De manera lenta pero segura, la Biblioteca Marvel dedicada a recopilar las aventuras clásicas del vengador dorado sigue su paso lento pero seguro. Ya son ocho entregas publicadas y nos encontramos en pleno 1968. Un momento en el que Iron Man pasaría a tener un equipo creativo (sobre todo en lo gráfico) estable y solvente: Archie Goodwin y George Tuska.

Reconozco que muchas veces en las reseñas de la Biblioteca Marvel es mi amor por los personajes y la etapa clásica y fundacional de la Casa de las Ideas la que habla. Sin embargo, suele decirse que “el que busca encuentra”. Un refrán popular que se puede aplicar a la perfección a estos tebeos que, en mi humilde opinión, no están carentes de interés e incentivos más allá de su llamado “valor arqueológico”.
En este puñado de episodios, Goodwin ya le va cogiendo el pulso a la serie, empezando algunos argumentos que desarrollará bastante durante los próximos meses. También cabe destacar que, hasta cierto punto, la serie va dejando atrás ciertos tropos que la asemejaban a un folletín de espías con obsesión por las amenazas soviéticas y la Guerra Fría (reflejo de la época que les tocó vivir).
Goodwin recupera a la organización Maggia (ya saben, la mafia de toda la vida pero con el nombre cambiado para sortear al Comics Code) que empieza a tener un interés malsano en la tecnología del héroe acorazado. Este viraje en la naturaleza de las amenazas también está motivado e influenciado de cierta manera por lo bien que estaban funcionando este tipo de argumentos en otros títulos Marvel como Spiderman o Daredevil.

En el apartado de novedades, el guionista y editor, hace debutar a Whitney Frost, personaje que acabará siendo capital en la mitología de Iron Man como villano (y mucho más) recurrente. Es cierto que su comienzo en estas páginas es bastante titubeante e incluso no queda carente de ciertas contradicciones en su historia de origen. Pero vaya, que todo tiene un comienzo y el de Madame Máscara es este.
Por lo demás, habrá alguna que otra sorpresa, como el regreso fugaz de varios secundarios muy queridos o un nuevo interés sentimental para el Señor Stark, que resulta poco sorprendente debido a la nula sutileza con la que Goodwin presenta a la señorita. También habrá algún villano invitado que pasaba por aquí y poco más.
La parte gráfica de esta octava entrega de la Biblioteca Marvel es mucho más destacable, comenzando por un par de números de la leyenda de la EC Johnny Craig. Por desgracia, este dibujante no aguantó demasiado en el título, pasando rápidamente a ser el entintador de mi adorado George Tuska. De trazo clásico, sobrio y contundente, Tuska destaca también por cierta experimentación que realizó en la composición de las páginas, trascendiendo la típica vertebración lineal y simétrica de las viñetas.
En definitiva, estamos ante unos tebeos que ofrecen al lector un entretenimiento de primer orden pese a que pueden ser vistos desde una perspectiva muy naif hoy en día. Lo mejor es que a partir de este momento lo único que hace la serie es mejorar constantemente.

Como viene siendo habitual, se incluyen los extras típicos de la línea. Ahora bien, la sección de cartas tiene un par de sorpresas mayúsculas, como son los nombres de unos tales Walter Simonson y Bob Gale.
Por último destacar que este volumen de la Biblioteca Marvel de Iron Man será el último con el precio de 13,95 €. Los siguientes ya costarán 16 €. Espero que dentro de dos años no haya más subidas, porque esto se nos vendió a todos como la recopilación de clásicos definitiva, y económica, de los cómics Marvel.


