Lo de que el común de los lectores de cómics vivimos en nuestro propio mundo aparte no es nuevo. Ya sin meternos en el cómic infantil, que es un mundo diferente, os aseguro que hay autores como Posy Simmonds, Sarah Andersen o Tom Gauld — autor del Física para gatos que hoy nos ocupa— , que a muchos de los visitantes habituales de esta web ni os suenan y cuyos cómics están siendo leídos por muchísima más gente que el último evento de Marvel o DC.
Hay todo un circuito de cómics para los que no leen cómics con un éxito que ya quisieran para sí las llamadas grandes editoriales mainstream. La cosa tiene algo de trampa, ya que se trata, por lo general, de tiras dentro de medios generalistas de otro tipo, como en este caso, pero tampoco le quitemos mérito. Tom Gauld tiene su trabajo en lo que podríamos venir a llamar novelas gráficas, con títulos como Goliat o Un policía en la luna, pero también colabora con revistas y diarios como The Guardian, New Yorker o New Scientist. De su obra en The Guardian sobre Arte y Literatura, surgen libros como La venganza de los bibliotecarios, En la cocina con Kafka o Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora. Pero Física para gatos no es la primera recopilación que nos llega de sus tiras de ciencia en New Scientist, ya que hace unos años nos llegaría El Departamento de Teorías Alucinantes, con lo que quien haya leído esta última, ya se hace una idea lo que se puede encontrar por aquí.
Tom Gauld no es científico, tan solo un aficionado, y sus tiras son disfrutables para prácticamente cualquiera con una mínima —muy mínima— formación científica. Esto nos lleva de nuevo a los tebeos para lectores no habituales de tebeos. New Scientist es una de las revistas de divulgación científica de mayor difusión a nivel mundial. Esto implica que tal vez la puedan estar leyendo algunos científicos, pero a buen seguro su público mayoritario no lo es. Y aquí es donde entra el lenguaje del cómic. Más allá de lo técnico o no de los temas, el lenguaje de la tira cómica, tal vez por su cercanía al meme moderno, ha envejecido mucho menos que lo que podríamos considerar un lenguaje de cómic más estándar —pese a que curiosamente es posterior— y, por complejas y sofisticadas que puedan ser internamente mucha de las tiras, llegan a todo el mundo con una inmediatez con la que sus hermanos comic-book y novela gráfica ni sueñan.
Todo esto permite a Gauld jugar con el lenguaje de la tira y hacer del papel y la viñeta su propio laboratorio, ya que estamos con temas científicos. Pero más allá de todo esto, qué demonios, que lees Física para gatos y te ríes un montón.
Cuidado, de todos modos, por más que sean tiras cómicas, no todas buscan ese humor inmediato, pese a que, cuando lo hace, sorprende la capacidad de Gauld para el giro sorpresa que te saca la carcajada inesperada. Hay otras tiras que buscan dejarte rumiando y otras que buscan el guiño cómplice. Aún cuando es posible extraer unas señas de estilo, lo difícil en Física para gatos es encontrar dos tiras iguales.
Tal vez incluso por encima de sus tiras de Arte y literatura, hay un afán de experimentar con el lenguaje, la forma y los conceptos, de probar a ver qué sale muchas veces, más que trabajar sobre un idea sólida y, de alguna manera, todo eso deriva en que la lectura es profundamente adictiva y a base de «venga, una tira más» esto no dura más de una sentada. De algún modo también, parece contagiar esa especie de pasión por el descubrimiento de este campo de juegos que Gauld hace de sus viñetas.
No hay rama de la ciencia que no termine tocando, sea física, biología, geología, matemáticas o hasta ingeniería e informática y en cada tira cambia de registro gráfico y narrativo, juguetea, experimenta y hasta expone hipótesis. Física para gatos desborda curiosidad, ironía, entusiasmo por el descubrimiento, cariño y mucho humor… y además hasta igual aprendes alguna cosa. Eso sí, debo expresar mi indignación porque, pese a todo, Física para gatos me ha parecido un engaño: Casi no salen gatos.



