El autor francés David B. marcó época con la publicación de la obra autobiográfica Epiléptico (El ascenso del Gran Mal) en la editorial independiente L’Association que había fundado él mismo. Revolucionó el mundo del cómic y fue uno de los precursores de lo que hoy conocemos como Medicina Gráfica, por lo bien que reflejaba, no solo la enfermedad, sino las vivencias del cuidador o de las personas que viven con el enfermo. Aquello fue a finales del siglo pasado y acabamos de superar el primer cuarto del presente. A pesar de haber seguido publicando trabajos, ninguno ha alcanzado la relevancia de aquel. Ahora nos llega su último trabajo, El señor Búho y el País de los Muertos que en nuestro país publica el sello Salamandra Graphic, y es curioso porque no puede decirse que se vuelva a acercar al género de obras relacionadas con la Medicina, pero sin duda se la debemos a una desgraciada enfermedad.

Porque los personajes protagonistas de esta obra se publicaron por primera vez en 1993 en el cómic Le Nain Jaune, inspirada por un poema de René Daumal. Los personajes siempre le habían gustado a la por entonces mujer del autor, y siempre estuvo intentando hacer una obra protagonizada por ellos, pero era un trabajo que acababa interrumpiendo o llegando a callejones sin salida, y no terminaba de darle forma. Cuando se reencontró con ella años después y le contó que estaba luchando contra el cáncer, no encontró mejor manera de rendirle un homenaje, cuando acabó perdiendo dicha batalla, que terminar esa historia que tanto le gustaba, protagonizada por una chica que se llamaba igual que ella.
La obra está protagonizada por Marine, una chica que se cruza con un psicopompo con forma de búho que la conduce al País de los Muertos. Allí comienza una persecución por Cerbero, el guardián de aquellas tierras, y que no puede permitir que ningún ser vivo pasee impunemente por ellas, pero el señor Búho le explicará todo lo necesario para comprender cómo funciona ese país y qué debe hacer para no ser detectado por el perro guardián de la Muerte. En ese país todos temen a Cerbero, pero encontrará a quien le ayude a escapar y será a través de ellos que vaya conociendo cada vez mejor una población en continua mutación, y en la que se cruzará con sastres, camareras, monos y todo tipo de personajes.

Como suele suceder en este tipo de cómics, la obra tiene diferentes lecturas posibles: Por un lado, se puede leer como la historia fantástica, como esa versión psicodélica de la visita de un vivo a la tierra de los muertos, y cómo intentará huir de quiénes intentan mantenerla allí para siempre. Pero por otro lado, se puede elevar un poco la mirada y entender el significado metafísico que se esconde detrás de esta historia que nos va a recordar a numerosas referencias que ahora iremos comentando. Realmente David B. hace una reflexión sobre la muerte, sobre cómo se huye o se entrega uno a su destino, con esa Marine que se aferra a escapar de ahí, incluso cuando lo tiene absolutamente en contra, y ese subtexto que se esconde tras la historia, aún más cuando el propio autor nos da alguna pista en la introducción de esta edición, eleva por completo el significado de la obra y le da una nueva capa de disfrute.
Porque si algo tiene esta obra es que, por más compleja y surrealista que resulte, es enormemente entretenida, más aún cuando continuamente nos recuerda obras a las que se puede asemejar y genera divertidas comparaciones en nuestra mente. Porque es difícil no ver a Marine como una versión moderna de Alicia, aunque aquí estemos en el País de los Muertos, en lugar del de las Maravillas. Igualmente me ha recordado mucho al Momo de Michael Ende, y en general a varias de las obras del autora alemán, tan interesado en explorar esos mundos pintorescos y a veces temibles.
Y si hablamos de referencias, para lo visual nos va a recordar más que nunca a la que fuera su protegida, Marjane Satrapi. El que animara a la autora de Persépolis a dibujar su obra magna, ha acabado bebiendo mucho del trabajo de la autora franco-iraní. No es nada nuevo el uso de las masas de negro como motor emocional que marca el peso sobre el lector de ciertos momentos, pero es inevitable que se nos venga a la mente en ciertas páginas. En todo caso, el trabajo de B. se entrega por completo al surrealismo, acercándose en ocasiones a algunos movimientos pictóricos, con esas formas imposibles, construcciones de edificios equilibrados a pesar de su deformidad, o fondos de viñeta plagados por alfombras de personajes de todo tipo. En ese último punto se me asemeja un poco a lo que hace el belga Brecht Evens (Jolgorio).

En definitiva, El señor Búho y el País de los Muertos es una fábula muy rica e interesante sobre el paso de la vida a la muerte, plagada de personajes con un diseño muy atractivo, y que juega con los ritos realizados para escapar de la muerte (Alejandro Jodorowsky debe adorar esta obra). Una obra visualmente epatante que no da tregua al lector, gracias a esos paisajes plagados de edificios cambiantes, y que demuestra una maestría sublime sobre el uso del blanco y negro. Si queréis leer una versión psicodélica de Alicia en el País de las Maravillas, en esta obra vais a encontrar su versión más oscura, más cercana a los mundos de Coraline o a Tim Burton, que al colorido referente de animación de Disney.
Lo mejor: Lo entretenida que es, a pesar de ser tan excesiva e incontrolada. El mensaje que se esconde tras la aventura.
Lo peor: A pesar de ser entretenida, si no es lo que vas buscando, ese exceso y falta de control puede superarte.


