Tras editar en 2020 Barrios, bloques y basura, la editorial Errata Naturae nos trae una nueva obra de la autora indie Julia Wertz. Los incorregibles (De cómo dejé de beber en Nueva York) es otra obra autobiográfica, centrada en los años en los que reconoció su dependencia al alcohol y sus esfuerzos por dejarlo. Un cómic que bebe de autoras como Gabrielle Bell (la cual aparece en esta obra) y rezuma sinceridad incluso en los momentos más vergonzantes para su protagonista (y autora). La edición es en cartoné, con separaciones y detalles en rosa fucsia, muy cuidada, mucho más de lo que suelen ser sus ediciones norteamericanas, como reconoce la propia autora en cierto momento de la obra.

Julia trabaja en un estudio de Nueva York con un grupo de autores independientes, con los que comparte espacio de trabajo y conversaciones. Como, aunque intenta vender abalorios por Etsy, su fuente de ingresos es casi exclusivamente el cómic, no puede permitirse más que un sótano de un edificio acondicionado ilegalmente para su alquiler. Allí pasa el tiempo, habitualmente sola, bebiendo hasta casi perder el conocimiento. Llega un momento en que reconoce su propia incapacidad para dejar la bebida e ingresará voluntariamente en un programa de rehabilitación. A partir de ahí, deberá seguir con su vida, aunque la larga sombra del alcoholismo siempre la acompañará.
Con esa temática a uno se le pueden venir inmediatamente a la mente las obras de Kabi Nagata y en cuanto leemos algunas páginas las de Gabrielle Bell. Con la primera comparte esa constante de autora de cómic joven, con cierto éxito en su trabajo, o al menos el suficiente como para permitirle vivir de ello, que se engancha a la bebida sin darse cuenta del problema que tiene. Llama mucho la atención las visitas a terapeutas tanto en el centro de desintoxicación como posteriormente, en los que ella no ve que tenga una adicción real, sino un hábito del que puede salir cuando quiera. Es importante mostrar esa faceta para que pueda servir a otras personas y demostrar que no siempre somos conscientes de tener una adicción.

A la hora de buscar una analogía con Bell, me la ha recordado tanto por su manera de narrar, con un estilo sencillo y simplón salvo a la hora de dibujar la arquitectura neoyorquina, con la que se explaya por completo, como por esa manera tan sincera de exponerse ante el lector sin miedo a ser juzgada. Wertz se muestra tal cual y, cuando llevas ya la lectura avanzada, te das cuenta de que no intenta hacer una obra sobre el alcoholismo, sino que se limita a contar sus vivencias y su día a día en un momento concreto, dando lugar a una obra que en su primer tercio aborda de lleno la dependencia al alcohol, pero que a partir de ahí nos cuenta sus experiencias al viajar al extranjero a promocionar su obra, sus intentos por conocer gente esforzándose por ampliar su vida social, intentar una vida en pareja o dar rienda suelta a su afición por explorar edificios abandonados.
En todo caso, Los incorregibles es uno de esos cómics que a la mitad de la lectura del tomo te paras a preguntarte qué haces leyendo la vida de una chica que malvive en un sótano, come muffins de la bolsa de basura de una pastelería y fracasa en cualquier intento de tomar las riendas de su vida. Tras esa pregunta te das cuenta de que aunque no debería interesarte, te resulta difícil abandonar la lectura e incluso llegas al final del tomo con malestar por no poder seguir sabiendo de ella, y con una necesidad insana de querer seguir mirando por ese agujerito hacia su vida. Sin duda para conseguir eso necesitas tener una fuerza narrativa y una sinceridad que nos llegue a los lectores sin la sensación de que es una persona necesitada de atención que solo busca sorprender por su desorden (en todos los sentidos).

Si te gusta el cómic independiente de los últimos tiempos, no tan al borde como el underground de los 70-80, pero suficientemente alejado de la corriente, con Los incorregibles (De cómo dejé de beber en Nueva York) encuentras una obra muy certera, que consigue que conectes con su protagonista a pesar de los continuos tropiezos en su vida. La obra está plagada de personajes distintos y hasta cierto punto discutibles, que no dejan de ser creíbles por los círculos en los que se mueve Julia. Aún así hay más de uno y de dos a los que te apetecería darle igualmente más de una y de dos… collejas. Son personajes que sirven para construir la tridimensionalidad de la protagonista.
Lo mejor: Un cómic que «sin contar mucho» resulta magnético y te encariñas muy rápido de la protagonista. La relación de Julia con su hermano.
Lo peor: Si no estás acostumbrado a leer este tipo de cómic, probablemente pueda chocarte un poco la casualidad de sus tramas y la falta de estructura «al uso».
