Los que lleguéis a esta reseña conociendo bien el trabajo de Kabi Nagata, no esperaréis que os sorprenda mucho con lo que esconde Gastroinforme de mi trastorno alimenticio, la última obra de la autora publicada por Fandogamia. Aunque todas sus obras son una especie de diario de su (tormentosa) vida, esta se puede ver directamente como una continuación casi directa de Cuando me destrocé el páncreas, empecé a vivir, porque recoge su día a día tras su alta hospitalaria por la pancreatitis provocada por el abuso de alcohol y repara en la bulimia nerviosa que padece, contando detalles de su enfermedad y cómo le afecta en su día a día. Una obra que, como las anteriores, resulta incómoda de leer pero aporta una visión en primera persona de la enfermedad, sincera y sin eufemismos de ningún tipo.

Nagata se encuentra más recuperada de su alcoholismo, lleva ya dos años sin ingerir nada de alcohol, lo cual permite centrarse en reflexionar sobre su trastorno alimenticio, que no es otro que una bulimia nerviosa que le lleva a ingerir compulsivamente grandes cantidades de alimentos que generalmente acaba vomitando. A lo largo de las 152 páginas de esta obra dará todo tipo de detalles sobre los tipos de alimentos que más le gustan, cómo los cocina, los ingiere, cómo actúa cuando come en casa de sus padres frente a cómo lo hace estando sola e incluso reparando en cómo prepara algunos alimentos dependiendo del coste de cada ingrediente. A ese tema concreto se le suma también algún recuerdo a su último ingreso y a la tentación siempre presente del alcohol.
Las obras de esta autora siempre me han resultado interesantes desde un punto de vista médico por la sinceridad con la que analiza sus problemas y síntomas. Son muchos, numerosas patologías mentales que le afectan en su día a día hasta vivir prácticamente recluida y tener una vida condicionada por sus impulsos y tendencias a comer o beber sin control, alejada de cualquier forma de vida social. Y habiendo leído ya tantas de sus obras, me hace plantearme algo con lo que no acabo de verme cómodo, porque Nagata jamás muestra sus contactos con la editorial, relaciones con su entorno social (alguna vez comenta algo de amigos, pero no aparecen) y se centra exclusivamente en sus síntomas, y no sé hasta qué punto el hecho de estar triunfando con estas historias hace que transfiera cierto grado de positivismo a unos síntomas que son muy serios y que cualquier día le dan un susto de verdad, siendo conscientes de que pueden llegar incluso a acabar con su vida.

Por un lado, el hecho de que estén contados sus síntomas y sus impulsos con esa franqueza permite hacernos una idea muy clara de cómo vive ella la enfermedad. De hecho, es consciente de que algunas partes del libro pueden parecer una guía de cómo fomentar la bulimia, al dar detalles concretos de los tipos de alimento que son más aptos tanto para el cocinado como a la hora de vomitarlos y dice explícitamente que solo está contando su experiencia. Pero probablemente esta ha sido la obra en la que más me ha hecho torcer el gesto pensando que hay que saber muy bien lo que se está leyendo y que debería estar más dirigida a una persona con curiosidad sobre la enfermedad o incluso a familiares y cuidadores de este tipo de pacientes que para alguien que pueda estar experimentando cualquiera de los síntomas porque incluso el final de la obra tiene cierto halo de aceptación de la enfermedad dando por hecho que no va a tener cura. De hecho hay un detalle que me llamó mucho la atención y es que hasta la página 82 no llama a su enfermedad por su nombre.
Es cierto que el estilo tan cartoon que tiene la autora contribuye mucho a ese tono underground o me atrevería a decir hasta punk, con una vuelta al bitono rosado que esquiva ese estridente tono naranja de la anterior obra que resultaba desquiciante. Pero luego es capaz de realizar un diseño de los alimentos, de cómo se prepara la comida, que sorprende por la claridad o lo bien diseñada que acaba la página, lo cual contrasta con ese trazo tan improvisado que aparenta.

En definitiva, Gastroinforme de mi trastorno alimenticio es un nuevo capítulo en la vida de Kabi Nagata, marcada por un carrusel de trastornos de ansiedad, alcoholismo, bulimia… Una obra que nos muestra con bastante claridad cómo es la vida de estas personas y la manera que tienen de gestionar su enfermedad, pero por otro lado nos va a producir una inquietud e incomodidad por la espiral en la que ha acabado siendo su vida, saltando de un problema a otro. Siendo ya tantas las obras suyas que hemos leído, el hecho de ver ya su vida con un poco de perspectiva, cada vez nos deja más claro que la salida de esa espiral se antoja una utopía, y más cuando consigue vivir de plasmar sobre el papel su día a día.
Lo mejor: La franqueza con la que cuenta síntomas muy duros.
Lo peor: Por mucho que intenta dar un tono esperanzador, la realidad es descorazonadora.
