Parece que Nuevo Nueve ha cogido velocidad de crucero con la publicación de LowReader en España. Ahora, cada dos meses, tenemos una nueva historia deudora del espíritu de la maravillosa Doggy Bags. Una serie que en su momento fue publicada por Dibbuks y cuya reedición espero con muchas ganas.

Si conocéis LowReader ya sabéis de qué va la cosa. Historias cortas realizadas por el estudio Label 619 en los que se homenajea la escena thrash y grindhouse del cine USA de los años 70 y 80. De momento, hemos tenido relatos de fantasmas, demonios, bandas satánicas, hombres lobo o leyendas urbanas como “Red Room”. Pues bien, en esa misma línea va “Salomon testamentuna”. Un relato que nos mete de lleno en el mundo de los videojuegos malditos en los que no se sabe, o no queda claro, qué porcentaje es ficción y qué parte es realidad en lo relacionado a su leyenda.
Lo primero que llama la atención es que Run y Rours han cogido como base un hecho real que no fue del todo confirmado hasta hace poco más de diez años. Me estoy refiriendo, como no, al hecho de que Atari enterró en el desierto de Nevada miles de copias de la adaptación de E.T.. Considerado como el peor videojuego de la historia, fue desarrollado en poco más de un mes y condenado al ostracismo por su ínfima calidad.
Este hecho histórico impulsa a la pareja protagonista a entablar la búsqueda del mencionado “Salomon Testamentuna”. Un juego del que, según dicta el mito, no se llegaron a crear más de medio centenar de copias. Un santo grial para los cazadores de bits que acabará teniendo consecuencias nefastas para estos aspirantes a Indiana Jones y Lara Croft.

A la hora de ejecutar la historia, Run se marca su propia “Caja de Pandora” con el dichoso cartucho. Haciendo gala de la habitual moraleja que tienen este tipo de búsquedas del tesoro, el autor desata todo un infierno cuando algunas de las criaturas saltan al mundo real. Ojo, no es spoiler, esto sucede a las primeras de cambio y a nada que conozcáis la esencia de LowReader, dudo que os pille por sorpresa.
Decía más arriba que una de las principales señas de identidad de esta antología de Label 619 es su conexión con el cine de explotación. Las influencias de “Salomon Testamentuma” están ahí bien claras, aunque son algo más mainstream de lo habitual. Filmes en los que el prota acaba metido en un videojuego o similares llevan existiendo desde hace más de 40 años. Ahí están los ejemplos de Tron o The Last Starfighter (primer filme en usar efectos digitales). Sin embargo, hay otra cinta mítica cuyos ecos resuenan en este cómic, o al menos a mí me lo parece. Hablo de Demons 2, la cinta de terror dirigida por Lamberto Bava.
Con este cocktail y la mala leche y ritmaco que suele marcarse Run en todo lo que hace, la diversión en “Salomon Testamentuma” está más que garantizada. Encima, tenemos la suerte de contar con Rours en la parte artística. El dibujante de uno de los segmentos más destacables en The Midnight Order desata todo su estilo (que bebe, una vez más, de otras corrientes artísticas como el manga) en unos diseños que desbordan imaginación y buen hacer por los cuatro costados. Poseedor de una narrativa ágil, consigue que devoremos el cómic en un pis pas.

Siguiendo con el acabado gráfico, el artista conceptual Nonamenosocks colabora en la obra desatando todo su talento e imaginación con el pixel art para que la sinergia con el mundo de las consolas sea lo más estrecho posible.
En lo relativo a la edición, me ha sorprendido que el desplegable que va al final de todo es, por primera vez (si no me equivoco), una ilustración diferente de la que se ofrece en la cubierta de esta octava entrega de LowReader. Como extras, podemos disfrutar de dos artículos, uno que contextualiza la historia y otro centrado en diversas leyendas urbanas sobre el mundo de los videojuegos.
En definitiva, como todo lo que toca Label 619, LowReader es puro vehículo de evasión. Un cómic para leer y pasar un rato divertido. Ahora bien, también es una trituradora de tiempo, porque las ganas de ver pelis cafres viejunas una vez que lo terminas son tremendas.
PD: Si queréis ver en directo lo malo que era el juego de E.T., en el museo del videojuego Oxo de Madrid tenéis una copia funcional rodando continuamente en un monitor situado bajo una replica a escala real de su protagonista.


