasado hasta que Marvel la retomó han ocurrido varias cosas. Una de ellas es que Neil Gaiman ha abandonado casi por completo el mundo del cómic, dedicándose casi en exclusivo a la mucho más lucrativa prosa, motivo por el que Buckingham aparece acreditado como coguionista en la segunda mitad del libro, haciendo el cómic completo partiendo de argumentos de Gaiman. El segundo… la evolución gráfica de Buckingham en estas tres décadas ha sido BRUTAL -no olvidemos que su trabajo en Miracleman es de más de diez años antes de Fábulas-, y en lugar de dibujar los números nuevos, con el choque gráfico que habría supuesto con los primeros, ha redibujado este segundo arco desde el principio. Todos los que estéis interesados en la evolución de los dibujantes podéis hacer un interesante ejercicio: buscad las páginas originales de esta serie, tal cual fueron publicadas por Eclipse, y comparadlas con las equivalentes del tomo que publicó hace unos meses en castellano Panini.

Lo peor de todo este tomo es que acaba en un potente cliffhanger, y a principios de año Tom Breevort dijo que no había planes de hacer nada con la tercera y última parte del Miracleman de Neil Gaiman, La edad oscura. El propio Mark Buckingham ha pedido ser reasignado a otros proyectos. Así que, a día de hoy, Miracleman: La edad de plata no es más que una colección de ideas interesantes (y otras cuestionables) que dirigen a una conclusión que, a día de hoy, no está en la agenda de ninguno de los implicados. El único motivo para acercarse a este tomo actualmente es la lección artística que da Mark Buckingham, uno de los dibujantes con más clase que hay en el cómic mainstream norteamericano actualmente.


