Hay obras que llaman la atención por los personajes implicados, habitualmente de franquicias conocidas. Otras por estar firmada por autores a los que el... El verdugo, de Mathieu Gabella y Julien Carette

Hay obras que llaman la atención por los personajes implicados, habitualmente de franquicias conocidas. Otras por estar firmada por autores a los que el lector sigue fielmente, independientemente del género al que pertenezcan.  Y alguna, de vez en cuando, tiene una imagen de portada tan potente que te llama la atención por encima del resto en un mercado plagado de novedades interesantes mes a mes. Y claro, abres el tomo con curiosidad para ver cómo es por dentro -no olvidemos que la relación entre portadas e interiores es como la que hay entre trailers y películas-, y cuando te encuentras páginas como las que firma Julien Carette en El Verdugo, no te queda más remedio que llevártelo a casa.

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El Verdugo es un asesino místico. Un personaje que mata a los culpables señalados por Dios tras un ritual en el que su muerte queda fijada en lugar y hora. Camuflado durante el día y enmascarado cuando va a cumplir su misión, vive para su misión divina. Hasta que un día siega la vida equivocada y el que debía morir escapa impune. ¿Qué ocurrirá con su trabajo a partir de ese momento?

El Verdugo es una serie de ficción histórica con tintes de fantasía y con un buen puñado de referencias a la cultura pop de varios medios bien diferentes. Sin duda alguna, la primera que se nos viene a la cabeza, con ese héroe oscuro enmascarado subido a las gárgolas que pueblan la ciudad y su némesis, el Bufón, es que tenemos una versión medieval de Batman y el Joker. Pero la pertenencia del héroe a cierta orden secreta, así como algunos momentos visuales, también nos recuerda a los videojuegos de la serie Assassin’s Creed. Incluso en algún momento a Dishonored. Y también tenemos dispersas por ahí referencias a la leyenda del hombre de la máscara de hierro, al jorobado de Victor Hugo… un notable crisol de historias en una obra palomitera que destaca sobre todo por su aspecto visual.

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La historia que leemos en estas páginas está pensada para dar el más puro entretenimiento sin complejos. No nos vamos a encontrar un retrato fiel de la sociedad parisina durante la Edad Media ni ningún tipo de reflexión sobre la vida. No es su objetivo en ningún momento. El Verdugo tiene espíritu de blockbuster de capa y espada, como podían serlo los folletines de Alejandro Dumas, y su principal virtud está en lo visual. El dibujo de Julien Carette es espectacular, y los fondos en los dos primeros álbumes recogidos en este tomo de Jérôme Benoit dan una preciosa ambientación de un París medieval al que no estamos acostumbrados por los diversos incendios y reconstrucciones urbanísticas por los que ha pasado la ciudad. De todos modos, no nos esperemos una sesuda tesis documental sobre la estructura urbanística de un París desaparecido. Aunque las construcciones que pueblan esta recreación de París tienen el mismo aspecto que otras de la época que aún siguen en pie en Francia, todo lo que vemos está al servicio de la historia que nos quieren contar.

Un problema que tenemos en el aspecto gráfico es el reparto de tareas en los tres álbumes recogidos en este volumen. Además del dibujante -y del dibujante de fondos-, tenemos un responsable de storyboards, que es una persona diferente en los tres volúmenes: Virginie Augustin en el primero, Sylvain Guinebaud en el segundo y el propio Julien Carette, ya como dibujante único, en el tercero y último. Eso tiene un extraño efecto secundario, y es que se nota un ritmo narrativo diferente de un tomo a otro. Siendo los mismos personajes y el mismo aspecto visual, el cambio de un tomo a otro resulta un tanto desconcertante.

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El verdugo resulta, al final, una obra divertida de leer y visualmente espectacular, pero con un acabado no del todo bien rematado. Quizás la conclusión de la obra no termine de estar bien hilada, y los cambios entre álbumes se hacen raros, pero como obra de entretenimiento puro de alto nivel gráfico, cumple sobradamente.

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Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

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