En el momento de escribir esta reseña, ya sabemos a través de la Newsletter del propio Jeff Lemire que Carretera Fantasma cerrará en su vigésimo quinto número, o lo que será lo mismo en su quinto tomo en España. No podemos asegurar si eso explica o no el pequeño acelerón que Lemire y Gabriel Hernández Walta han dado en Carretera Fantasma 3 en el desmadejado del misterio que proponían, pero lo cierto es que este tomo, que será el central del global de la historia, desvela unos cuantos interrogantes.
Carretera Fantasma 3 discurre casi en su totalidad como un inserto en modo flashback, que nos lleva a 1997 e introduce al agente Donald Weaver. Weaver, cuyo apellido ya les sonará a los seguidores de esta serie, va a servir como vehículo a través del cuál iremos averiguando diversas revelaciones sobre el otro lado, sobre el huevo, sobre su destino, sobre el enigmático Agente Harold, el Proyecto Navaja y todo lo que encierran las estaciones de servicio Billy Bear.
En este tomo la cosa se pone especialmente Expediente X, ya que la estructura de la historia será dos agentes del FBI, tras la pista de un misterio sobrenatural, que se va complicando por momentos.
Perdemos de vista entonces a los protagonistas principales y hacemos lo que debería ser un alto en el camino, pero por el contrario, la trama avanza desde atrás mucho más de lo que lo hacía hacia adelante. Me explico: Al terminar Carretera Fantasma 3, dejamos a Birdie, Dom o Theresa donde estaban al final del tomo anterior, sin moverse un centímetro, pero ya sabemos qué son las estaciones de servicio, quién está detrás de todo ello, cuál es la implicación de Harold o quiénes son aquel misterioso tipo encapuchado y ese calvo trajeado del final del tomo anterior… incluso descubrimos cuál se supone que será el destino final del huevo.
Y aún con todo esto, Carretera Fantasma 3 deja el mismo sabor a lectura fugaz, que se termina demasiado rápido y que parece guardarse demasiado, que podría dar mucho más de sí misma. Las ventas y el resto de trabajos de Walta parecen los motivos de su cierre un tanto adelantado, pero tal vez le siente incluso bien.
Es difícil elucubrar como tenía Jeff Lemire prevista la historia. La rumorología decía que estaba proyectada para diez tomos y la verdad es que, con la deriva actual, difícilmente se habría sostenido. La serie aguanta a golpe de pura atmósfera y con un dibujante menos sobresaliente probablemente se habría caído ya incluso a estas alturas.
Walta sigue inmenso y consigue convertir la falta de chicha y la lentitud de Lemire en suspense, en profundidad que se intuye aunque no lleguemos a ver. Los espacios, las miradas, la expresión corporal… hay algo sugestivo y especial hasta en el más mínimo y casual de los detalles: simplemente el modo en que cuelgan los brazos de los personajes o esa característica tendencia a la frontalidad, que es marca de fábrica. Cierto que esa especie de perturbador hieratismo ya se lo habíamos visto en otros trabajos, como La Visión, pero más que de un tic se trata de un valor añadido a la historia, del que sabe librarse cuando esta no lo requiere. Cuando la cosa gira a la acción ya las ensaladas de tiros, de repente todo se mueve y se sube el ritmo y la intensidad. Y lo que es más, se percibe en todo continuidad pese al cambio brusco.
Sentimientos encontrados al final con Carretera Fantasma 3, que vuelve a dejar la sensación de que esta historia encierra algo más grande que no termina de llegar. Cada tomo sabe a muy poco, pero tiene algo que te deja con ganas del siguiente plato, que promete ser el fuerte. El enganche de esta serie —porque no hay duda de que engancha— quizá no llega tanto en saber si de su llama saldrá o no el manjar que alimenta nuestras expectativas, sino la promesa de que el fuego seguirá encendido mientras dura la historia. ¿Quién sabe lo que vendrá cuando, en algún momento, haya que apagarlo? Pero, en fin, eso el tiempo lo dirá.




