Hubo un tiempo en que Buenos Aires fue el centro del fin del mundo.
Nieve cayendo como un presagio, vecinos cubiertos con máscaras improvisadas, y una casa unifamiliar convertida en refugio y cuartel general de una resistencia igualmente improvisada. Así empieza El Eternauta, la obra maestra de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Así empezó también una de las historias más poderosas del cómic mundial, una que nació para quedarse. Y resistir.
Publicada originalmente entre 1957 y 1959 en la revista Hora Cero Semanal, El Eternauta no fue solo un fenómeno editorial en Argentina. Con el tiempo acabó siendo una sacudida narrativa de epicentro argentino y alcance mundial.
A medio camino entre la ciencia ficción y la parábola política, la historia de Juan Salvo y su tránsito por una Buenos Aires sitiada por la nieve tóxica, los invasores invisibles y el miedo, se convirtió rápidamente en una lectura generacional. Con los años, fue traducida, editada, reeditada, enseñada y llorada. Porque si algo tiene El Eternauta, es que cada nueva lectura lo convierte en un espejo de su tiempo. El año 2020 o el gran apagón, nos parecen ahora una copia de la ficción.

Oesterheld, biólogo de formación, guionista por vocación y militante por necesidad, supo dotar a su historia de un sentido de comunidad pocas veces visto. Frente a los superhéroes solitarios de la tradición estadounidense, aquí el héroe es un hombre común que apela a la comunidad, y donde la accion es compartida. El dolor, también.
Solano López, con un trazo clásico y narrativo, dio forma y alma a ese Buenos Aires cotidiano que se transformaba en un campo de batalla sin dejar de ser reconocible. La esquina de casa. El estadio de futbol. La escuela o la calle mayor.
Pero la historia no se detiene. El Eternauta es tan eterno que se recuenta una y otra vez. En 1969, Oesterheld decide revisitar su obra más célebre. Lo hace desde otro lugar vital, político y creativo. Ya radicalizado políticamente, el guionista se alía con uno de los grandes innovadores del arte gráfico: Alberto Breccia. Juntos crean una nueva versión de El Eternauta, que se publica en la revista Gente y que, desde el primer momento, descoloca. No es una reedición. No es una secuela. Es otra cosa. Una relectura.
Si la versión de Solano López construía una épica de barrio, la de Breccia es pesadilla pura. Breccia rompe con todo. Con la estructura, con la forma, con la convención. Dibuja desde el gesto, desde el borrón de tinta, desde el collage. Hay pasajes enteros en los que la figura humana se deshace, se convierte en sombra. La nieve, en su trazo, ya no es solo tóxica: es orgánica, viva, parte del horror.
Y Oesterheld responde con un guión más críptico, más simbólico, más desesperado. La alegoría política está a flor de piel: el invasor es opresor, el traidor es colaborador. La metáfora de la dictadura se hace carne incluso antes de que esta llegue formalmente al país.
La reacción del público no fue positiva. La editorial recortó la serie antes de su finalización por las quejas, y los autores tuvieron que cerrar la historia de una forma mucho más abrupta de lo que merecía. Muchos lectores no entendieron (o no quisieron entender) esa deriva experimental. Pero con los años, la crítica y los estudiosos del cómic han reconocido en esta versión una de las cumbres absolutas del medio. Una obra vanguardista, incómoda, valiente.
Y así, El Eternauta existe por duplicado. O, mejor dicho: por capas. Porque la versión de Breccia no borra la anterior: la ilumina desde otro ángulo. Ambas dialogan. Ambas incomodan. Ambas conmueven. La una es el relato fundacional. La otra, el grito en la noche.

Hoy, con la inminente publicación en España de la versión de Breccia –por fin recuperada con el mimo y el respeto que merece–, y con el estreno de la esperada serie de Netflix (dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín como Juan Salvo), El Eternauta vuelve a estar en boca de todos. Y es justo. Porque es una historia que habla del presente, aunque se haya escrito hace décadas. Porque su mensaje –la colaboración, la dignidad, el nosotros– sigue siendo urgente.
A quienes no lo hayan leído aún: háganlo. Leed la versión de Solano López. Leed la de Breccia. Y luego volved a empezar. Cada una ofrece una puerta distinta al mismo abismo. Y al mismo milagro.
Porque El Eternauta no es solo una historia sobre una invasión. Es una historia sobre la memoria. Y sobre cómo el arte puede –debe– desafiar al olvido.
