No nos engañemos, Godzilla es a fin de cuentas un bicho de cartón piedra tan escaso en movilidad como en amplitud de registros. Y sin embargo es grande, grande más allá de trucos de cámara porque su magnitud no reside en su capacidad protagónica sino en el mito que despierta y todo lo que hace surgir alrededor. Godzilla no es un señor dentro de un traje, Godzilla es un símbolo con un potencial metafórico que lleva creciendo 70 años y no tiene visos de dejar de hacerlo.
Es evidente que el kaiju entre kaijus tiene un brillante futuro por delante visto su éxito en cine, televisión, comics, libros, videojuegos… y la leyenda de su pasado sigue incrementándose gracias películas como Godzilla Minus One, pero con Godzilla: Aquí hay dragones, Frank Tieri e Iñaki Miranda, han decidido ir más allá. Y es que se da por sabido que el rey de los monstruos surge como metáfora del pánico nuclear fruto de una época muy concreta, pero también que su mitología incluye que la era nuclear solo despertó al titán dormido, que existe desde tiempos inmemoriales.
No es la primera vez que se alude a épocas pretéritas donde nuestro kaiju favorito hacía de las suyas. Tal como se contaba, por ejemplo, en la miniserie Rage Across time, Godzilla y su troupe llevan pululando desde al menos el cretácico y podíamos verlos en la antigua Grecia, el Japón feudal o la Inglaterra medieval. Sin embargo, Tieri y Miranda deciden llevárselo a un terreno inexplorado y ya sabemos lo que hay en territorio desconocido.
La frase «Hic sunt dracones» aparece en el Mapa de Hunt-Lenox datado en 1510 y, aunque se ubicaba en el suroeste asiático, con el tiempo, pasó a asimilarse como expresión para designar cualquier territorio desconocido allende los mares. Así Godzilla: Aquí hay dragones nos lleva al tiempo y lugar donde navegar los océanos ignotos tuvo su máxima efervescencia. Vamos, que Tieri y Miranda han tenido la genialidad de hacer una historia de piratas con Godzilla.
Todo comienza con Henry Hull, el tuerto, un pirata al borde de la horca cuya única salvación es una historia, la historia de cómo un buen día de mediados del siglo XVI se embarcaron en el Golden Hind, a las órdenes del mismísimo corsario sir Francis Drake,para partir a la búsqueda del mítico tesoro de Martín Yanes en una enigmática isla, que resultará albergar misterios aún más grandes, grandes con mayúsculas.
Pero he aquí que, más allá de su envergadura, la grandeza de Godzilla no está tanto en su tamaño, como en su leyenda, cosa que tanto Tieri como Miranda parecen tener muy clara, al rodear todo este cómic de la mítica aureola del relato.
Ni guionista ni dibujante son lo que se dice recién llegados y tal vez sobren presentaciones, pero unas breves líneas sobre cada uno tampoco están de más. Frank Tieri es un viejo picapedrero de los superhéroes, sobre todo de Marvel. Le corresponden etapas de considerable extensión en Lobezno o Iron man, amén de mil y un one-shots, fill ins y miniseries, pero últimamente lo teníamos más perdido en editoriales independientes como Archie, Aftershock o esta IDW que publica las aventuras del rey de los monstruos.
En el caso de Iñaki Miranda, seguimos esperando en España la secuela de su maravilloso We Live, al igual que Coffin Hill, la obra de Vertigo a la que más tiempo estuvo ligado. Sin Embargo, más allá de momentos puntuales que podríamos llamar —con todas las comillas del mundo— más autorales, su perfil venía siendo muy similar al de Tieri. Miranda era ese dibujante cuyo nombre tal vez no es sinónimo de superventas, pero que sabes que te va a resolver de manera eficaz lo que le eches: Catwoman, Harley Quinn, Nightwing o lo que se tercie.
Sin embargo, parece como si a estas alturas de sus carreras se hubieran decantado por ir dejando de lado un perfil más bajo en pos de marcar su impronta. Y seguro que eso sería más sencillo en un universo propio, como podría ser lo que están desarrollando juntos en Whatever Happened to the Crimson Justice para Mad Cave, pero dejar huella en una mitología tan descomunal como la de Godzilla tiene si cabe más mérito.
Y es que Godzilla: Aquí hay dragones es una historia de piratas y kaijus, sí, pero también es mucho más. Quien quiera leer Godzilla: Aquí hay dragones y dejarlo ahí, puede hacerlo con la sensación de haber leído una historia completa, pero también el principio de una especie submitología oculta que abarca todos los kaijus y prácticamente todos los periodos de la Historia. De hecho Moztros ya ha anunciado para este mismo mes Hijos de gigantes, una suerte de continuación y de segunda parte de lo que promete ser una trilogía.
Mencionábamos un poco antes la miniserie Rage Across time, de 2016, que exploraba la presencia del rey de los monstruos en distintos momentos históricos, pero Godzilla: Aquí hay dragones va mucho más allá y, con el trampolín de la historia de piratas, se extiende mucho en el tiempo y no solo eso, sino que genera un hilo conductor, un nuevo concepto —que será mejor no desvelar— que hace las veces de misterioso trasfondo común que lo une todo y que será lo que traiga futuras secuelas y genere continuidad.
Tieri y Miranda entienden a Godzilla no como un bicho gigante sino como el símbolo de toda una mitología, a la que ahora se proponen aportar nueva riqueza y consistencia. Por ello, no se limitan al kaiju entre kaijus y por aquí, de un modo u otro, desfilarán Radon, Hedorah, King Ghidorah, Mothra, Ebirah, Titanosaurus, King Caesar, Oodako o Kumonga, porque se trata de hacer todo uno e ir dejando todos estos nuevos pedazos de mito entre los cascotes que saltan en la tormentas de mamporros entre dos o más de estos titanes.
La idea de Tieri es ingeniosa, ambiciosa y con un inmenso potencial, pero lo de Miranda solo lo puedo calificar de temerario. Se atreve con todo, sea un combate de esgrima, una gran batalla naval con tropecientos barcos, una descomunal pelea de kaijus o simplemente una escena de tres personas hablando en una oscura celda. Todo está resuelto con la misma elegancia y la energía e intensidad que requiere cada momento. Miranda es un narrador nato y, pese a que aquí se reserva algún pequeño momento de lucimiento personal, tal vez el hecho de que no haya más miradas sobre él se debe a su pleitesía a la historia por encima de la ostentación estética. Emoción, ritmo e información sin fricción son la receta perfecta para el dibujo de una historieta y es aquí donde reside el gran talento de Iñaki Miranda, que lo llevó la nominación al eisner por este trabajo.
Moztros parece haber encontrado sitio con franquicias como Godzilla, Transformers, G.I. Joe o los Power Rangers en un mercado español donde tradicionalmente siempre parecía no haber hueco para ellas. Y por supuesto que los iconos han tenido mucho que ver, pero escoger con mimo los momentos en los que autores como estos han llevado a sus respectivas franquicias a los puestos más altos de la listas de ventas — como en el caso del universo Energón— o la critica, como en Godzilla: Aquí hay dragones, algo tendrá que ver.





