Desde que comenzó la andadura editorial de DC Comics a cargo de Panini, la presencia de Vértigo ha sido una constante en nuestras librerías. Además, han abordado la amplia producción del sello adulto auspiciado por Karen Berger con varios formatos. Desde una serie mensual (Hellblazer) en formato rústica, pasando por la edición en volúmenes en cartoné de sus títulos más emblemáticos. Dentro de estos, destaca la presencia del escocés Grant Morrison, del que se están recuperando sus etapas en Animal Man y Doom Patrol, así como la serie de creación propia Los Invisibles.

Si estáis leyendo esta reseña, entiendo que, de un modo u otro, ya habréis disfrutado del volumen precedente. Pues bien, si aquel primer tomo de Los Invisibles os convenció de las virtudes de uno de los títulos más complejos, originales y edificantes de los últimos treinta años, con su continuación os advierto que vais a quedar completamente enganchados a esta épica lucha de un grupo de rebeldes contra el enemigo, que solo unos pocos ven, que tiene atrapada a la humanidad en una falsa ilusión de realidad.
En más de una ocasión, Morrison ha declarado que afrontó la escritura de Los Invisibles puesto de alguna cosa. Dicho viaje recreativo fue la culminación de algunas de las mayores influencias de su trayectoria vital. Os mentiría si digo que sé a qué se refiere porque la droga más fuerte que he tomado en vida ha sido la medicación para las migrañas. Sin embargo, sí que creo que algunas de las fases que se deben atravesar haciendo uso de sustancias recreativas pueden extrapolarse al desarrollo de las aventuras de este particular grupo de justicieros. Y es que la lectura de esta serie provoca subidones, dispara la adrenalina, crea confusión e incluso es capaz de causar alguna bajona de importancia en sus pasajes más psicotrópicos.

Esto, lejos de ser un problema, considero que es uno de los mayores atractivos de la colección. Esa necesidad de estar siempre alerta, o la manera en la que Grant Morrison nos hace cómplices de sus correrías a la par que demanda toda nuestra atención para tratar de seguir sus pasos es una sensación que he experimentado muy pocas veces con un tebeo. De hecho, solo se me ocurre un autor con el que me haya pasado algo parecido, el mangaka Tsutomu Nihei.
En este segundo tomo, se hace todavía más palpable la influencia que tuvo la obra de Morrison sobre la saga fílmica de Matrix. El viaje de King Mob, Jack Frost y compañía a través de la manipulación de la posverdad de nuestro mundo tiene un reflejo muy claro en los personajes de Neo, Morfeo o el Agente Smith. Joder, si incluso hay escenas que recuerdan de manera poderosa al interrogatorio que se hace de alguno de los protagonistas en las páginas del volumen que nos ocupa.

La fuerza gravitacional con la que te atrapa Los Invisibles es tal que, a nada que te dejes llevar por el juego, sentirás una iluminación que te llevará a creer que estás entendiendo todo lo que lees. Especialmente en los primeros capítulos, donde Dan McGowan se ve envuelto en una nebulosa con ínfulas de normalidad. Ahora bien, según avanza la cosa y vamos conociendo a nuevos personajes como Lord Fanny (todo un must este personaje trans), volveremos a caer en las garras del autor de la mejor etapa de Batman publicada este siglo. Por lo que, sin darnos cuenta, acabaremos viviendo una simulación, en este caso, de la vida misma en la que caerse está permitido, pero levantarse es necesario y obligatorio.
Con esto me van a permitir que termine mi análisis del guion. Soy consciente de que apenas he dado detalles de la trama y, sinceramente, creo que es mejor así puesto que Los Invisibles es una de esas experiencias que merecen ser disfrutadas de la manera más virgen posible.

La parte artística viene servida con una disparidad total de estilos que van desde los sobresalientes Tommy Lee Edwards, Mark Buckingham o Jill Thompson, pasando por otros más normalitos como Steve Yeowell (viejo conocido de Morrison en Zenith). En este caso, la falta de una unidad (que no identidad) gráfica, lejos de ser un lastre, potencia la variedad de situaciones, estilos o sensaciones por la que nos lleva de paseo la historia.
Deseando estoy de leer la siguiente entrega.


