El equipo artístico formado por el belga Zidrou y el español Jordi Lafebre nos había brindado algunas de las obras más deliciosas del mercado... Carta blanca, de Jordi Lafebre

El equipo artístico formado por el belga Zidrou y el español Jordi Lafebre nos había brindado algunas de las obras más deliciosas del mercado francobelga en los últimos años (Lydie , Los buenos veranos  o La anciana que nunca jugó al tenis ). Nadie dudaba de la sensibilidad del artista barcelonés con unos lápices elegantes dotados con una expresividad prodigiosa, habilidades que se veían magnificadas por los guiones de Zidrou. Con Carta blanca  Lafebre da el salto a la realización de una obra como autor único, escribiendo y dibujando, y el resultado no tiene nada que envidiarle a las obras firmadas en colaboración con el belga. Arriesga con una narración mucho más compleja de lo que uno puede pensar, sobre todo para una historia de amor, en la que la historia está contada de fin a principio, pero el resultado está muy a la altura.


Acompañaremos, así, a Ana y Zeno desde el final de su relación a cómo se conocieron, dando pequeños saltos en el tiempo y presentando los capítulos de atrás hacia adelante, pudiendo leerse la obra en ambos sentidos sin ningún tipo de problema. Ana es la alcaldesa de una localidad pequeña mientras que Zeno es un alma libre que vive su vida como marino, librero y a su vez dedica toda su vida al estudio de la física cuántica. Ambos mantienen una relación platónica, pero firme como el más fuerte de los amores.

Digo que la obra se puede leer en ambos sentidos, leyendo del capítulo 20 al 1 o viceversa, pero el hecho de estar contada como lo está no es caprichoso, ni frívolo. Sí, uno puede pensar que una historia de amor mantenida en el tiempo que empieza mostrando que al final se reencuentran puede quitarle ese aliciente narrativo de la inseguridad de saber si al final la relación podrá llegar a buen puerto. Pero es que no es lo que aquí busca el autor. Lafebre nos muestra el final, y luego nos va marcando el camino que ha llevado hasta ahí, y permite entender por qué ese final es el único que tiene sentido. Pero puedes pensar: «Ya, está bien, pero por mucho que nos muestre el camino, si ya sabes lo que pasa, 150 páginas de historia pueden llegar a hacerse tediosas». Y por supuesto que podrían haberse hecho tediosas, pero para eso Lafebre recurre a sutiles recursos narrativos que hacen que nuestra atención sea dirigida justo adonde quiere.


Me refiero a esos pequeños sucesos paralelos, que se cuentan como algo espontáneo, como por ejemplo la construcción del puente, o la relación de Zino con las tres hermanas enamoraditas de él hasta los huesos. Vamos enterándonos de cosas que suceden en el pueblo… y luego Lafebre nos va mostrando cómo empezó todo, y lo hace de una manera que no busca protagonismo, sino que pilla al lector desprevenido y le va a sacar una sonrisa al darse cuenta de la conexión y el avance de la historia en el tiempo. Además, cubre toda esta historia de líneas temporales alteradas con un manto romántico de historia de física cuántica que embelesó al protagonista desde su juventud y que acaba siendo el objeto de sus tesis doctoral. Todo tiene un principio y un fin, todo tiene sentido.

Y es que, si algo tiene esta historia, es que no pretende seguir un modelo estándar de historia de amor, sino que reflexiona sobre el poder del amor, sobre cómo el amor real no entiende de posesiones, ni se escuda en falsas esperanzas, sino que está basado en el respeto y en la sinceridad. Y es algo que vemos a todos los niveles, porque casi tan bonita como la historia de Ana y Zeno me parece la historia de Ana con Giuseppe, su marido y padre de su hija, una figura que ha apoyado a Ana desde el principio de su carrera.

Del dibujo de Lafebre se puede decir mucho pero no es necesario. Cualquiera que conozca su trabajo sabe que su fuerte es la expresividad de los personajes. Con un trazo fino y elegante hace un dibujo propio de esa animación amable de Disney, con una composición de página muy clásica alternando rejillas de 3×2 salvo en los capítulos que están contado de manera epistolar, en los que la estructura cambia a tres viñetas apaisadas por página, con espacio de sobra para los cuadros de texto. El color del propio Lafebre junto a Clémence Sapin es puramente ambiental, con paletas con tendencia a la monocromía para cada escenario y que en todo momento buscan que la atención se dirija adonde es requerida.


En definitiva, Carta blanca  es una historia de amor preciosa. Una obra valiente, tierna y que arriesga con una estructura narrativa que juega en su propia contra, pero que es aprovechada con sutiles recursos que convierten la lectura en una de esas obras que te mantienen con una sonrisa bobalicona todo el viaje. Y lo mejor de todo es que, a pesar de comenzar con el fin de la historia, es un final que queda abierto, por lo que esa sensación de que a partir de ahí tú eliges cómo va a seguir la historia en tu cabeza no se pierde. Si disfrutas de las historias románticas, adelante, estás en las mejores manos posibles.

Lo mejor: La sensibilidad de la historia. Los recursos de vinculación pasado/presente, señalados con una mirada o en segundo plano, huyendo de la obviedad. El tamaño permite disfrutar mucho más el dibujo.

Lo peor: Si no tienes corazón, eres de piedra o no sabes qué significa llorar… puede que este cómic te resulte aburrido.

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Alejandro Martínez

Alcalde no electo de Star City. Conocido en determinados círculos como "El páharo". Era el único que justificaba sus artículos en esta web, pero los caciques que la dirigen me han obligado a dejar de hacerlo... Sniff sniff.

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