Como va siendo costumbre casi anualmente, y gracias a Fandogamia, tenemos nueva ración de desgracias y sufrimiento a cargo de Kabi Nagata. Cuando me destrocé el páncreas, empecé a vivir es un nuevo capítulo que recuerda fragmentos pero sobre todo continúa lo que pudimos ver en Acabé hecha un trapo huyendo de la realidad, donde sus problemas de abuso de alcohol la condujeron a sufrir una pancreatitis. La historia se continúa y, como podréis imaginar, no podemos albergar demasiadas esperanzas acerca de una mejoría, y eso que el final de ese libro ya dejaba un halo de esperanza hacia una posible recuperación. No fue así.

Esta obra comienza con el ingreso por una recaída y nuevo episodio de pancreatitis. En un comienzo atropellado la obra nos narra cómo se escapa del hospital y vuelve a casa, a pesar de la gravedad de su patología. Posteriormente se va desarrollando con más detenimiento (que no ritmo) cómo ha llegado a ese punto y por qué tomó la decisión de escapar, así como lo que sucedió después. Todo contado en primera persona, y mostrando las propias reflexiones de la protagonista sobre lo que va sucediendo y las decisiones que va tomando.
A estas alturas, con cinco obras previas ya publicadas de la misma autora, huelga decir que vamos a encontrarnos con un cómic muy estresante. Recordemos que la autora padece de un trastorno por déficit de atención/hiperactividad, trastorno de autoestima, fobia social, consumo abusivo de alcohol… y por consecuencia severas secuelas digestivas. El cóctel de enfermedades da pie a una obra autobiográfica que genera mucha incomodidad en el lector, quien será testigo de decisiones muy desacertadas que al mismo tiempo son inevitables para ella. No es como otras obras de este corte, centradas en el alcoholismo, en las que vemos a personas que se ven arrastradas al alcohol, sin demasiado interés por salir de ahí. Nagata tiene un componente añadido de problemas con la salud mental que le dificultan enormemente abandonar su consumo excesivo, lo cual convierte la lectura en una mezcla de compasión, incomodidad e indulgencia por lo que cuenta.

Sin embargo, la gran diferencia con respecto a las anteriores y que abre una ventana de esperanza hacia el futuro es ver el apoyo de su familia. En las obras anteriores, y conociendo cómo es la sociedad japonesa, veíamos el poco refuerzo que recibía de sus padres. Llegábamos a entender la facilidad con la que se veía arrastrada a ese pozo de desesperación con impulsos hacia el abuso del alcohol. Es muy satisfactorio ver cómo, no solo aquí su familia la comienza a apoyar de manera rotunda, sino que la propia autora llega a la misma conclusión que hemos sacado nosotros hace tiempo: que el apoyo familiar es fundamental para la recuperación en cuanto a adicciones. Tened en cuenta además, que este período coincide de pleno con la pandemia, lo cual era un ingrediente añadido al estrés de la protagonista, por la imposibilidad de salir en sus ingresos o recibir visitas, por no hablar de las muertes que se iban sucediendo a su alrededor en el hospital.
Si el dibujo de Nagata no era suficientemente agresivo y crispante, gracias a ese trazo violento, con abuso del rayado, líneas cinéticas que acaparan la viñeta y expresiones de verdadero sufrimiento, Fandogamia nos trae la obra en un bitono de naranaja fosforito absolutamente estresante. Las imágenes que veis acompañando esta reseña, y que están extraídas de la propia web de la editorial, no reproducen bien el tono utilizado para la edición, pero es un color que carga todavía más la tensión recibida por el lector de una historia con este ritmo y con este contenido.

En definitiva, Cuando me destrocé el páncreas, empecé a vivir es un capítulo más en la autobiografía de Kabi Nagata. Una vida difícil, lastrada por los continuos obstáculos a los que la someten sus múltiples síntomas y su adicción al alcohol, en un nuevo recital de desgracias que, tal vez por primera vez, encuentren un apoyo por parte de la familia que le ayude a avanzar, por más que ella misma se autoboicotee. Obra dura, sincera, real y nada complaciente. A pesar de su desenlace con un mensaje de esperanza hacia la posibilidad de mantenerse abstemia, no oculta su miedo a recaer en cualquier momento, y a mostrar cómo el alcohol le ha cambiado la vida. Las obras de Kabi Nagata te mantienen en un estado de tensión continua con tintes de placer culpable, por querer saber siempre más de ella, qué pasó a continuación, en una futura nueva obra aun a sabiendas de que, si llega, no va a contar nada bonito.
Lo mejor: Su capacidad para conseguir mantener al lector con un estado de incomodidad constante. El mensaje de esperanza.
Lo peor: La continua sensación de que, por positivo que se muestre el futuro al final de esta obra… se pueda torcer en cualquier momento.
