Es la hora de las tortas!!!

Es la hora de las tortas!!!

El Necronomicán, de Matthias Arégui

El Necronomicán, de Matthias Arégui
Guion
Matthias Arégui
Dibujo
Matthias Arégui
Traducción
María Valdunciel Blanco
Formato
Cartoné. 30 x 22 cm. 120 páginas. Color
Precio
26,50€
Editorial
Elephant Books . Mayo 2026
Edición original
Le nécromanchien (Éditions 2042)

Debo hacer una confesión: tengo debilidad por los tebeos de perretes. Tampoco es que sea completamente determinante, sí me supone un pequeño reclamo a la hora de acercarme a un cómic completamente desconocido, de un autor inédito en España y a cargo de un sello nuevo. Pero es que no me digáis que el título de El Necronomicán no os pica la curiosidad. Pues lo mismo me pasó, amigos.

Ahora sí, dado que hay muchas incógnitas en torno a este cómic, va tocando ir poniendo cartas sobre la mesa poco a poco. El Necronomicán es un cómic de Matthias Arégui, un autor francés cuya obra llega por primera vez a España. El responsable es Elephant Books, un nuevo sello editorial, que parte del entorno de Cartem, pero opera de manera autónoma y pone la mirada en la novela gráfica de autor, con independencia de cuál sea su país de origen.

El Necronomicán, de Matthias Arégui

Así nos llega El Necronomicán, pero no es para nada el debut de Arégui, ya que en su país ya han podido leerle en otros títulos como Bob & Sally sont des copains, Grande Surfesse o Papayou. Arégui forma parte de una generación de autores multidisciplinares con influencias de lo más variado y de clasificación un tanto huidiza. Ha vivido en Francia, Canadá e Italia. Cultiva tanto la novela gráfica como la ilustración infantil o de prensa y sus referentes pueden rondar desde los artistas de L’Association hasta Allie Brosh, pasando por Hayao Miyazaki o, si le hacemos caso a él, Akira Toriyama o Earl Norem, aunque admito no haber captado su huella en el cómic que nos ocupa.

Con todo esto, tal como lo es su autor, El Necronomicán es un cómic bastante inclasificable, que, a ratos, parece un tebeo juvenil y, otras, algo salido de ese mundo intimista y algo deprimente de la escuela canadiense o el circuito alternativo estadounidense de los 90 y primeros dosmiles. Igual por ahí podríamos llegar a emparentarlo en esa línea entre lo infantil y adulto que en su día reivindicó L’Association, por más que los referentes de partida sean bien distintos.

Si bien el protagonista de esta historia es Ángel Tristán, El Necronomicán nos presenta a dos artistas vecinos, que incluso estudiaron juntos. Mientras que Víctor Bravo es rico y famoso, Ángel sufre de un eterno bloqueo y vive sumido en una permanente depresión y crisis de autoconfianza y creatividad, sobre las que articula montones de pretextos de procrastinación desesperada. Sin embargo, todo cambiará cuando aparezca en su vida un particular perro que vendrá a ser una particular musa.

El Necronomicán, de Matthias Arégui

Este cómic me ha tenido bastante descolocado a lo largo de su lectura y aun tiempo después de haberlo terminado. Por un lado, partimos de unos tópicos exagerados casi hasta lo chabacano: se nos indica literalmente con flechas los detalles a los que debemos estar atentos y nos lo ponen todo en la cara. Si a eso además le añadimos el estilo de dibujo naif, que aplana perspectivas, caricaturización de figuras e incluso ciertos recursos de los funny animals, la cabeza se nos va a la literatura o la animación para niños.

Pero luego es en gran parte una obra de ambiente gris y llena de preguntas e ideas con más de una capa. El Necronomicán nos plantea preguntas sobre la autenticidad, el éxito, el engañoso concepto de «obra maestra» o los propios fantasmas personales que para nada serían planteables a un niño. Arégui nos presenta la relación entre Tristán y Bravo en clave de hipérbole de buenos y malos, pero tan pronto como eso, introduce cuestiones como la mirada subjetiva como transformadora de la realidad o nos plantea una relativización de los constructos culturales del triunfador y el fracasado.

Y luego está la cuestión del perrete, un perrete orejotas de enormes ojos Disney, un perrete parlante. Obviamente se trata de un recurso de película infantil, pero también, en esta misma doble vertiente, se usa habitualmente como símbolo. Un perro termina por contagiarse hábitos y actitudes que no tendrías sin él. De algún modo te saca de tu casa, de tu zona de confort, y abre posibilidades que tal vez nunca habrían surgido de otro modo.

No niego que puede descolocar y es difícil a veces saber qué tebeo estás leyendo, pero lo sería mucho más si no jugara su principal baza: el humor y la ironía. Y es que tal vez el quid de El Necronomicán está en la mirada del lector. Igual que Arégui conduce toda la historia hacia esa idea de transformación por la mirada del artista, tal vez del mismo modo debe ser la mirada del lector la que convierta lo que su autor brinda en estas páginas para convertirlo en la obra final. Podría ser que, al final, nos está diciendo que todas estas grandes cuestiones del Arte y la Vida con mayúsculas hay que saber mirarlas con cierta ligereza, con humor o hasta con esa inocencia de un niño, quitarles toda esa gravedad que tienen para poder entenderlas mejor desde su esqueleto más simple.

El Necronomicán, de Matthias Arégui

Decíamos que El Necronomicán es una obra difícil de clasificar y quizá esto no sea un handicap sino el principal componente que le da carácter. A Arégui no le interesa elegir la gran y adulta novela gráfica o el tebeo para niños. Entiende que ambas cosas pueden convivir en una misma obra o incluso tocarse en muchos puntos. Del mismo modo que el perro obliga a Ángel Tristán a mirar el mundo desde otro lugar, el autor invita al lector a dejar de lado prejuicios y generar una visión particular.

De acuerdo que uno no termina de saber por dónde cogerlo durante buena parte de la lectura, pero esa cierta incertidumbre nos saca de casa y nos obliga a sacar a pasear nuestro juicio personal, nos saca de la comodidad de la obra complaciente y, nos entre mejor o peor, nos obliga a generar nuestra propia imagen de lo que hemos leído. Y todo con una historia de perretes parlantes de ojos grandes, oiga.