Con la publicación de la novena entrega de la Biblioteca Marvel de la Patrulla X nos metemos de lleno en 1968. Este volumen reúne los números 46 a 49 del título mutante original de la Casa de las Ideas. Por lo tanto, todavía queda otra entrega hasta llegar a la ansiada etapa de Roy Thomas y Neal Adams, momento en el que el título remontará cosa mala. Mientras tanto, no nos queda otra que seguir con nuestra particular travesía por el desierto.

Aunque estamos ante un puñado de números difíciles de digerir (más por inanes que por malos), siendo honestos, la calidad de los episodios finales escritos por Gary Friedrich (que aquí es sustituido por Arnold Drake) no difiere en exceso de los capítulos precedentes. Aventuras ligeras, excesivamente naifs (incluso para la época) y un desarrollo de personajes más bien escaso para una cabecera que se mantuvo en el mercado por puro empecinamiento del staff editorial. No en vano, su cancelación siempre se ha visto como un hecho remarcable por ser (supuestamente) uno de los títulos principales de Marvel. Eso no quita que la sustitución de historias originales por material reeditado no cogiera por sorpresa a absolutamente nadie.
Ahora bien, tras la “muerte” de su mentor Charles Xavier en la anterior entrega de la Biblioteca Marvel, se aprecia un intento desesperado, una huida hacía adelante si me lo permiten, por realizar un cambio de rumbo para así ofrecer una experiencia distinta y renovada al lector. Esto se tradujo en desmembrar a la Patrulla X para que sus miembros viviesen aventuras en parejas o por solitario. Como el título ya estaba marcado por la muerte, de nada sirvió y las aguas volvieron a su cauce con el consabido “todo cambia para que todo siga igual”.
Este experimento narrativo no gustó nada, tal y como se aprecia en la sección de correspondencia (sí, soy de los que se leen las cartas). Por cierto, os aconsejo repasar las misivas porque hay algún momento descacharrante cuando se asegura que ciertas decisiones creativas son irrevocables.

Las aventuras en equipos de dos nos dejaron alguna cosa curiosa como Hank y Bobby contando sus orígenes (a veces de manera demasiado literal) o al Ángel persiguiendo un misterio. Curiosamente, este serial vería la luz de manera independiente a la cabecera de la Patrulla X, siendo publicado de manera serializada en dos números de Ka-Zar y uno de Marvel Tales. Este hecho le vino bien para escapar del dibujo de Don Heck y abrazar los lápices de mi adorado George Tuska, que le dio una solidez a las viñetas que da gusto (soy consciente de que mi pasión por ese artista clásico no es algo muy compartido). A nivel anecdótico, mencionar que los episodios del Ángel fueron escritos por un tal Jerry Siegel. Igualmente, debo decir que el mejor episodio es el primero, con el regreso del Juggernaut. Aquí Heck hace un trabajo más que aceptable ilustrando la destrucción que deja a su paso.
De todas formas, la sensación de que el título se publicaba por pura inercia es palpable en la falta de rumbo y dirección, en la desidia de los argumentos y la manera en que se contradicen casi de una página a otra. Vale que eran los sesenta, pero comparas estos guiones con los de la mayoría de cómics de la Marvel de esa época y, sencillamente, no hay color.
Dicho esto, solo nos queda esperar a la llegada de los mencionados Thomas y Adams para insuflar nueva vida a los mutantes primogénitos de la editorial.

La sección de extras la componen los complementos habituales de la Biblioteca Marvel. Además de los correos (en serio, os recomiendo su lectura), publicidades de la época, ilustraciones varias, páginas en blanco y negro o portadas de recopilatorios modernos, está la imprescindible sección “La era Marvel”, escrita por Lidia Castillo.


