Y llegará en Biblioteca Marvel El Increíble Hulk 8 algo completamente anómalo en la serie del coloso esmeralda, insólito, podríamos decir: la estabilidad. Y no nos echemos las manos a la cabeza porque el bueno de nuestro goliat verde seguirá rebotando sin descanso de aquí para allá en los más abracadabrantes giros, como un tanto perversamente nos gusta a sus fans. Me refiero a la estabilidad creativa. Absolutamente todos los capítulos de Biblioteca Marvel El Increíble Hulk 8 están escritos por Stan Lee y dibujados por Herb Trimpe. Es más, a excepción del último, entintado por el propio dibujante, todos cuentan con los pinceles de Dan Adkins.
En una colección que desde sus inicios se ha caracterizado por la improvisación más desvergonzada y de último momento —aunque con espectaculares resultados, debo decir— poder detectarle algo así como una velocidad crucero resulta un tanto chocante y tal vez más revelador de lo que parece en un primer vistazo.
Pero veamos, en Biblioteca Marvel El Increíble Hulk 8 tenemos el final de la última saga que se abría en el tomo anterior. Con él, se nos brinda una cierta crítica algo tosca a los fanatismos y, de un modo accidental y con los ojos de hoy, algo de discurso sobre empoderamiento femenino y hasta un cierto juicio sobre las IAs, que obviamente no buscaban sus autores, pero cosas de la inmortalidad de las historias.
A partir de ahí se abren los dos arcos principales. El primero con un villano que también venía rebotando de aquí para allá, o más bien de serie en serie. El Hombre de arena, nacido en las páginas de Spiderman y a quien habíamos visto en los 4F como parte de los 4 Temibles, comienza la que será la tercera galería de villanos en la que militará de forma recurrente. Pero es que todo aquí es un constante «hulk-tinuará» sin pausa, con lo que las aventuras se suceden sin descanso e incluso se solapan, dando lugar a team ups casuales de villanos como el que aquí tienen el Hombre de Arena y el Mandarín.
Y ya comentábamos en el tomo anterior cómo las aventuras de Hulk se nutren de villanos ajenos y, sí quizá especialmente por no tener una galería propia tan rica como las de la mayoría de sus compañeros de la Casa de las ideas. Sin embargo, esto de intercambiar antagonistas, mucho o poco, sucedía ya a estas alturas en todas las cabeceras. Y es que esto es ya el universo Marvel con todas las letras y lo que sucede en una colección afecta a las demás. Así, se dejará sentir en estas páginas, por ejemplo, el efecto de la aventura de Rick Jones en la cabecera del Capi. Además, si cabe, Hulk es el mejor exponente de esta velocidad crucero de los engranajes de Marvel girando porque no se trataba de un puntal como los 4 Fantásticos o Spiderman, sino una especie de línea media, ni a la vanguardia ni a la cola. Leer Biblioteca Marvel El Increíble Hulk 8 resulta un representante perfecto y nos dice montones de cosas sobre cómo eran los cómics de Marvel de 1969, cómo — para bien o para mal o incluso tal vez para ambas— ya hay una fórmula Marvel.
La parte troncal de este tomo es sin embargo, para el regreso del Líder, el único que tal vez a estas alturas podía ostentar el papel de archivillano de Hulk, el único de sus antagonistas recurrentes que tenía suficiente entidad como para ello. En esta historia nos contarán qué es lo que sucede cuando le das a un loco el control del ejército más poderoso del mundo, cosa que nunca podría pasar en la realidad, claro, Crom nos libre.
Y es que, bromas aparte, recordemos que pese a ser esa línea media de la que hablábamos, Hulk es una serie muy atípica. Estamos aún por llegar a aquella Marvel que comenzaba a dar atisbos de rebeldía política, pero en esta colección recordemos que el malo siempre fue el ejército de los Estados Unidos. Aunque personalizado en las figuras de Ross y Talbot, el antagonista de Hulk siempre fue toda una institución americana, probablemente la más sagrada que tienen.
Quizá por su aparente simpleza, Hulk siempre pudo ir un poco más allá, por ser, si cabe, aún más teatral y más cerca de la imaginación pura que del mundo al otro lado de tu ventana, que Marvel siempre nos vendió. Tal vez eso le ha podido llevar en más de una ocasión llevar la metáfora Marvel un pasito más allá.
Y tal vez por eso, un dibujante como Herb Trimpe sería, hasta la llegada de Sal Buscema, el artista perfecto para Hulk. Trimpe tomaba muchas de esas marcas kyrbianas y los convierte en tics, en repeticiones que meten su dibujo en un código que mira mucho más dentro de sí mismo en lugar de en la realidad de la que supuestamente parte. Si los personajes de Kirby extendían la mano al cielo y al lector para remarcar un cierto momento dramático o épico, los de Trimpe lo hacen hasta para preguntar la hora. Tal vez al final estamos hablando de limitaciones o falta de recursos como dibujante, pero no es la primera vez que vemos cómo de supuestas flaquezas surgen hallazgos estilísticos y el lenguaje exageradamente dramático que se establece en esta etapa, así como la que llegará más tarde con el menor de los Buscema, sitúan a Hulk en un plano de teatralidad que lo ha acompañado al menos hasta que lo reinventase Peter David.
Hulk es la imaginación, el todo vale casi sin reglas y, si no lo habíamos hecho ya, con la etapa que estamos empezando a revivir aquí estáis a punto de descubrirlo.





