Con la publicación de la séptima entrega de la Biblioteca Marvel dedicada a recoger las aventuras clásicas de Namor, llegamos al número veinte de la serie original, lo que supone que ya hemos podido disfrutar de la cuarta parte de la misma, con un Roy Thomas bastante acertado que ya iba plantando las semillas de lo que luego serían las señas de identidad de Conan el Bárbaro, su trabajo más laureado.
En serio, el atlante y el cinmerio no son tan diferentes. Según la versión, ambos son soberanos sin reino, y a menudo son errantes, brutos y orgullosos, expeditivos pero con un fuerte sentido del honor. Pues bien, se ve que al bueno de Roy le apetecía probar nuevas cosas y en este puñado de números, realmente divertidos, hace deambular al personaje por todo tipo de géneros.

Comenzamos con una primera historia en la que Namor debe darse de leches con el Hombre Dragón. Un personaje que debutó en la serie regular de Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby. Recordemos que estamos en 1969. El Universo Marvel no lleva más que siete años en funcionamiento, pero que sus diferentes series tengan personajes invitados (héroes o villanos) está a la orden del día desde el principio.
Seguimos con una aventura con aroma pulp que lleva al alitas hasta los Sargazos, una región del océano donde el tiempo se detiene. Allí deberá enfrentarse a su némesis Tiburón Tigre (un enemigo acérrimo algo deslucido). Pero lo interesante es el grupito de náufragos a los que deberá frenar, unos marineros de todas las épocas y realidades en una trama con ecos a las novelas de Julio Verne. Personalmente, me ha encantado esta aventurita, aunque solo fuera por recordar todas aquellas historias relacionadas con el Triángulo de las Bermudas que devoraba cuando era un crío.

Seguimos con otro arco argumental pasado de rosca. La premisa es absolutamente demencial. Unos alienígenas abducen a Namor para estudiar su particular fisiología que le permite respirar tanto en la superficie como bajo los mares. Roy Thomas, ni corto ni perezoso, se saca de la manga un plan de los captores que consiste en drenar TODO el agua de nuestro planeta para llevarlo al suyo. Los gobiernos de la Tierra culpan a quien ya os podéis imaginar. Porque claro, es muy lógico, que el soberano de Atlantis quiera robar todo el preciado líquido para que su pueblo muera de manera lenta y horrible.
Así que ya sabéis ¿Os duele la cabeza? La culpa es de Namor ¿Os despiden del trabajo? La culpa es de Namor ¿Os ha dejado vuestra pareja? Por supuesto que la culpa es de Namor. Lo peor es que encima a Thomas le sale bien la jugada, con un desarrollo frenético en el que el primer mutante es puteado de las formas más imaginativas posibles para acabar siendo convertido en un paria, una vez más.
Para finalizar, tenemos dos regresos de postín. El de John Buscema como artista invitado y el del Doctor Muerte. Dos villanos que no se consideran como tal. Dos egos del tamaño del Empire State. Está claro que la cosa no puede salir bien.

En la parte artística brilla como nunca Marie Severin, en especial en las portadas y en los diseños de personajes, como el de Manta Raya. Poco a poco le ha ido cogiendo el pulso a Namor y a todo su entorno sumergido, hasta el punto que casi (y digo casi) no echo de menos a Buscema o Colan.
En resumidas cuentas, esta entrega de la Biblioteca Marvel es un ejemplo muy representativo de lo que debe ser y ofrecer cualquier tebeo de superhéroes que se precie.
Los extras incluyen los habituales correos de los lectores, un epílogo de Roy Thomas sacado de la colección de Masterworks del personaje o la sección “La Era Marvel”, escrita por Lidia Castillo.


