Comenzaría con la gran invasión del manga en los 90 y continuaría con la democratización de internet, el auge del cómic independiente americano, la... Lastman 1, de Vivés, Balak y Sanlaville

Comenzaría con la gran invasión del manga en los 90 y continuaría con la democratización de internet, el auge del cómic independiente americano, la estandarización del trabajo gráfico digital, los cambios de modelo de producción en Europa y otro montón de factores, pero el hecho es que las tradicionales fronteras entre el cómic USA, la BD y el manga son cada vez más difusas. La fusión manga-BD no es algo nuevo y a principios de los 2000s proliferaban las obras de BD de influencia nipona e incluso vivimos el movimiento llamado nouvelle manga, pero pese a que este cocktail de influencias ya era algo común en 2013, Lastman sería la obra que mejor las aprovecharía para construir su historia y su propia naturaleza narrativa.

Lastman 1, de Vivés, Balak y Sanlaville

Lastman es un cómic a seis manos escrito y dibujado por Balak, Michaël Sanlaville y Bastien Vivés, siendo este último el más conocido y prolífico de todos ellos, si bien asociado a un tipo de tebeo muy distinto del que tenemos entre manos. Quien espere algo similar a Polina, Una hermana o El gusto del cloro ya puede ir cambiando el chip porque lo que nos espera es algo mucho más cercano a Dragon Ball o Naruto… al menos el primer arco de esta serie que vuelve a estar disponible gracias a la segunda edición por parte de Diábolo de este primer tomo que estaba agotado.

Lastman comienza presentándonos a Adrian Velba, un chaval entrenado en las artes marciales con más entusiasmo que talento, que en el último momento se quedará sin compañero para participar en el torneo que anualmente organizan el rey y la reina. Será entonces cuando aparezca en escena Richard Aldana, un extranjero del que nadie sabe nada, que viste con pantalones, camiseta y guanteletes de cuero en un mundo de aire medieval y no parece seguir ninguna regla. Richard y Adrian formarán entonces pareja en este torneo que no parece esperar nada de ellos y no dejarán indiferente a nadie.

Lastman 1, de Vivés, Balak y Sanlaville

Tal vez lo más curioso de Lastman es el experimento que supone meter un personaje como Richard Aldana en un ambiente como éste. La ciudad, sus pobladores y el torneo participan de todos los tropos que nos puedan venir a la cabeza de los shonen clásicos de guantazos: un mundo de cronología incierta que aunque parece medieval no lo es del todo, técnicas especiales con luces y descargas elementales, golpes que se anuncian gritando su nombre, personajes extravagantes… y allí llega Richard Aldana que es algo así como un Corto Maltés o un Blueberry de las artes marciales. Aldana también está lleno de tropos, pero nada que ver con el shonen y sí mucho más enraizado en el antihéroe europeo o americano clásico. La situaciones a las que dará lugar el choque de estos dos mundos y el juego con los clichés de ambos serán el motor principal de una historia que está por otro lado impecablemente plagada de detalles de construcción de mundo y caracterización.

Y es que más allá de este planteamiento meta y del mimo con el que está construido, una de las cosas que han hecho de Lastman una de las mayores series de culto de la BD de este siglo es que se devora sin masticar y siempre te deja con ganas de más.

Posiblemente el mayor mérito de Lastman es que no parece darse importancia y toda la innovación, el oficio y el discurso se apartan a un discreto segundo plano para el quiera prestarles atención, en favor de una historia adictiva y unos personajes caracterizados con pequeñas y precisas pinceladas, que van construyendo algo más allá del combate de turno.

Lastman 1, de Vivés, Balak y Sanlaville

Lo mismo sucede con el trabajo gráfico. Esa línea desgarbada, pobre en detalles, sin jerarquía de grosores y de primer vistazo feísta baila delante de nuestro ojos para contarnos mucho más y más eficientemente de lo que estilos más abigarrados son capaces. El movimiento de los personajes, el acting, la economía de detalles de ambientación a lo más esencial… En gran parte esto se debe a que no solo se juega con los tropos del manga a nivel argumental y de world building, sino también a nivel narrativo. Cuando a finales de los 90 el manga comenzó a penetrar en la BD, la primera hibridación fue estética, pero en este no es eso lo vemos sino un trabajo mucho más orientado a la narrativa. No creo que un primer vistazo al aspecto de Lastman le lleve a nadie a pensar en manga, más allá de su formato kanzenban, sin embargo, Lastman se mueve como el manga y sobre todo se lee como el manga. Las páginas se leen en un suspiro y los picos y valles de intensidad recuerdan poderosamente al hacer de los japoneses.

Es posible que ni la portada, ni el primer vistazo al arte interior o ni siquiera la premisa de Lastman te pueda llamar la atención, amigo lector, pero la mejor manera en la que este tebeo se vende es leer unas páginas. Casi me atrevería a retaros a leer este primer tomo y no continuar, porque estoy seguro de que no seréis capaces.

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Alain Villacorta "Laintxo"

Fue picado por un cómic radiactivo y ahora ve el mundo a través de viñetas y tiene el sentido de la realidad proporcional de un tebeo. No os preocupéis, no es peligroso... creo...

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