Ubicábamos al hablar de la primera entrega a El depravado como un thriller psicológico al estilo de los que en los 90 y primeros dosmiles reventaban las taquillas, al que se le añade el terror — sobre todo del subgénero slasher— y unas gotitas de drama. Ahora, con esta segunda entrega, podemos permitirnos indagar un poco más adentro.
Pero terminemos de asentarnos antes de seguir adelante. El depravado 2 pone fin a esta historia donde Tynion se mueve en el terror, el género que más lo identifica como autor y en el que nos ha dejado títulos como El departamento de la verdad, Hay algo matando niños, The Nice House of the Lake o El armario. En sus diversas formas y muchas veces con inmensas diferencias de tono, todas trabajan el horror de un modo u otro y todas lo trabajan como vehículo metafórico de otra serie de discursos, muchos de ellos con fuerte componente personal. Más allá de la historia de primer plano y el misterio detrás de los asesinatos de El depravado, la experiencia y la diatriba personal serán uno de los dos ejes fundamentales de esta historia.
La otra será la pura referencialidad al género del psicothriller, pero antes de desgranar con más detalle, terminemos el plano de situación con una breve sinopsis. En el tomo anterior, dejamos a Michael acusado de ser el asesino que copia el modus operandi del depravado original años atrás. Su novio Derek, por su lado, y el agente Hall del FBI, por el suyo, tirarán de las pistas en busca de la verdad sobre este caso.
Volvamos ahora al asunto del componente personal. En más de una ocasión se ha aludido a Tynion como seguidor de la escuela de su reverenciado Stephen King. A su modo, Tynion sabe, como el maestro del terror de Maine, que el auténtico terror está en lo cotidiano, en lo cercano, lo familiar. En este caso, entendemos la decisión de Norma de traducir The Deviant como El depravado, pero yendo a una traducción más literal, significa «desviado», el que se sale del camino predeterminado. El depravado nos habla literalmente y en más de una ocasión, con literalidad y hasta brocha gorda en algunos puntos, de la satanización de la homosexualidad, pero en realidad abarca más allá, la estigmatización de todo el que es diferente, que se desvía.
A nada que conozcamos algún detalle de la biografía de James Tynion, es posible que quien más quien menos esté al tanto de que se declara abiertamente gay. Ya en el tomo anterior, viendo como el personaje de Michael echaba pestes de su experiencia en las grandes editoriales superheroicas debería habernos dado pistas más que de sobra. Obviamente es un trasunto que Tynion hace de sí mismo de manera mucho más literal que en otros de sus trabajos, incluso tiene cierto parecido físico.
Estaría por ver si se trata en este sentido de un ejercicio de catarsis personal o si es más un medio para invitar a algún tipo de reflexión por parte de los lectores, pero, en cualquier caso, encaja dentro del engranaje que propone. No solo no interfiere en el desarrollo del suspense y la atmósfera, sino que añade ese pequeño plus que debemos pedirle a toda historia de género.
Sobre esa atmósfera claro está que Joshua Hixson tiene mucho que decir, pero volveremos sobre eso un poco más adelante, porque hay un segundo aspecto responsable de esto en el planteamiento de Tynion. El depravado es una obra profundamente referencial. Podríamos decir que se sube a los hombros de El silencio de los corderos, Seven, Zodiac o Mindhunter en una doble vertiente. Por un lado está todo ese juego posmoderno del guiño, del que Tynion es completo fan como buen friki de toda clase de cultura pop. Pero, por otro lado, la intertextualidad es el trampolín para comunicarnos de manera rápida y sencilla cuestiones que habrían sido mucho más complicadas de exponer de tener que construirse de cero. Todos identificamos el juego entre en psycho killer y el entrevistador, todos identificamos esas paletas fincherianas, todos tenemos muy claro el arquetipo moderno del agente del FBI… y todas estas cosas son el soporte de Tynion para poder ir un poco más allá y darle una pequeña vuelta, aprovechando toda esa información que ya está en el imaginario colectivo.
Hast cierto punto, podríamos decir que gran parte de la historia y los mecanismos de El depravado se fundamentan en tópicos, pero lejos de ser una flaqueza, se convierte en una virtud, que con muy poco es capaz de asentar mucha información. Permite incluso jugar a subvertir expectativas en una historia con tan poco espacio sin fricción alguna para la fluidez y el enganche.
Y es que hay una cosa que Tynion puede hacer que no podían hacer las fuentes de las que bebe. Por perogrullo que suene, en aquellos psicothrillers noventeros no existían otros psicothrillers noventeros en los que apoyarse, al menos no con estos códigos. Al final, El depravado pasa por ciertos checks de género, incluso si supone traicionar la credibilidad porque no tiene como referencia la realidad, sino los propios códigos del género. A veces estos lugares comunes se apoderan incluso de partes enteras de la trama, pero son teñidos de una capa de modernidad, los planeta como renovados y los pone en primer plano en esta era del fenómeno fan del true crime.
Por eso, no es de extrañar que las paletas de color de Joshua Hixson tiendan al cine de David Fincher, ni que haya sintetizado su acabado con respecto a su obra anterior, Shangai Red, para volver a algo más cercano a lo que ofrecía en The Plot, su primer trabajo largo. Continúa con su acabado característico de luces y gestos dramáticos y pincelada áspera con cierta estilización deudora de la escuela Mazzucchelli o el arte de Sean Phillips, del que es confeso admirador. En esta ocasión, sin embargo, deja más espacio para dibujar con el color que complementa un dibujo más desnudo de lo habitual en este artista. Es el apartado cromático donde más juega con ese ambiente desasosegante que permea toda la historia y que es en gran medida el responsable de lo inmersiva que resulta. Solo espero que la labor de la que hace gala en El depravado sirva para que por fin puedan llegar a España sus dos obras anteriores.
Probablemente el depravado no sea de las obras que más suenan de Tynion y a día de hoy el nombre de Joshua Hixson no le dirá nada a la mayoría de los lectores españoles, pero por su concreción — una historia en solo dos tomos—, por su ritmo adictivo, por lo inmersivo e inquietante de su atmósfera, su discurso de actualidad y su juego con los viejos conocidos del imaginario colectivo, se postula como una de esas obras idóneas para acercar a aquellos que no son lectores habituales y traerlos al redil.





