Tendemos a pensar en Japón como un ecosistema aislado geográfica y culturalmente. Por eso, encontrarnos con un caso como el que se nos relata... Los locos del gekiga

Tendemos a pensar en Japón como un ecosistema aislado geográfica y culturalmente. Por eso, encontrarnos con un caso como el que se nos relata en Los locos del Gekiga es de los más insólito. Hablamos de un fenómeno como el gekiga, exclusivo de un momento concreto y de algo tan japonés como es el manga y, sin embargo, encontramos varios paralelismos con momentos y movimientos de occidente.

Para los profanos, gekiga, que significa “imagen dramática”, es un movimiento surgido en el manga a finales de los 50, que fue muy popular en los 60 y 70 y promovía un manga más adulto y realista (en temáticas y estética). Aquí vemos el primer paralelismo o tal vez influencia, porque el término y la idea de novela gráfica no se asentaría en occidente hasta el Contrato con Dios, de Will Eisner, en 1978. El movimiento gekiga terminaría absorbido por la corriente mainstream aunque su influencias pervivan y cuando aún hoy oímos hablar de lo que se suele entender por novela gráfica, sus fundamentos tienen mucho que ver con lo que 3 mangakas que no tenían donde caerse muertos crearon a finales de los 50.

Los locos del gekiga, de Masahiko Matsumoto

Esta es la historia que nos cuenta Los locos del gekiga, la historia de Masahiko Matsumoto, Yoshihiro Tatsumi y Takao Saitô, tres jóvenes mangakas de Osaka luchando por cambiar las cosas en el mundo del manga desde abajo. Recorreremos desde la creación de la revista Kage hasta la partida a Tokyo de los tres autores, o más bien al municipio de Kokubunji en las afueras, momento y lugar donde nacería el gekiga.

Los locos del Gekiga nos ilustra un mercado como el de Osaka, considerable en parte porque Tezuka era originario de allí, pero insignificante frente al mercado de Tokyo. Más allá del imperio de las todopoderosas revistas, eran muy populares en el Japón de posguerra las kashihon’ya, las tiendas de alquiler de libros de manga, algo así como videoclubs de manga. En ese mercado predominaba el akahon manga, fundamentalmente infantil siguiendo la escuela Tezuka y en este contexto, surgen los primeros pasos para cambiar las cosas.

Los locos del gekiga, de Masahiko Matsumoto

De hecho aquí viene otro de los paralelismos con occidente y este sí es contemporáneo. En Los locos del gekiga se nos relata cómo los intentos por introducir un componente adulto en el manga se ven obstaculizados por los lectores más conservadores, tal como haría cierto Dr. Wertham con los intentos de EC Comics.

Y así, en boca de Matsumoto, uno de los tres protagonistas, asistimos a este subibaja de devenires donde estos tres autores son algo así como bolas de pinball rebotando a antojo de editores, acreedores y caprichos del destino, malviviendo sin que nadie repare en ellos hasta darse cuenta de que lo han cambiado todo. Y es que Gekiga Baka-tachi es uno de esos términos a los que se ajusta más de una traducción y “Los tontos del gekiga” nos ilustra mejor quizá este determinado aspecto. De hecho esta historia está planteada casi como una línea recta en la que se van cruzando los distintos acontecimientos para que nuestros protagonistas choquen con ellos.

Los locos del gekiga, de Masahiko Matsumoto

Los locos del gekiga apareció originalmente serializado entre 1979 y 1984, una vez pasado el boom del gekiga e integrado el movimiento dentro de la corriente principal, y queda como testimonio de una época y una revolución de la que nadie pareció percatarse mientras se gestaba. Tres currantes jóvenes y casi anónimos estaban creando algo a fuerza de talento, tozudez y una cierta inconsciencia y así se nos retrata a sí mismo Masahiko Matsumoto y a sus dos compañeros, como tres pobres diablos que marcaron un hito por crear algo solo porque no sabían que no se podía hacer.

Los locos del gekiga nos deja un testimonio que podría ser completado con Una vida errante, la obra de Yoshihiro Tatsumi, otra versión de algunos de los mismos hechos que lo cambiaron todo para siempre en oriente y occidente.

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Alain Villacorta "Laintxo"

Fue picado por un cómic radiactivo y ahora ve el mundo a través de viñetas y tiene el sentido de la realidad proporcional de un tebeo. No os preocupéis, no es peligroso... creo...

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