Clase Letal comenzó su andadura en Estados Unidos en enero de 2014. Once años después he podido leer el final gracias a la reedición de la obra por parte de Norma Editorial en formato de lujo. Las aventuras de este grupo de desgraciados chavales convertidos en asesinos (al final el parecido con la película Heathers fue poco más que testimonial) por culpa de las enseñanzas recibidas en King’s Dominion se extendieron a lo largo de cincuenta y seis entregas que a los lectores no nos han dejado un solo momento de respiro.

Debo decir que voy a echar de menos muchísimo a Marcus, Maria y al resto de la pandilla. En serio, no esperaba que me fuera a gustar tanto el final de la serie. Rick Remender ha sabido dar en las teclas adecuadas para crear un desenlace sencillamente perfecto, acorde con lo que nos ha ido contando durante estos años. En esencia, el guionista ha convertido la macarra premisa de la serie en una de las mayores historias de amor jamás contadas. Un romance imposible de proporciones shakesperianas que ha sido regado con sangre cada pocos números para florecer con más brío si cabe.
Para la tacada final de episodios, el escritor de Imposibles X-Force ha roto las reglas del juego que se había autoimpuesto para deformar la narrativa de la serie. De esta forma conduce a Marcus a un sin fin de saltos en el tiempo, llevando la acción casi hasta nuestros días. Lo bueno es que, lejos de parecer algo forzado, Remender lo hace con tal naturalidad que todo queda perfectamente claro. Con cada cambio de año (o década), nos va ofreciendo la suficiente información para saber el contexto de los personajes. Nada queda al azar y lo mejor es que la serie se vuelve más y más adictiva a medida que nos aproximamos al final porque esta vez de verdad sí que puede pasar cualquier cosa.

Se nota mucho que Clase Letal ha sido una obra especial para Remender en la que ha volcado toda su personalidad e inquietudes usando abundantes disertaciones filosóficas, plagadas de referencias melómanas, con las que ha llenado toneladas de bocadillos de diálogo y cuadros de pensamiento.Una actitud totalmente punk con esas pullas y quejas sobre el sistema, a los órganos de poder y la estructura jerarquizada de una sociedad en la que los que tienen todo quieren todavía más a costa de quitárselo a los más favorecidos. De hecho, el autor se desquita a gusto sobre la política sanitaria de Estados Unidos.
Ahora bien, aunque Clase Letal sea una serie donde el drama y la acción se llevan la palma, la angustia vital de los personajes está tan exagerada e hiperbolizada que muchas veces resulta incómodamente cómica. Por supuesto, la intención de Remender es justo esta, saciando su hambre creativa. De esta forma, usa estos elementos para contarnos su obra más ambiciosa y personal hasta la fecha.
Leyendo con detenimiento Clase Letal creo que es obvio que también hay cierta carga autobiográfica, con la que el bueno de Rick nos habla de la rebeldía formativa que forjó su carácter y estilo hasta tiempos más sensatos. Una metáfora de la vida misma, de la evolución continúa que sufrimos como individuos que vivimos en sociedad. Una sociedad que puede gustarnos más o menos, pero a la que sin duda pertenecemos para lo bueno y para lo malo.
Voy a extrañar bastante esos monólogos introspectivos que desgarran el alma y las venas como si fueran un chute de heroína literaria. Tampoco será difícil olvidar la violencia desmedida y sin sentido (de nuevo, como la vida misma), la calma que precede a la tormenta o el caos cada vez que la vida de este grupo de inadaptados se venía abajo.

Clase Letal ha terminado, amigos. Cada personaje ha terminado exactamente cómo y dónde merecía. Ha habido muertes injustas, traiciones inesperadas y dolor, sobre todo dolor. Pero oigan, menudo viaje y que epílogo más bonito. Una oda a la amistad sincera con la que se me ha escapado una lagrimita. Menudo cabrón estás hecho, Rick, de los grandes.
No hace falta mencionar la labor de Wes Craig. Sin su arte el resultado de Clase Letal habría sido bien distinto. La simbiosis entre el guionista y el dibujante ha sido poco menos que total. Un ciclón imparable de efervescencia narrativa que ha dejado tras de sí algunas páginas y secuencias dignas de ser exhibidas en un puñetero museo. El tono desgarbado de Craig, su capacidad para dominar el lenguaje corporal, han sido decisivos para mostrar todas las sutilezas de las personalidades de los chicos de King’s Dominion. Chapeau, de verdad que sí.
Por último, mencionar que la edición de Norma se completa con una nutrida selección de extras con abundante material gráfico como bocetos, páginas a lápiz, portadas…
No creo que tarde en pegarme un festín de relectura con los cuatro tochales. Qué ganas de volver a releer la serie, por Dio.


