Todo lo bueno tiene un final. En ocasiones ese desenlace te golpea en la boca del estómago, bien por imprevisto, bien porque aunque lo... Bone Parish 3, un thriller de terror nigromante de Cullen Bunn y Jonas Scharf

Todo lo bueno tiene un final. En ocasiones ese desenlace te golpea en la boca del estómago, bien por imprevisto, bien porque aunque lo veas venir no deseas que ocurra. Este es el caso de Bone Parish, el Thriller de terror nigromante escrito por Cullen Bunn y publicado en nuestro país por Norma a partir de la edición de Boom Studios! Tras tres tomos y doce números americanos toca despedirse de la familia Winters.

Bone Parish, una premisa bien desarrollada pero rematada de manera apresurada

Un poco emulando a Stephen King (que reconoce que la caga con los finales), Cullen Bunn ha cerrado la guerra de bandas, cuyas piezas tan habilidosamente fue poniendo sobre el tablero, de forma un tanto abrupta. No me malinterpretéis, el final de Bone Parish cumple con lo que promete y con aquel dicho de que la violencia solo engendra violencia… Y vaya si la tendremos. Además, bien regada de hemoglobina. Este puñado de episodios de clausura cierra el desfile de traiciones y alianzas que habíamos visto hasta el momento.

Los Winters se las habían ingeniado para acabar en un buen jaleo con una policía motivada tras ellos, una banda rival que quería hacerse con el negocio o incluso un lobo dentro de su propio gallinero. Por un lado se agradece que Cullen Bunn no quiera estirar el chicle más de la cuenta. Sin embargo, ¿sabéis cuál es el problema? Pues muy sencillo, que la serie prometía mucho más.

En los volúmenes anteriores Bunn y Scharf habían desarrollado todo un sub universo que mezclaba lo mejor de las series de mafiosos como Los Soprano o Breaking Bad y las intrigas dignas de Succesion, con todo el misticismo que siempre ha rodeado la magia negra de Nueva Orleans. No obstante, lejos de conformarse con hacer una serie negra al uso, Bunn había plantado semillas que podrían haber germinado en interesantes reflexiones sobre la vida detrás de la muerte, sobre la forma de afrontar el dolor ante una pérdida o directamente sobre la dualidad que suponen las drogas de diseño a la hora de servir como falso vehículo de evasión (a la par que suponen la destrucción física y mental del individuo que las toma).

Una pena, pero sabiendo que la serie iba a terminar en el número doce era de esperar que todos estos temas se quedaran en segundo plano. A su favor hay que reconocer que la lectura de Bone Parish es tremendamente adictiva, que ha dejado para la posteridad un puñado de personajes memorables y algunas de las escenas más truculentas y perturbadoras que ha ofrecido el cómic independiente de género en lo que va de siglo. Perdonen la pataleta del párrafo anterior, es simplemente que estaba disfrutando tanto la serie que me hubiera gustado que durase un poquito más (aunque tampoco los cien números del 100 Balas de Azzarello).

Para quitarse el sombrero es el trabajo del artista Jonas Scharf, que echa el resto en cada página y brilla sobre todo en los pasajes que nos narran los “viajes” de los consumidores de ceniza; o bien en los flashbacks que son rematados de manera fantástica por la paleta de color sabiamente escogida por Alex Guimaraes. Estos recursos aparecen aquí mucho más que en los primeros tomos, algo que me hace sospechar que Bunn tenía pensado alargar más la serie pero que, posiblemente, por motivos de agenda tuvo que acortar.

Si os acercáis a ella seguro que os lo pasáis bien, pero ya aviso que el final puede que no sea del gusto de todos.

En teoría Netflix tiene los derechos para realizar la adaptación de la obra. Hace varios años que no se sabe nada, así que quizás acabe en el limbo de los proyectos que nunca ven la luz como The Magic Order. Aunque si el resultado es similar a The October Faction, Locke & Key o Vampire Wars, casi que salimos ganando.

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Txema Sáez

Fanático sin solución del cómic de superhéroes, del manga, del cine de terror, la literatura fantástica, los videojuegos y más heavy que una lluvia de mercurio al rojo vivo. Como los mejores turrones, he vuelto a casa por Navidad (aunque trece años he tardado).

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