Posiblemente, de los más de cuarenta años que hace de la creación de Hulka, las dos etapas más destacadas del personaje sean las escritas... La Sensacional Hulka, de John Byrne

Posiblemente, de los más de cuarenta años que hace de la creación de Hulka, las dos etapas más destacadas del personaje sean las escritas por John Byrne y Dan Slott. La de Slott, más reciente en el tiempo, fue editada entre 2006 y 2008 por Panini y posteriormente reeditada en tres tomos de la línea Marvel Collection. Pero la de John Byrne, que vio la luz originalmente entre 1990 y 1996, aún en tiempos de Fórum, estuvo ausente del mercado durante más de veinte años hasta que Panini recopiló toda su etapa en un volumen integral de la colección Marvel Héroes en 2017. Como era de esperar, ese tomo se agotó con una cierta rapidez, y ahora, a pocos meses del estreno de la serie de la Amazona Esmeralda en Disney+, Panini lo ha reeditado para alegría de los que se nos escapó la vez anterior.

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Es de todo el mundo conocido que el origen de Hulka no tiene un origen creativo sino comercial. Para evitar que otra editorial sacara un personaje cuyo nombre fuera una versión femenina de Hulk -de la misma forma que Marvel había hecho con Wonder Man existiendo previamente la Wonder Woman de DC- lanzaron al mercado una colección en 1980 en la que se presentaba a nuestra querida abogada verde. Esta primera serie es de calidad, siendo generosos, discreta. Pero gracias al punto cómico que Roger Stern le da en Vengadores y a la etapa en la que Jennifer Walters sustituye a Ben Grimm en los Cuatro Fantásticos -durante la etapa de, precisamente, John Byrne- se decide dar una nueva oportunidad al personaje, primero en una novela gráfica, escrita y dibujada por Byrne, y después en una serie regular con el mismo autor.

La novela gráfica sirve de primera toma de contacto de Byrne con Hulka en solitario, y tiene un tono bastante diferente a lo que nos encontraremos en los veintiocho números de la serie regular que el autor británico-canadiense firma posteriormente. En ella nos encontramos un thriller en el que Roger Dooley, un tipo bastante siniestro, queda temporalmente al frente de S.H.I.E.L.D. y secuestra a Jen y su novio de la época, Wyatt Wingfoot, para hacer experimentos con ellos. En esta primera historia del tomo, aunque no tiene demasiados niveles de lectura, nos encontramos por primera vez con una constante en el posterior trabajo de Byrne en Hulka: utilizar la historia para hacer reflexiones sobre el medio. Aquí, por ejemplo, pone la diana en la hipersexualización innecesaria de personajes femeninos en el cómic superheroico. Y fue publicada en 1985, no sabía lo que estaba por llegar en la década posterior.

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Tres años y medio después de la novela gráfica llegó la serie regular, cambiando radicalmente el tono hacia un registro más humorístico, deudor de la popular serie de la Liga de la Justicia Internacional de Keith Giffen, Jean Marc DeMatteis y Kevin Maguire. Pero aquí Byrne da un paso más allá, y utiliza el tono más desenfadado de la serie para tratar cosas que no son habituales en el cómic superheroico. La ruptura de la cuarta pared, por ejemplo, es algo que se puede ver desde los inicios del medio en la Golden Age -hay algún ejemplo en el primer número de la serie regular de Batman en 1940-, pero aquí Byrne lo lleva un paso más allá y utiliza el recurso para establecer diálogos entre personaje y creador, o incluso entre autor y editora con el personaje siendo consciente de ello, porque Hulka sabe en todo momento que es un personaje de cómic, y como tal interacciona con los elementos narrativos del mismo: páginas en blanco, grapas… hasta el sello del Comics Code. De nuevo, no era la primera vez que esto se hacía: Ambush Bug, la creación, de nuevo, de Keith Giffen, juega con esta idea a menudo. Y podemos rastrear esta idea incluso hasta el lejano Little Nemo. Pero Byrne lo hace con una gracia especial.

Y no sólo humor nos encontramos aquí, que el tebeo tiene momentos de auténtica carcajada. Además de una técnica narrativa impecable -no olvidemos que Byrne era uno de los grandes de los 70 y los 80-, tenemos un autor que conoce el medio y su historia como la palma de su mano. Así que nos irá haciendo humor meta sobre los tropos más habituales de Marvel, como tener una estrella invitada en el tercer número de la serie, tener a personajes susurrando para que los lectores no se enteren de lo que están hablando, o la tradicional discusión sobre la velocidad a la que pasa el tiempo en los tebeos de la editorial.

Y como era habitual, Byrne acabó teniendo broncas que le hicieron abandonar la serie en su octavo número.

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En este caso, fue con la editora Bobbie Chase. Pero pasan los meses, Chase sale de la serie y su sustituta, Renee Witterstaetter, se trae de vuelta al autor que tan buenos momentos nos dejó en los primeros ocho números. Y el Byrne que vuelve se trae las herramientas que usaba un par de años antes, pero totalmente desatado. El sentido del humor del autor en esta segunda etapa viene con un nivel de acidez brutal y no deja títere con cabeza. Nada está a salvo de su mala leche… ni siquiera él mismo. El desmesurado ego de Byrne es uno de los temas recurrentes en la que posiblemente es su última gran obra para la editorial que le dio la fama, y desde la portada de su número de regreso, el 31 americano, en la bromea con borrar de la existencia los números no realizados por él, nos queda claro. Pero no sólo se da cera a sí mismo por su legendaria prepotencia. También reconoce que su habilidad manejando subtramas es cuestionable, y en las críticas a la excesiva sexualización de las superheroínas también hay un cierto tono de mea culpa.

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Y evidentemente, si Byrne tiene un dardo que apunta hacia él, otros autores no están a salvo. Tenemos burlas muy obvias hacia Jim Lee y páginas con una composición idéntica a otras del X-Force de Rob Liefeld. Pero meterse con los chicos de Image es como quitarle el caramelo a un niño. No tan fácil es con leyendas del medio como Frank Miller, Walter Simonson, Howard Chaykin o Adam Hughes… pero también hay cera para todos ellos en un número de despedida en el que otros autores presentan su propuesta para suceder a Byrne al frente de la serie. La muestra del guionista que fue elegido, Michael Eury, nos hace comprender por qué, casi treinta años después, estos números siguen inéditos en castellano.

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Tenemos aquí una etapa legendaria de un personaje que no pasa de ser un secundario de la editorial hasta este momento, realizada por un autor en estado de gracia. Es una obra que no presenta ideas o técnicas innovadoras, pero que las depura hasta niveles que han convertido a La Sensacional Hulka en un hito de la editorial. Y si piensas que lo de Masacre rompiendo la cuarta pared mola o que las historias metalingüísticas de Masacre Gwen son la bomba -que lo son-, igual es que no has leído la Hulka de Byrne. Y deberías.

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Enrique

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