Como todos los veranos, tenemos nuestra ración anual de una de las series más agradables de leer de todos los mangas que se publican en nuestro país. De la mano de Astiberri, La cantina de medianoche. Tokyo stories 8 nos trae 28 capítulos que reflejan la pintoresca vida nocturna de un barrio de Tokyo frecuentado por chicas de compañía, borrachuzos y trabajadores de la noche en general. Recordamos que la serie está ambientada en una cantina que solo abre en horario de noche, y que tiene la peculiaridad de servir cualquier comida que el cliente quiera, que el cocinero se lo prepara sobre la marcha. Como suelo comentar en las reseñas de la serie, este tomo contiene los tankōbon 15 y 16, que en Japón fueron publicados hace 9 años. Allí se siguen publicando dos de estos tomos anuales, por lo que la diferencia con nuestro país siempre es la misma.

No me cansaré de decir que para mí esta es prácticamente el único «happy place» regular que me ha quedado, una vez finalizada Giant Days. Se trata de una serie que, pese a contar siempre historias cortas de 10 páginas, no llega a aburrir, probablemente porque su autor, Yaro Abe, ha encontrado el equilibrio perfecto para intercalar historias divertidas, emotivas o románticas, sin que la lectura resulte agotadora en ningún momento. Algunas historias podrán resultar más anodinas que otras, pero seguro que la siguiente consigue tocar alguna fibra sensible que te anima a probar con otra más.
En algo que sí capta la atención del lector es cómo consigue conectar, a pesar del tipo de personajes que suelen aparecer. Ya sabéis que es una serie en la que frecuentan criaturas nocturnas, que no suelen ser de lo más respetable de la cultura japonesa. A pesar de que sean prostitutas, borrachos, o vividoras que intentan cazar a un marido que las mantenga, sus problemas son los mismos que podemos tener cualquiera de nosotros, y eso hace que empaticemos con ellos como no haríamos con otro tipo de personajes, y nos acabemos fijando más en cómo salir de una situación concreta de si merece salir o no de ella.

También hay que recalcar que esta es una serie que solo veo posible en una sociedad como la japonesa. En la cultura occidental, muchas de estas situaciones son vistas con bastante rechazo: infidelidades, matrimonios por conveniencia, abandonos de hijos… y nuestro primer impulso es de mostrar desagrado ante los personajes que los hacen. Pero a estas alturas de serie ya hemos superado estas cosas y somos conscientes de lo diferente que es dicha cultura, aunque realmente llego a pensar que en muchas ocasiones no se trata tanto de la cultura, sino que aquí hay muchas situaciones similares, solo que se guardan con mucho más recelo de lo que se puede hacer allí. El maestro hace las veces de psicólogo de su variopinta clientela, guardando silencio e involucrándose lo justo cuando le piden su opinión.
Por mucho que sean estereotipos repetidos, los personajes se viven muy diferentes, y Abe consigue que no tengamos esa percepción de estar viendo a otro nuevo «inocente», «cazafortunas» o «vividor». Sabe darle un mínimo trasfondo que nos dispersa cualquier atisbo de déjà vu. Siguen estando también los clientes habituales como Mayumi o Kosuzu, entre otros, que de vez en cuando vuelven a protagonizar alguna historia nueva, pero que sirven como personajes de fondo que aportan su opinión y funcionan bien a la hora de construir diálogos en torno a las historias.

En definitiva, La cantina de medianoche. Tokyo stories 8 sigue siendo mi lugar feliz. Una serie en la que cada capítulo viene protagonizado por un plato de la gatronomía japonesa, y algún comentario sobre cada plato. A lo tonto llevamos ya más de 200 platos y sendas historias de criaturas de la noche que en el fondo son como tú y como yo. Un catálogo de historias cotidianas, de sentimientos, independientemente del tipo de persona que se sea. Una serie en la que acabas cada tomo con una sonrisa en los labios y deseando que llegue el verano que viene, para tener otra nueva dosis de cantina.
Lo mejor: Sigue siendo ese lugar feliz y esa lectura que da calorcito al alma.
Lo peor: Se hace largo el año hasta el siguiente tomo.


