Que Bastien Vivès es uno de los autores más relevantes de lo que llevamos de siglo es indiscutible y, probablemente, también de los más populares. Sin embargo, no es para nada un autor complaciente y agarrado a una fórmula al servicio del gran público. De hecho, es bastante difícil de encasillar y poco tienen que ver Polina con Lastman o con su Corto Maltés o este La verdad sobre el caso Vivès.
A donde me gustaría llegar con esta introducción es a dejar claro que nos todas sus obras deben encajarse del mismo modo y es preciso una pequeña labor de descifrado, de escudriñar la intención de este autor en cada una de ellas, y más teniendo en cuenta que no es para nada infrecuente que gaste una ironía bastante ácida.
Y con esto nos ponemos en la edición de 2022 del Festival Internacional de Angouleme. En su día fue un hecho bastante sonado, pero por si alguien no se enteró, sería imprescindible ubicarse para leer La verdad sobre el caso Vivès. Entre las diversas actividades programadas, contaban con una exposición de este autor parisino y, entre las planchas expuestas, había varias de La Décharge mental y Petit Paul —ambas inéditas en nuestro país—, que escandalizaron a ciertos sectores del público, Hubo quien se alzó en armas acusándolo de pedofilia y pornografía infantil. No era la primera vez que Vivès se tropezaba además con este tipo de acusaciones, ya que, cuatro años antes, dos grandes cadenas de librerias habían retirado de la venta Petit Paul y, ya en su día, Vivès había declarado que solo se trataba de una especie de broma, un recurso humorístico y para nada una apología de la pedofilia. No obstante, y volviendo a 2022, las amenazas al autor y la organización del festival llevaron a suspender la exposición y a meter a Vivés en un embrollo, sobre el que que pasados un par de años y con las aguas algo más tranquilas, se permite ironizar en La verdad sobre el caso Vivès.
Las acusaciones llegaron incluso a los juzgados, pero afortunadamente, el pasado 2024, Vivès fue absuelto de todos los cargos; no así cinco de las personas que lo amenazaron incluso de muerte. Así, el autor decide sacar algo de la amarga experiencia y revisitarla con el humor negro y la mala leche que lo caracterizan.
La verdad sobre el caso Vivès se compone de una serie de capítulos cortos de entre cuatro y ocho páginas, de un par de viñetas máximo y sin marcos, que siguen un cierto hilo argumental, pero que funcionan a modo tiras o chistes gráficos.
En cada uno de estos gags, Vivès reconstruye con un guiño al absurdo, que recuerda a veces a los inmortales Monty Python, diversas escenas en su casa, en la comisaría, en un curso antipedofilia o incluso en la cárcel, donde exagera y hace mofa de todo este asunto. Y sí, probablemente banaliza algunos temas muy serios, pero no hay que ser muy avispado para caer en que lo que nos cuenta tiene un amplio porcentaje — i no su totalidad— de ficción. El humor y la ficción son precisamente las herramientas que nos permiten coger aire y ver los problemas serios de un modo más gobernable y menos abrumador. A veces, la hipérbole y banalización son la única manera de hacer entender el absurdo de esta era de la literalidad que atravesamos y, si además nos podemos reír — cosa que sucede casi a cada página— pues mucho mejor. Además, Vivès tiene para todos, incluso para sí mismo, y no falta la autocrítica con la misma mala baba que tiene para todos los demás.
Y es que todo en La verdad sobre el caso Vivès nos dice que nos tomemos un poco menos en serio, si no la vida, al menos la ficción. Desde el propio tamaño del libro o la estructura en gags cortos nos está anunciando que esto es un contenido ligero y que se abstengan tremendistas.
Y el dibujo, obviamente también. Partiendo ya de la elección de quitar marcos y con ello peso a las viñetas, resulta del todo lógico que las líneas y manchas habitualmente bailarinas de Vivès lo sean aún más, casi como si el pincel pintase solo. Ya sabemos que este autor es un superdotado en ese complejo arte de dibujar con lo mínimo y en La verdad sobre el caso Vivès sus imágenes tienden aún más al boceto, casi como dejando el acabado al cerebro del lector, para que reconstruya lo que pueda faltar. La habilidad de Vivès es conseguir que eso suceda sin esfuerzo, que menos sea más y que menor cantidad de elementos hagan la lectura más ligera y fluida.
Supongo que habrá quien pueda sentirse ofendido al leer La verdad sobre el caso Vivès. Hoy en día, es difícil que algo, lo que sea, no ofenda a alguien, pero lo que tenemos es un tebeo que, dentro de su propuesta ligera, está lleno de ingenio, de maestría visual y narrativa, y que además nos sirve para dar otra vuelta a esas claves sobre el humor y la ficción, que cualquiera diría que estas alturas ya deberían estar claras.





